Capítulo 5 5

―Si vuelves a tocarla, Gael, vas a descubrir cuánto cuesta provocar a un abogado que no tiene nada que perder.

Rafael habló sin levantar la voz. Su mano seguía en mi cintura, firme, visible, demasiado íntima para fingir que solo intentaba protegerme. Gael miró sus dedos, luego mi boca hinchada por el beso del elevador.

―Esto es ridículo ―dijo―. Martina está dolida y tú la estás utilizando.

―No necesito que ninguno explique lo que siento.

Me aparté de Rafael. Gael aprovechó para acercarse.

―Ven a mi habitación. Irene ya se fue.

―Qué oferta tan tentadora.

―Podemos arreglarlo.

―Hace una hora dijiste que estabas enamorado de ella.

―Estaba enojado.

―¿Te acostaste con ella por enojo o te enamoraste por accidente?

Gael cerró la boca. Rafael soltó una risa detrás de mí.

―No te metas ―espetó Gael.

―Ella acaba de responderte.

―Tú eres amigo de su padre.

―Y tú eras su novio.

―Mañana competiré ―dije―. La universidad decidirá contigo o sin ti. No vuelvas a buscarme esta noche.

―Vas a lamentar lo que estás haciendo.

―Eso ya lo dijiste. Busca una amenaza nueva.

Entré en mi habitación y cerré la puerta. Rafael quedó fuera con él. Después sonó el elevador y todo quedó en silencio.

Alguien golpeó dos veces.

―Si eres Gael, llamaré a seguridad.

―Soy el hombre al que acabas de dejar en un pasillo con él.

Abrí.

Rafael esperaba. Tenía la corbata torcida por mi culpa y una mancha de mi labial en la comisura.

―Pudiste marcharte.

―Pude hacer muchas cosas esta noche.

―También besarme y fingir después que fue un error.

―No estoy fingiendo.

―Entonces admítelo.

Rafael entró cuando me hice a un lado. Cerró la puerta, pero se quedó cerca.

―Te besé porque te deseaba.

―¿Desde cuándo?

―No hagas esa pregunta.

―La hiciste más interesante.

―Martina.

―Rafael.

Él caminó hasta mí. Me obligué a sostenerle la mirada mientras deslizaba los dedos por el tirante de mi vestido. No lo bajó. Solo recorrió la tela hasta mi hombro.

―Estás furiosa, herida y dispuesta a usarme para demostrar algo.

―¿Y tú? Victoria te dejó hace unas horas.

―Por eso debería irme.

―Pero no te vas.

―No.

Tomé su mano y la coloqué en mi cintura. Rafael cerró los dedos. Mi cuerpo respondió antes que mi orgullo. Su pulgar siguió el borde del vestido sin cruzarlo.

―No me uses para olvidar a Gael ―murmuró.

―No lo necesito para recordarte a ti.

Su boca cayó sobre la mía.

El segundo beso no tuvo la sorpresa del elevador. Tuvo decisión. Rafael me llevó contra la puerta y atrapó mi labio inferior entre los suyos. Metí las manos bajo su saco, sintiendo la dureza de su espalda. Él deslizó una palma por mi muslo hasta la abertura del vestido.

―Dime que pare.

―Deja de preguntar.

Sus dedos subieron un poco más. El contacto me hizo arquearme hacia él. Rafael respiró contra mi cuello.

―No sabes lo difícil que es obedecerte.

―Creí que nunca perdías el control.

―No contigo.

Me besó debajo de la oreja. La presión de su cuerpo dejó claro que no era la única afectada. Busqué su cinturón, pero él atrapó mis muñecas y las sostuvo sobre mi cabeza.

―No.

―¿Ahora te preocupa la moral?

―Me preocupa que mañana creas que esto ocurrió porque él te engañó.

―¿Y si ocurre porque llevo años odiando cómo me miras sin tocarme?

Rafael se quedó inmóvil.

―No digas eso.

―¿Por qué? ¿Porque tendrías que admitir que tú también lo notabas?

Aflojó las manos. Aproveché para soltarme y empujarlo hacia la cama. No cayó. Me sostuvo por la cintura y giró, dejándome sobre el colchón con él inclinado encima.

―Estás jugando con algo que no conoces.

―Entonces enséñame.

Sus ojos bajaron por mi cuerpo. La falda se había abierto hasta la cadera. Rafael pasó los nudillos por la parte interna de mi muslo y se detuvo antes de tocar donde yo quería.

―Podría hacerlo.

―Hazlo.

―Y mañana odiarme.

―Eso parece preocuparte demasiado para un hombre recién abandonado.

Su expresión cambió. Se apartó y caminó hacia la ventana.

Me senté, furiosa por la interrupción y porque mi cuerpo seguía pidiéndolo.

―Vete.

―Eso haré.

―Perfecto.

―Después de que te cambies.

―¿Perdón?

―No vas a dormir aquí.

―Esta es mi habitación.

―Gael está en el mismo piso y cree que puede entrar a tu vida cada vez que pide disculpas.

―Puedo llamar a seguridad.

―También puedes venir conmigo.

Solté una risa.

―¿A tu suite? Qué conveniente.

―Tiene dos habitaciones.

―Qué decepción.

Rafael me miró por encima del hombro.

―No sigas tensando una cuerda que está por romperse.

―¿Qué pasaría si se rompe?

―No te gustaría verme dejar de pensar.

―Quizá llevo toda la noche esperando eso.

Él recogió mi bolso del suelo y me lo entregó.

―Cinco minutos.

―No recibo órdenes tuyas.

―Entonces considéralo una apuesta.

―¿Sobre qué?

―Sobre quién puede pasar la noche sin cometer otra estupidez.

Lo miré. Era una provocación barata, precisamente por eso funcionó.

Me cambié el vestido por unos pantalones negros y una blusa. Cuando salí del baño, Rafael estaba leyendo el certificado del concurso.

―No toques mis cosas.

―No deberías abandonar la competencia.

―Ya decidí volver.

―Bien.

―No parezcas tan sorprendido.

―Imagino cómo trabajarás con Gael sin matarlo.

―Podrías defenderme.

―Cobro demasiado.

Salimos. En el elevador mantuvo las manos en los bolsillos. Yo observé su reflejo, todavía marcado por mi labial.

―¿Tu suite está arriba?

―No iremos allí.

―¿Entonces dónde?

―A tomar aire.

Cruzamos el casino y salimos a la avenida. Las luces convertían la madrugada en una fiesta artificial. Caminamos hasta encontrar una capilla abierta, decorada con neón rojo y flores de plástico.

Una pareja salió riendo, seguida por un imitador de Elvis.

―Qué horror ―dije.

―Finalmente coincidimos en algo.

En el escaparate había un cartel: BODAS EN QUINCE MINUTOS. DOCUMENTOS INCLUIDOS.

―Quince minutos para cometer el peor error de tu vida.

―Algunos tardan años.

―Hablas como abogado de divorcios.

―Hablo como alguien que estuvo a punto de casarse por conveniencia.

―¿Eso era Victoria?

―Éramos compatibles.

―Eso se dice de los electrodomésticos.

Rafael me miró.

―Tú no durarías una semana casada.

―¿Con cualquiera o contigo?

―Con nadie.

―Qué arrogante.

―Qué previsible.

Me acerqué al escaparate. Dentro, una mujer con vestido plateado acomodaba ramos.

―¿Y tú? ―pregunté―. ¿Cuánto durarías casado conmigo?

Rafael se puso a mi lado.

―Veinticuatro horas.

―Yo aguantaría cuarenta y ocho.

―No soportas que te contradigan.

―Tú no soportas perder.

―No pienso perder esta discusión.

Giré hacia él.

―Entonces demuéstralo.

Su rostro cambió. La broma desapareció. Rafael miró la capilla, luego a mí.

―No sabes lo que estás diciendo.

―Sé exactamente lo que digo.

―Has bebido.

―Un whisky hace tres horas.

―Estás dolida.

―Tú también.

La puerta de la capilla se abrió. La mujer del vestido plateado sonrió.

―¿Vienen a casarse?

Rafael debió responder que no. Yo esperaba que lo hiciera. En cambio, sacó la caja de terciopelo del bolsillo, tomó mi mano y colocó en mi dedo el anillo que Victoria había devuelto.

―Noventa días ―dijo―. Después no podrás acusarme de no haberte advertido.

Mi pulso golpeó bajo sus dedos.

―¿Eso es una propuesta?

Rafael abrió la puerta y me obligó a entrar con él.

―No, Martina. Es el error que vas a recordar cuando despiertes siendo mi esposa.

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