Capítulo 6 Capitulo 6

La foto temblaba en mi mano.

La puerta de mi habitación. La misma que cerraba cada noche con llave y cadena. El mismo número 217 pintado en blanco sobre la madera oscura. Y debajo, esas palabras que me taladraron el pecho:

Esta noche aprendes lo que pasa cuando te niegas a cooperar.

El patio de repente se sintió demasiado grande y demasiado expuesto. Guardé el teléfono con dedos torpes y miré a mi alrededor. Nadie parecía prestarme atención, pero eso ya no significaba nada. Ethan había demostrado que podía convertir cualquier espacio en un escenario.

Eché a andar rápido hacia la residencia. Cada sombra entre los árboles me parecía una amenaza. Cada risa lejana me hacía girar la cabeza. El mensaje de Caín seguía repitiéndose en mi mente: No vuelvas sola. Si ves a cualquiera de ellos cerca de tu edificio… corres.

Pero yo ya estaba sola.

Subí las escaleras de dos en dos. El pasillo del segundo piso estaba en silencio. Paré delante de la 217. La puerta parecía normal. Ninguna marca. Ningún papel. Nada. Saqué la llave y la introduje en la cerradura con cuidado, como si pudiera explotar. Giré. Entró. Empujé.

La habitación estaba exactamente como la había dejado esa mañana: la cama deshecha, la sudadera negra tirada sobre la silla, el vaso de agua a medio beber en la mesa. Nada fuera de lugar. Nada roto. Y sin embargo el aire se sentía distinto. Como si alguien hubiera estado ahí dentro respirando mi mismo oxígeno.

Cerré la puerta. Eché la llave. Puse la cadena. Después empujé la silla contra la madera y me senté en el borde de la cama con el corazón desbocado.

Saqué el teléfono otra vez. El mensaje seguía ahí. Número desconocido. Intenté llamar. Tono de fuera de servicio. Bloqueé el número. Inútil. Podían usar otro.

Pensé en escribirle a Caín. Ni siquiera tenía su número. Solo su nombre y la imagen de su espalda alejándose. Pensé en llamar a seguridad del campus. ¿Y decir qué? ¿Que me habían mandado una foto de mi propia puerta? Se reirían. O peor: lo archivarían como una broma más de la gorda histérica del video.

El tiempo pasó demasiado rápido. El sol empezó a bajar. Las luces del estacionamiento se encendieron una a una. Yo no me había movido de la cama. Cada ruido del pasillo me hacía tensar el cuerpo entero: pasos, una puerta que se cerraba, risas de chicas que volvían de clase.

A las nueve y media el teléfono vibró otra vez.

Nueva foto.

Esta vez era el pasillo. Justo delante de mi puerta. La imagen estaba tomada desde el otro extremo, lo bastante cerca para que se viera la sombra de alguien de pie junto al marco. El mensaje debajo era más corto:

Abre.

Me levanté de un salto. El corazón me golpeaba tan fuerte que me dolía el cuello. Me acerqué a la puerta sin hacer ruido y miré por la mirilla.

El pasillo estaba vacío.

O al menos eso parecía.

Retrocedí hasta la cama. Agarré la lámpara de la mesita, la única cosa pesada que tenía a mano. Me senté otra vez, esta vez con la espalda contra la pared, mirando fijamente la puerta.

Pasaron minutos. Diez. Quince. El silencio se volvió ensordecedor.

Entonces escuché el ruido.

Un rasguño suave. Como uñas contra la madera. Después un golpe seco, bajo, justo a la altura de la cerradura. Alguien estaba intentando forzar la puerta.

Me tapé la boca con la mano libre para no gritar. El cuerpo entero me temblaba. El segundo golpe fue más fuerte. La cadena vibró. La silla se movió un centímetro.

—Julissa —susurró una voz al otro lado. No era la de Ethan. Era más grave. Más burlona—. Sabemos que estás ahí. No hagas que sea más difícil.

Tyler.

Otro golpe. Esta vez la madera crujió.

—Abre de una puta vez —insistió otra voz. Esa sí era de Ethan—. Solo queremos hablar. De verdad.

Mentira.

Me arrastré hasta el rincón más alejado, todavía con la lámpara en la mano. El teléfono lo tenía apretado contra el pecho. Sin pensar, abrí la aplicación de mensajes y busqué el único contacto que se me ocurrió: el número de emergencias del campus. Mis dedos no respondían bien. Tardé tres intentos en marcar.

El tono de llamada empezó a sonar.

Al otro lado de la puerta los golpes se detuvieron de golpe.

—¿Está llamando a alguien? —escuché murmurar.

—Da igual. Cuando terminemos no le van a creer.

La llamada conectó. Una voz femenina al otro lado preguntó cuál era la emergencia. Apenas pude hablar.

—Residencia norte, habitación 217. Están intentando entrar. Por favor…

La línea se cortó.

No sé si fue mala cobertura o si alguien había hecho algo. El teléfono se quedó sin señal de repente. La pantalla se puso negra durante un segundo y después volvió, pero sin barras.

Otro golpe. Esta vez mucho más fuerte. La cadena saltó de su anclaje con un ruido metálico que me taladró los oídos. La silla se volcó. La puerta se abrió de golpe.

Ethan entró primero. Detrás de él, Tyler y otro chico cuyo nombre no recordaba. La luz del pasillo los iluminaba desde atrás, convirtiéndolos en siluetas.

Ethan cerró la puerta a su espalda con una calma aterradora. Después giró la llave desde dentro y se la metió en el bolsillo.

—Hola, Julissa —dijo en voz baja—. Te di una oportunidad.

Me levanté apoyándome en la pared. La lámpara me temblaba en la mano.

—Salgan. Ya llamé a seguridad.

Tyler rió.

—Claro que sí. Por eso nadie ha venido.

Ethan dio un paso hacia mí. Yo retrocedí hasta que la espalda chocó contra el armario. No había más espacio.

—Solo íbamos a asustarte un poco —continuó él—. Hacerte entender que no puedes hablarme como lo hiciste anoche ni rechazar mi ayuda esta mañana. Pero ya que insistes en ponerlo difícil…

Se detuvo a menos de un metro. Su mirada bajó hasta la lámpara que yo apretaba y después subió otra vez hasta mis ojos. Sonrió.

—Suéltala. No quiero hacerte daño de verdad.

El miedo me tenía el cuerpo rígido, pero debajo de ese miedo había algo más. Una rabia caliente que me subía por la garganta. Pensé en el sofá de la fiesta. En el cartel. En la foto de mi puerta. En la forma en que me había agarrado la muñeca esa misma mañana.

Apreté más la lámpara.

—Acércate y te la clavo en la cabeza —escuché decirme con una voz que apenas reconocí.

Ethan levantó las cejas, sorprendido. Después soltó una risa corta.

—Mírala. Todavía cree que puede.

Tyler dio un paso lateral, como si quisiera rodearme. El otro chico se quedó junto a la puerta, custodiándola. Estaba atrapada.

Ethan extendió la mano hacia la lámpara.

—Suéltala, Julissa. Ahora.

Fue entonces cuando se escuchó el ruido fuera del pasillo.

Pasos pesados. Rápidos. Demasiado rápidos para ser de un estudiante cualquiera. Después una voz que ya conocía, grave y cargada de una furia contenida que hizo que hasta Ethan se girara:

—Abran esa puta puerta.

Caín.

El golpe que siguió no fue un golpecito. Fue un embate entero. La puerta tembló en sus bisagras. Tyler retrocedió de instinto. Ethan perdió la sonrisa por primera vez en toda la noche.

Otro golpe. Más fuerte. La madera crujió.

Caín no estaba pidiendo permiso.

Estaba entrando.

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