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NOVENTA DÍAS CASADA CON EL MEJOR AMIGO DE MI PADRE

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F. Ruz · En curso · 95.9k Palabras

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Introducción

Martina Echeverría viaja a Las Vegas decidida a ganar el concurso universitario que podría asegurar su futuro como abogada. Lo último que espera es encontrar a Gael, su novio y compañero de equipo, en la cama con Irene, su mejor amiga.

Rafael Beaumont también está pasando la peor noche de su vida. A sus cuarenta años, el prestigioso abogado de divorcios está acostumbrado a controlar cada situación, hasta que Victoria, su prometida, termina su compromiso y lo acusa de convertir el amor en una negociación.

Martina y Rafael no deberían beber juntos. Mucho menos besarse.

Ella es la hija de su mejor amigo. Él es el hombre arrogante que lleva años tratándola como si todavía fuera una adolescente. Sin embargo, una discusión sobre el matrimonio termina frente a una capilla, con un desafío que ninguno está dispuesto a perder.

A la mañana siguiente, Martina despierta casada con Rafael.

Anular el matrimonio parece la solución evidente, pero el escándalo podría costarle a ella su beca y perjudicar la lucha de Rafael por la custodia de su sobrina. Para proteger sus futuros, acuerdan permanecer casados durante noventa días y convencer a todos de que su relación no comenzó como una equivocación.

Solo necesitan vivir juntos, fingir que están enamorados y respetar una regla: no volver a acostarse.

Una regla imposible cuando cada discusión termina acercándolos un poco más.

Capítulo 1

—No abras esa puerta, Martina.

Gael estaba descalzo en el pasillo, con la camisa mal abotonada y una marca roja en el cuello que no le había dejado yo.

Durante un segundo busqué una explicación menos humillante. Quizá se había derramado vino. Quizá alguien lo había empujado contra una pared. Quizá yo era una idiota con demasiada imaginación.

Entonces escuché una risa dentro de la habitación.

La conocía.

Irene llevaba diez años riéndose así cuando ocultaba algo. Se le escapaba el aire por la nariz y después carraspeaba, como si pudiera tragarse la culpa.

Gael extendió una mano.

—Puedo explicarlo.

—Empieza por decirme por qué mi mejor amiga está en tu cama.

Su rostro cambió apenas. No fue vergüenza. Fue cálculo. Gael siempre parecía más atractivo antes de mentir: mandíbula firme, ojos tranquilos, voz baja. Había usado ese tono para convencerme de viajar con él a Las Vegas y presentarlo ante las benefactoras de mi beca como el hombre con quien pensaba construir una vida.

—No está en mi cama.

Irene apareció detrás de él, envuelta en la bata blanca del hotel. Mi bata. La que yo había dejado esa mañana sobre el sillón.

—Técnicamente, la cama es del hotel —dijo.

No lloré. Una lágrima habría demostrado que aquello me dolía de manera normal. En cambio, sentí una quietud helada que me dejó observando detalles absurdos: el esmalte oscuro de Irene, el cinturón mal anudado, la hebilla de Gael junto a uno de sus zapatos.

—¿Desde cuándo?

Gael miró a Irene antes de responder. Ese movimiento me dio la fecha.

—Martina, no conviertas esto en algo peor.

—¿Peor para quién?

Irene dio un paso hacia mí.

—No queríamos que te enteraras así.

Solté una risa seca.

—Qué detalle. Imagino que planeaban organizarme una cena.

—No seas cruel —murmuró ella.

Mi mejor amiga acababa de salir de la habitación de mi novio usando mi ropa y había conseguido presentarse como la parte herida.

—Devuélveme la bata.

Irene abrió la boca.

—Ahora.

Se la quitó allí mismo. Debajo llevaba un conjunto negro de encaje que yo había ayudado a elegir tres semanas antes. Recordé la tarde en la tienda, cuando me preguntó si un hombre perdería la cabeza al verla con eso. Yo respondí que sí. Incluso pagué la mitad porque ella había olvidado la cartera.

Gael apartó la mirada, como si la desnudez de Irene fuera un asunto privado que yo no tenía derecho a presenciar.

Tomé la bata y la lancé dentro.

—Quédatela. Ya huele a los dos.

—Martina —insistió Gael—, tú y yo llevamos meses mal.

—Anoche me pediste que te presentara ante la fundación.

—Eso no significa que estemos bien.

—También dijiste que después del concurso hablaríamos de vivir juntos.

—Porque sabía que necesitabas escucharlo.

Esa frase encontró dónde golpearme. No en el corazón. Más abajo, en un lugar lleno de orgullo y vergüenza.

Irene se cruzó de brazos.

—Él quería terminar contigo, pero estabas demasiado concentrada en la competencia.

—Gracias por preocuparte por mi agenda.

—No fue así —dijo Gael.

—¿Qué parte? ¿La traición o la cortesía administrativa?

Él se pasó una mano por el cabello. Lo conocía lo suficiente para saber que perdía la paciencia. Gael detestaba no controlar una discusión.

—No voy a pedirte perdón por enamorarme.

Irene lo miró con una sorpresa tan genuina que casi sentí lástima por ella.

—¿Enamorarte?

—Sí.

—Hace cuatro horas me besaste en el elevador.

Gael bajó la voz.

—No hagas una escena.

El pasillo estaba vacío. Aun así, miró hacia ambos lados. No le inquietaba haberme engañado. Le preocupaba que alguien importante lo supiera.

Mi teléfono vibró. La coordinadora del concurso recordaba el ensayo general en treinta minutos. Debajo apareció otro mensaje de la presidenta de la Fundación Bellmont, confirmando nuestra cena.

La beca cubría mi último año y la posibilidad de dirigir una clínica jurídica para mujeres sin recursos. Todo dependía de que yo pareciera brillante, estable y agradecida.

Había llevado a Gael porque las benefactoras querían conocer “a la persona que apoyaba mi futuro”.

Esa persona estaba semidesnuda frente a mí, con el labial de Irene en el cuello.

—Te vas a retirar del concurso —dijo.

Tardé en entenderlo.

—¿Perdón?

—No estás en condiciones de presentarte.

—Tú no decides eso.

—Soy el capitán del equipo.

—Y yo redacté la estrategia que te hizo capitán.

Irene recogió su vestido.

—Martina, quizá deberías descansar.

—Quizá tú deberías buscar ropa interior que no haya financiado la mujer a la que traicionas.

—Basta —ordenó Gael.

Me acerqué hasta quedar a centímetros de él. La rabia me devolvió calor. Su mirada bajó hacia mi boca. El gesto me produjo asco y una certeza: todavía creía que podía manejarme con deseo, culpa o miedo.

—No vuelvas a darme órdenes.

—Estás alterada.

—Estoy sobria. Esa es tu mala suerte.

Gael apoyó una mano en mi cintura. No fue una caricia. Fue una advertencia disfrazada de intimidad. Sus dedos apretaron mi vestido.

—No arruines tu carrera por orgullo.

Le quité la mano.

—No confundas mi carrera con tu reputación.

La puerta del elevador se abrió. Una pareja salió conversando y Gael retrocedió. Sonrió como si nada ocurriera. Esa sonrisa terminó de romper lo poco que quedaba entre nosotros.

Irene entró en la habitación.

—Hablen tranquilos.

—No tenemos nada que hablar.

Gael bloqueó mi camino.

—Si bajas así, harás el ridículo.

—Apártate y disfruta el espectáculo.

—Si cuentas lo que pasó, todos pensarán que no sabes separar tu vida personal de la competencia.

—¿Y si no lo cuento?

—Podemos presentarnos, ganar y resolver esto después.

Ni una disculpa. Solo una oferta para que yo protegiera el plan que él había ensuciado.

Saqué la llave de su habitación y la dejé caer.

—Gana sin mí.

—No te atreverías.

—Ya lo hice.

Caminé hacia el elevador. Mis piernas temblaron cuando las puertas se cerraron, pero mantuve la espalda recta. Entonces me quité el anillo que Gael me había regalado, una promesa barata que nunca llegó a compromiso, y lo apreté en el puño.

Mi teléfono sonó.

Gael.

Rechacé la llamada.

Volvió a llamar.

La rechacé otra vez.

Al llegar al vestíbulo tenía tres mensajes suyos, dos de Irene y uno de mi padre preguntando si todo marchaba bien.

No respondí.

Crucé el casino sin saber adónde iba. A mi derecha, una novia con velo corto reía mientras desconocidos brindaban por ella. A mi izquierda, un hombre de traje oscuro discutía junto al bar.

—No voy a casarme con alguien que considera el amor una cláusula negociable —dijo una mujer antes de alejarse.

El hombre permaneció inmóvil, sosteniendo una caja de terciopelo.

Pedí el primer whisky de mi vida.

Él ocupó el banco a mi lado y dejó la caja sobre la barra.

—Parece que a los dos acaban de despedirnos del futuro —comenté.

Reconocí entonces la voz que llevaba años corrigiéndome, provocándome y llamándome imprudente frente a mi padre. Rafael Beaumont, el mejor amigo de Héctor, el abogado que jamás perdía una discusión, acababa de encontrarme con el orgullo roto y un whisky intacto.

Giró la cabeza. Sus ojos se detuvieron en el anillo dentro de mi puño.

—No, Martina. A ti todavía no te han despedido. Acabas de quedarte sin excusas.

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