Capítulo 2 2

—No vuelvas a hablarme como si todavía tuviera diecisiete años.

Rafael giró lentamente el vaso entre los dedos. No parecía sorprendido por mi tono. Tampoco ofendido. Era peor: parecía estar evaluando cuánto tardaría yo en arrepentirme de haberlo enfrentado.

—Entonces deja de comportarte como si romperte el corazón fuera una emergencia nacional.

—No se me rompió nada.

—Claro.

—Y deja de decir “claro” de esa manera.

—¿De qué manera?

—Como si ya supieras todo lo que voy a hacer.

Rafael tomó un sorbo. El whisky apenas humedeció su boca. Lo observé más de lo necesario. La corbata estaba floja, el primer botón de la camisa abierto y una sombra de cansancio le endurecía el rostro. Nunca lo había visto desordenado. Ni siquiera en los asados de mi padre, cuando todos bebían demasiado y terminaban discutiendo sobre leyes, fútbol o divorcios ajenos.

Sobre la barra seguía la caja de terciopelo.

—¿Quién te dejó? —pregunté.

—Nadie.

—Esa caja dice otra cosa.

—La caja no habla.

—Tú tampoco, por lo visto.

Su mirada bajó a mi mano cerrada.

—¿Y ese anillo?

Abrí los dedos. La piedra pequeña brilló bajo las lámparas del bar.

—Una promesa que no llegó a convertirse en nada.

—Entonces sí se te rompió algo.

—Lo que se rompió fue la cara que no le partí a Gael.

Rafael soltó una risa breve. No era una carcajada, apenas un sonido grave que me hizo mirarlo. Yo había escuchado esa voz en audiencias, cenas familiares y llamadas donde corregía a mi padre sin elevar el tono. Nunca la había sentido tan cerca.

—No te rías.

—Estoy agradeciendo que no lo hayas golpeado.

—No fue por falta de ganas.

—Lo sé.

—No sabes nada.

—Sé que cuando estás furiosa aprietas la mandíbula antes de hacer algo estúpido.

—Eso lo hace todo el mundo.

—Tú también metes el pulgar dentro del puño para no arañar a nadie.

Miré mi mano. Tenía razón. Eso me irritó más.

—¿Desde cuándo me observas tanto?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Rafael dejó el vaso sobre la barra. Sus ojos recorrieron mi rostro, bajaron un instante hacia mi boca y regresaron. El movimiento duró poco, pero no fue imaginado. Sentí un calor incómodo subir por mi cuello.

—Desde que aprendí que eres peligrosa cuando guardas silencio.

—No respondiste.

—Porque no te conviene escuchar la respuesta esta noche.

El cantinero dejó otro vaso frente a mí. Rafael lo apartó antes de que pudiera tocarlo.

—Ya pedí uno.

—Y todavía no lo bebes.

—Podría hacerlo ahora.

—Podrías. También podrías presentarte mañana con resaca y regalarle la victoria a Gael.

—Ya renuncié al equipo.

Por primera vez, Rafael perdió esa calma calculada.

—¿Qué hiciste?

—Lo que escuchaste.

—Martina, llevas meses preparando ese concurso.

—No voy a trabajar con alguien que acaba de acostarse con mi mejor amiga.

—Puedes odiarlo y aun así competir.

—No necesito una conferencia.

—Necesitas dejar de incendiar tu vida para demostrar que no te duele.

Le arrebaté el vaso que había apartado y bebí. El whisky me quemó la lengua, la garganta y el orgullo. Tosí, cerré los ojos y escuché su respiración contenida.

—Ni una palabra —advertí.

—No pensaba decir nada.

—Estás sonriendo.

—Porque acabas de castigar al whisky por culpa de tu exnovio.

—Eres insoportable.

—Y tú estás usando un vestido demasiado caro para sentarte aquí fingiendo que no quieres llorar.

Bajé la vista. Había comprado aquel vestido azul para la cena de la fundación. Ceñía mi cintura, dejaba mis hombros descubiertos y tenía una abertura lateral que Gael había considerado “demasiado llamativa”. Me lo puse precisamente por eso.

Rafael miró también. Esta vez no apartó los ojos enseguida.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo algo.

—Estoy decidiendo si llamo a tu padre.

El deseo extraño que había comenzado a tensarme el vientre murió de inmediato.

—Hazlo y te juro que arrojo tu teléfono al casino.

—Héctor cree que estás cenando con las benefactoras.

—Cenaré con ellas.

—Dentro de una hora.

—Me sobra tiempo.

—Tienes los ojos rojos.

—Diré que es alergia.

—Y hueles a whisky.

—Diré que es tuyo.

Él arqueó una ceja.

—Eso abriría preguntas más incómodas.

—Tal vez me convenga.

—No juegues conmigo.

Su voz cambió. No fue más alta, pero perdió el tono paciente. Me enderecé. Durante años, Rafael había sido el amigo impecable de mi padre, el hombre que aparecía en Navidad con vino caro y me preguntaba por la universidad sin recordar nunca el nombre de mis materias. Sin embargo, el hombre a mi lado no parecía paternal ni distante.

Parecía irritado.

Y demasiado atento.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Temes que alguien crea que estabas bebiendo con la hija de tu mejor amigo?

—Temo que tú uses cualquier cosa para vengarte de Gael.

—No todo gira alrededor de él.

—Ahora mismo sí.

—¿Y tú? —señalé la caja—. ¿Vas a fingir que eso no importa?

Rafael cerró la mano sobre el terciopelo.

—Victoria canceló el compromiso.

—¿La mujer perfecta te dejó?

—Parece que también te alegra.

—Me sorprende.

—No deberías. Ella quería un esposo disponible. Yo seguía creyendo que bastaba con no serle infiel.

—Eso es una expectativa bastante mediocre.

—Gracias por el diagnóstico.

—¿Por qué terminó contigo?

—Porque convertí nuestra boda en una negociación.

—Eres abogado de divorcios. Era previsible.

—También dijo que nunca la miraba como si fuera a perder el control.

La frase quedó entre nosotros.

No debí preguntarlo, pero lo hice.

—¿Y a alguien sí la miras así?

Rafael apretó la mandíbula. Su mano se movió sobre la barra y rozó la mía. El contacto fue mínimo, apenas los nudillos, aunque mi cuerpo reaccionó con una rapidez que me avergonzó.

Él también lo notó.

—Martina.

—Solo hice una pregunta.

—Haz otra.

—¿Por qué viniste a Las Vegas?

—Una audiencia.

—¿Y Victoria?

—Quería celebrar que habíamos fijado fecha.

—Mal momento para comprar anillos.

—Ese era para devolverlo.

—Qué romántico.

Rafael tomó mi muñeca antes de que alcanzara el vaso otra vez. No apretó, pero el calor de sus dedos me inmovilizó. Sentí el pulso golpear contra su palma.

—No bebas más.

—Suéltame.

—Cuando prometas que no vas a subir a esa habitación.

—No necesito tu permiso.

—No te estoy dando permiso. Estoy intentando evitar que hagas algo que mañana no puedas deshacer.

—¿Como casarme con el hombre equivocado?

Sus ojos se oscurecieron.

—Exactamente.

Me incliné hacia él. Quedamos tan cerca que olí el whisky en su aliento. Rafael no retrocedió. Sus dedos seguían rodeando mi muñeca y su pulgar se movió apenas sobre mi piel.

—Tal vez el problema no sea casarse —susurré—. Tal vez sea elegir a un hombre que nunca pierde el control.

Rafael me soltó despacio.

—No tienes idea de lo que estás provocando.

—Entonces explícamelo.

Él dejó dinero sobre la barra, guardó la caja en el bolsillo y se puso de pie. Durante un segundo pensé que se marcharía. En cambio, se inclinó junto a mi oído.

Su proximidad me dejó clavada al asiento, furiosa conmigo misma por desear seguirlo sin hacer preguntas.

—Termina tu cena, Martina. Después voy a enseñarte por qué jamás debes desafiar a un hombre que acaba de quedarse sin nada que proteger.

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