Capítulo 3 3
—No vas a entrar a esa cena oliendo a whisky y rabia.
Rafael sostuvo la puerta del elevador mientras yo permanecía frente a él.
—Puedo entrar oliendo como me dé la gana.
—Puedes. También puedes regalarle a Gael la versión de ti que necesita para hacerse la víctima.
Entré.
Las puertas se cerraron. Yo llevaba el vestido azul que había comprado para celebrar con un hombre que acababa de acostarse con mi mejor amiga. Rafael parecía salido de una reunión, salvo por la corbata floja y el enojo mal disimulado.
—No voy a dejar que hables por mí —advertí.
—No pienso hacerlo.
—Tampoco vas a explicar nada.
—Martina, estoy evitando que llegues sola al restaurante después de abandonar a tu equipo.
—No lo abandoné. Dejé a Gael.
—La coordinadora quizá no distinga la diferencia.
El elevador se detuvo en el piso de los salones privados. Rafael salió primero. No me ofreció la mano. Agradecí que no lo hiciera, aunque recordé cómo había sujetado mi muñeca en el bar.
—¿Por qué vienes? —pregunté.
—Porque Victoria reservó una mesa en este mismo restaurante.
—Entonces deberías estar celebrando tu ruptura, no vigilando la mía.
—No te vigilo.
—Llevas años haciéndolo por encargo de mi padre.
Se detuvo antes de la entrada. Dos meseros pasaron junto a nosotros empujando un carrito. Rafael esperó hasta que se alejaron.
—Tu padre nunca me pidió que te vigilara.
—No hacía falta. Siempre apareces para recordarme lo que no debo hacer.
—Eso ocurre porque tienes un talento especial para escoger la peor opción disponible.
—Y tú tienes uno para convertir cualquier conversación en una sentencia.
Su mirada bajó hasta la abertura de mi vestido. La recorrió desde mi muslo hasta la cintura y regresó a mi cara con una lentitud que me hizo olvidar por qué estaba furiosa.
—Esta noche no necesito dictar ninguna —dijo—. Vienes decidida a condenarte sola.
—Deja de mirarme.
—Tú elegiste el vestido.
—No para ti.
—Eso no cambia lo que estoy viendo.
El calor me subió por el pecho. Debí alejarme. En cambio, acorté la distancia.
—¿Y qué estás viendo?
Rafael inclinó la cabeza. Durante un segundo pensé que tocaría mi cintura, justo donde Gael lo había hecho en el pasillo. Sus manos permanecieron a los lados, tensas.
—A la hija de mi mejor amigo a punto de entrar en una sala donde todos esperan que sonría.
La respuesta me golpeó con más fuerza que si hubiera confesado algo.
—Por supuesto.
—¿Qué?
—Siempre soy eso contigo. La hija de Héctor.
Pasé junto a él y entregué mi nombre a la anfitriona. La mujer revisó la lista y nos condujo a un reservado donde seis integrantes de la Fundación Bellmont ya ocupaban sus lugares.
La presidenta, Celeste Alvarado, se levantó al verme.
—Martina, temíamos que no llegaras.
—Tuve un inconveniente con el equipo.
Gael estaba sentado a su derecha.
Se había cambiado de camisa. El cuello alto ocultaba la marca de Irene, pero no la sorpresa al ver a Rafael detrás de mí.
—Señor Beaumont —dijo Celeste—. No sabía que acompañaría a Martina.
—No la acompaño —respondió él—. Mi mesa está al otro lado del salón.
Agradecí la precisión y la odié al mismo tiempo.
Gael se puso de pie.
—Martina, tenemos que hablar antes de la cena.
—Ya hablamos.
Celeste miró de uno a otro.
—¿Ocurrió algo con la competencia?
Gael abrió la boca.
—Tuvimos una diferencia personal —respondí—. No afectará mi participación mañana.
Él frunció el ceño.
—Creí que habías renunciado.
—Renuncié a seguir tus órdenes. La universidad decidirá si eso equivale a abandonar el equipo.
Una benefactora ocultó una sonrisa detrás de su copa.
Gael dio un paso hacia mí.
—No estás pensando con claridad.
—Eso dijiste antes de pedirme que encubriera tu infidelidad.
El silencio cayó sobre la mesa. Celeste dejó la servilleta junto al plato. Gael perdió el color.
—Martina —murmuró.
—No pensaba mencionarlo, pero insistes en diagnosticarme frente a las mujeres que financian mis estudios.
Rafael seguía detrás de mí. No intervino. Ni una palabra, ni un gesto protector. Solo su presencia, permitiéndome terminar.
Celeste miró a Gael.
—Creo que la cena puede continuar sin usted.
—Esto es un asunto privado.
—Entonces debió mantenerlo fuera de esta mesa.
Gael me lanzó una mirada cargada de reproche, como si yo hubiera traicionado algo.
—Vas a arrepentirte.
—La lista de esta noche ya está llena.
Él se marchó. Nadie intentó detenerlo.
Rafael se inclinó cerca de mi oído.
—Ya no necesitas que me quede.
Su aliento rozó mi cuello. Contuve el impulso de girarme y encontrar su boca demasiado cerca.
—Nunca lo necesité.
—Lo sé.
—Entonces vete.
—Eso intento.
No se movió.
Celeste observó el intercambio.
—Señor Beaumont, tenemos una silla libre.
—No creo que sea apropiado.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Temes que mi padre descubra que cenaste conmigo sin supervisión?
Sus ojos se fijaron en los míos.
—Temo cosas más interesantes que Héctor.
Celeste le indicó el asiento junto al mío. Rafael aceptó.
Durante la cena, las benefactoras preguntaron por mi proyecto de clínica jurídica. Yo respondí sin mencionar a Gael. Expliqué cómo quería ofrecer representación a mujeres que firmaban convenios sin comprenderlos porque no podían pagar un abogado.
Rafael escuchó en silencio.
—¿Cree que el proyecto es viable? —le preguntó Celeste.
Esperé que corrigiera mis cifras o señalara las fallas.
—Creo que Martina lleva dos años preparándolo y que nadie en esta mesa debería reducirlo a una idea nacida de una ruptura.
Lo miré.
—No sabía que lo habías leído.
—Me lo enviaste hace seis meses.
—Nunca respondiste.
—Porque no me pediste opinión. Solo querías demostrar que podías hacerlo sin ayuda.
—Podías haber dicho que te gustaba.
—No me gustó.
Las mujeres rieron. Yo lo pateé debajo de la mesa.
Rafael atrapó mi tobillo entre sus zapatos antes de que pudiera retirarlo. El contacto subió por mi pierna como una corriente indecente.
—La propuesta era buena —continuó, sin soltarme—. La presentación era demasiado larga y tu presupuesto, optimista.
—Eres un invitado encantador.
—Mejoré con los años.
Moví el pie para liberarme. Su pantalón rozó mi pantorrilla. Rafael tensó la mandíbula, pero mantuvo la voz serena mientras respondía otra pregunta.
La cena terminó cuarenta minutos después. Celeste confirmó que hablaría con la universidad para que mi permanencia en el concurso no dependiera de Gael.
Al salir, Rafael me condujo hacia el corredor vacío.
—Lo hiciste bien.
—No necesito tu aprobación.
—No era aprobación.
—¿Qué era?
—La verdad.
Me apoyé contra la pared. Él quedó frente a mí, demasiado cerca para fingir indiferencia.
—En la mesa dijiste que temías cosas más interesantes que mi padre.
—Olvídalo.
—No.
Rafael levantó una mano y acomodó un mechón detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron mi cuello. No fue una caricia inocente.
—Estás buscando una reacción porque Gael te hizo sentir reemplazable.
—Tal vez busco comprobar que no todos los hombres son cobardes.
—Yo también puedo hacerte daño.
—Pero al menos tendrías que acercarte para conseguirlo.
Su pulgar se detuvo sobre mi mandíbula. Sus ojos bajaron a mi boca.
—No vuelvas a provocarme así.
—¿Por qué?
Rafael respiró una vez y retiró la mano.
—Porque la única mujer que no debería desear esta noche eres tú.
