Capítulo 6 6
—Todavía puedes salir por esa puerta.
Rafael no había soltado mi mano. Dentro de la capilla, el neón rojo teñía su camisa y convertía el anillo de Victoria en una provocación brillante sobre mi dedo.
—¿Ya te arrepentiste?
—Estoy comprobando que entiendes lo que haces.
—Entiendo que el abogado de divorcios más arrogante del país acaba de proponerme matrimonio sin un contrato prenupcial.
—No fue una propuesta.
—Tienes razón. Las propuestas suelen incluir algo más romántico que una amenaza de noventa días.
La mujer del vestido plateado cerró la puerta y nos indicó un mostrador lleno de flores artificiales.
—Necesito sus identificaciones y una respuesta sincera: ¿alguno está demasiado ebrio para consentir?
—Ella tomó un whisky hace tres horas —respondió Rafael.
—Casi me mata, según él.
—Tosió veinte segundos.
—Fueron diez.
La mujer nos observó por encima de sus lentes.
—Perfecto. Están sobrios y ya discuten como esposos. Son ciento noventa dólares por la ceremonia básica. Las flores, las fotografías y Elvis se cobran aparte. El divorcio no está incluido.
—Él puede hacerlo gratis —dije.
—Yo no trabajo gratis —replicó Rafael.
Saqué mi identificación. El teléfono vibró dentro del bolso: Gael otra vez. Rafael vio el nombre en la pantalla.
—Si quieres contestar, este es el momento.
—¿Para pedirle permiso?
—Para asegurarte de que no estás casándote conmigo solo porque deseas herirlo.
Rechacé la llamada y puse el teléfono boca abajo.
—Voy a casarme contigo porque dijiste que no soportaría ni una semana. No le concedas a Gael tanta importancia.
—Ese motivo es aún peor.
—Puedes irte.
Rafael sacó la cartera, entregó su identificación y pagó. Ni siquiera miró la cantidad.
—Después de ti, señora Echeverría.
Los formularios parecían demasiado ordinarios para arruinar dos vidas. Nombre, domicilio, estado civil. Rafael escribió con trazos firmes. Yo marqué “soltera” y me detuve en el espacio de apellido después del matrimonio.
—No voy a usar Beaumont.
—No te lo pedí.
—Tampoco viviré contigo.
—Magnífico. Ya estamos negociando la separación antes de casarnos.
—Es tu especialidad. Deberías sentirte cómodo.
La mujer recogió los documentos y llamó a un oficiante que dormía detrás de una cortina. Era un hombre bajo, con traje blanco y una rosa roja prendida en la solapa. Nos condujo bajo un arco de plástico mientras sonaba una versión instrumental de una canción que ninguno reconoció.
Había cuatro desconocidos esperando la siguiente ceremonia. Una muchacha con velo corto levantó el teléfono para grabarnos.
—¿Testigos? —preguntó el oficiante.
—Nosotros —respondió su acompañante—. Nos casamos hace doce minutos y todavía funciona.
—Una estadística tranquilizadora —murmuró Rafael.
El oficiante nos pidió colocarnos frente a frente. Cuando Rafael tomó mis dos manos, la broma comenzó a sentirse peligrosamente concreta.
—Antes de continuar, debo preguntar si vienen por voluntad propia.
—Sí —contesté.
—Quiero que lo piense —dijo Rafael.
—Señor, normalmente intento convencerlos de casarse —protestó el oficiante—. Usted está complicando mi trabajo.
Rafael no apartó los ojos de mí.
—No voy a aceptar un sí que mañana puedas atribuir al whisky, a Gael o a tu orgullo. Si quieres detener esto, nos marchamos y no volveré a mencionarlo.
La salida quedaba a seis pasos. Pensé en mi padre, en Victoria, en la diferencia de edad y en todas las razones sensatas para cruzarla. Después miré al hombre que llevaba años tratándome como un problema que debía mantener a distancia. Por primera vez, no estaba decidiendo por mí.
—Quiero casarme contigo durante noventa días.
Su pulgar presionó mis nudillos.
—Entonces no digas que no te advertí.
El oficiante empezó a leer. Prometimos respeto, compañía y una fidelidad que sonaba indecente después de nuestras rupturas. Cuando preguntó si aceptaba a Rafael como esposo, sostuve su mirada.
—Sí, acepto.
Rafael tardó un segundo de más al responder.
—Sí, acepto.
No había anillo para él. Deslicé la argolla que Gael me había regalado en su dedo meñique. Los presentes rieron. Rafael levantó una ceja.
—Después te compro uno —susurré.
—Conserva el recibo.
El oficiante declaró que estábamos legalmente casados y autorizó el beso. Rafael colocó una mano en mi nuca.
—Uno breve —advertí.
—Nunca has sabido negociar.
Me besó antes de que pudiera responder. La capilla, los aplausos y la cámara desaparecieron. Su lengua rozó la mía; sus dedos se cerraron en mi cintura y mi cuerpo se pegó al suyo con una facilidad alarmante.
—El paquete básico incluye treinta segundos —anunció la mujer de plateado—. Después cobro por minuto.
Rafael se separó sin soltarme.
—Añádalo a la cuenta.
Salimos con un certificado dentro de un sobre dorado. El aire de la avenida me golpeó el rostro.
—Podemos volver y preguntar por la anulación —dijo.
—No duraste ni cinco minutos.
—Te estoy dando una salida.
—Y yo te estoy recordando que perdiste la apuesta.
En el taxi hacia el hotel, su rodilla permaneció contra la mía. Ninguno se apartó. Al entrar en la suite, Rafael dejó el certificado sobre la mesa.
—Dormirás en la segunda habitación.
—Primera orden como marido. Qué emocionante.
—Primera medida para impedir otra mala decisión.
Lo tomé de la corbata.
—Ya cometimos la peor.
—Martina, si vuelves a besarme, no voy a detenerme como antes.
—No te pedí que lo hicieras.
—Dime que esto no es por Gael.
—No es por Gael. ¿Puedes decir que no es por Victoria?
Rafael me sostuvo la cara entre las manos.
—Esta noche no consigo pensar en ninguna mujer que no seas tú.
Su boca encontró la mía. Retrocedimos hasta la habitación sin dejar de tocarnos. Esta vez no apartó mis manos de su cinturón ni detuvo los dedos cuando bajé su camisa por los hombros. Abrió mi blusa con una paciencia que no coincidía con su respiración y recorrió con la boca la piel que iba descubriendo. Su muslo se acomodó entre los míos. El roce me hizo aferrarme a sus hombros.
Me preguntó una vez más si estaba segura. Respondí llevándolo conmigo sobre la cama. Rafael dejó de tratarme como algo que debía proteger de él, y yo dejé de fingir que aquella noche aún podía terminar en habitaciones separadas.
Desperté con la pierna de Rafael entre las mías, su brazo alrededor de mi cintura y mi blusa abandonada junto a su camisa. Mi teléfono vibraba sin descanso.
Había treinta y siete mensajes. El primero contenía el video de la capilla. Ya superaba las veinte mil reproducciones.
Mi padre llamó antes de que pudiera abrir los demás. Rafael despertó cuando acepté la llamada.
—Papá…
—Dime que el hombre desnudo en tu cama no es Rafael Beaumont, porque acabo de ver el video donde te convierte en su esposa.
