Capítulo 4 4
―No vuelvas a decir que me deseas si piensas esconderte detrás de mi padre.
Rafael no respondió de inmediato. Permanecía frente a mí, con una mano en el bolsillo y la otra apoyada contra la pared, a centímetros de mi hombro. El corredor estaba vacío. Desde el restaurante llegaban voces amortiguadas y el sonido de copas, pero allí solo existía la tensión que él mismo había creado.
―No dije que pensara esconderme.
―Dijiste que soy la única mujer que no deberías desear.
―No es lo mismo.
―Suena exactamente igual.
Intenté apartarme. Rafael bajó el brazo y bloqueó mi camino sin tocarme. El gesto era suficiente para recordarme que podía hacerlo, que bastaría un movimiento para dejarme atrapada entre su cuerpo y la pared.
―Martina, acabas de descubrir una traición.
―Y tú acabas de terminar un compromiso.
―Por eso esta conversación no debería estar ocurriendo.
―Pero está ocurriendo.
Sus ojos bajaron a mi boca otra vez. Esta vez no fingió que miraba otra cosa. El silencio me recorrió el cuerpo con una precisión incómoda.
―No confundas deseo con una buena decisión ―dijo.
―Tú confundes control con inteligencia.
―El control evita daños.
―También evita vivir.
Rafael soltó el aire y dio un paso atrás. El espacio entre nosotros debería haberme tranquilizado. En cambio, sentí una pérdida absurda.
―Voy a acompañarte a tu habitación.
―No.
―No era una invitación.
―Entonces practica pedir las cosas. Podrías descubrir que algunas mujeres responden mejor cuando no las tratas como un expediente.
Su mandíbula se endureció.
―¿Quieres caminar sola después de beber?
―Tomé un trago.
―Que casi te mata.
―Qué dramático.
―Tosiste durante un minuto.
―Fueron diez segundos.
―Veinte.
Comencé a caminar hacia los elevadores. Rafael avanzó a mi lado, manteniendo una distancia prudente que me irritó más que su insistencia.
―¿Siempre cuentas cuánto tarda una mujer en recuperarse de un whisky? ―pregunté.
―Solo cuando esa mujer piensa competir mañana.
―¿Y Victoria?
Él giró la cabeza.
―¿Qué tiene?
―¿También contabas sus tragos?
―Victoria no bebía cuando estaba enfadada.
―Quizá porque tú no conseguías enfadarla.
―Lo hacía.
―No lo suficiente para que quisiera quedarse.
Rafael se detuvo. Yo seguí dos pasos antes de volverme.
―Eso fue cruel ―dijo.
―Fue cierto.
―No son lo mismo.
―A veces sí.
Las puertas del elevador se abrieron. Entramos. Él presionó el piso diecisiete antes de preguntarme el número de mi habitación. Lo observé.
―¿Cómo sabes dónde estoy?
―Tu padre me envió el itinerario del equipo.
―Así que sí te pidió vigilarme.
―Me pidió que te entregara unos documentos si coincidíamos.
―¿Y aceptaste porque eres un amigo ejemplar?
―Acepté porque sabía que olvidarías revisar tu correo.
―Qué concepto tan cómodo tienes de mí.
―Lo construiste durante años.
El elevador subió. Las paredes de espejo nos devolvían una imagen peligrosa: yo con el vestido azul, él con el traje oscuro, ambos demasiado cerca para una relación inocente y demasiado tensos para parecer una pareja.
―¿Por qué ibas a casarte con Victoria? ―pregunté.
―Porque llevábamos tres años juntos.
―Eso explica el tiempo, no la decisión.
―Nos entendíamos.
―También entiendo a mi dentista. No pienso casarme con él.
Una sonrisa breve apareció en su boca.
―Victoria quería una familia, estabilidad y alguien que no convirtiera cada desacuerdo en un espectáculo.
―Entonces eligió mal desde el principio.
―Yo también.
La respuesta me sorprendió.
―¿No la amabas?
―Sí.
―No sonó convincente.
―Porque no pienso discutir mis sentimientos con una mujer que conocí usando uniforme escolar.
El elevador se detuvo entre pisos. Las luces parpadearon una vez y quedaron encendidas. La pantalla mostró una línea roja.
―Perfecto ―murmuré―. El universo también quiere que hables.
Rafael presionó el botón de alarma. Una voz respondió que el sistema se reiniciaría en pocos minutos.
―No empieces ―advirtió.
―Solo hice una observación.
―Tus observaciones suelen terminar en problemas.
―Tus silencios también.
Me apoyé contra el espejo. Rafael evitó mirarme durante varios segundos, concentrado en la pantalla. El reflejo lo traicionaba. Sus ojos recorrían mis piernas cuando creía que yo observaba los números.
Separé apenas los pies.
Su mirada subió de inmediato.
―Eso fue deliberado.
―No sé de qué hablas.
―Sí lo sabes.
―Quizá estás imaginando cosas porque acabas de quedarte soltero.
Rafael se acercó. No rápido, no impulsivo. Caminó hasta quedar frente a mí y apoyó ambas manos en el espejo, una a cada lado de mi cabeza.
―¿Esto querías?
Mi respiración se alteró.
―Todavía no has hecho nada.
―Estoy intentando darte tiempo para arrepentirte.
―No te lo pedí.
―Lo necesitas.
―Otra vez decidiendo por mí.
Le tomé la corbata y tiré. Rafael quedó a una distancia mínima. Su pecho rozó el mío. Noté cómo cambiaba su respiración y cómo su mano derecha se cerraba contra el espejo.
―Suéltame ―dijo.
―Podrías apartarte.
―Podría.
―Entonces hazlo.
No se movió.
Su boca quedó sobre la mía sin tocarla. El calor de su cuerpo atravesó la tela del vestido. Yo seguía sujetando la corbata, consciente de cada centímetro que nos separaba.
―Martina, esto no es un juego.
―Nunca dije que lo fuera.
―Mañana podrías odiarme.
―Hoy ya lo hago.
―No de la forma que importa.
Su pulgar rozó mi cintura. La caricia fue breve, casi accidental, pero me hizo tensar el abdomen. Rafael lo sintió. Bajó la mirada hacia el lugar donde me tocaba.
―Dime que pare ―susurró.
―No.
La palabra salió demasiado rápido.
Él cerró los ojos un instante, como si acabara de perder una discusión consigo mismo. Después me sostuvo la nuca y me besó.
No fue delicado. Tampoco torpe. Su boca tomó la mía con una seguridad que me hizo olvidar el elevador, la cena y la humillación de esa noche. Tiré con más fuerza de su corbata. Rafael acercó mi cuerpo al suyo, y el contacto arrancó un sonido que quedó atrapado entre nuestros labios.
El elevador volvió a moverse.
Rafael se apartó primero.
Yo seguía contra el espejo, respirando mal, con la boca húmeda y las piernas débiles. Él se acomodó la corbata sin conseguir recuperar del todo su expresión habitual.
―Eso no debió pasar.
―Pero pasó.
―No volverá a ocurrir.
Las puertas se abrieron en el piso diecisiete. Gael esperaba afuera.
Su mirada fue de mi boca a la mano de Rafael, que todavía descansaba en mi cintura.
―¿Qué demonios haces con ella?
Rafael no retiró la mano.
―Lo que tú ya no tienes derecho a preguntar.
Gael dio un paso.
―Martina, ven conmigo.
―No.
―Estás haciendo esto para castigarme.
―Qué alivio saber que encuentras la forma de sentirte importante.
Intentó tomarme del brazo. Rafael se interpuso antes de que me tocara.
―No la sujetes.
―Esto no te concierne, Beaumont.
―Acabas de convertirlo en asunto mío.
Gael soltó una risa.
―¿Mi novia te contó una historia triste y decidiste aprovecharte?
―Tu exnovia no necesita que nadie se aproveche de ella.
―Tú podrías ser su padre.
La frase cayó entre nosotros. Rafael retiró la mano de mi cintura. El vacío que dejó me dolió.
―Y tú podrías haber sido un hombre decente ―respondí―. Ninguno consiguió el papel.
Gael me miró con rabia.
―Mañana vas a pedirme perdón.
Rafael volvió a colocar la mano en mi cintura, frente a él.
―No. Mañana aprenderás que perderla fue la única decisión que tomaste sin entender sus consecuencias.
