Capítulo 10 10

―Provócame un poco más, Teo, y quizá mañana te diga que sí.

Lo miré.

―¿Mañana?

―Me gusta planificar algunas cosas.

―Esa ha sido la mentira más grave de toda esta gira.

Dante soltó una risa baja.

―Entonces haz que cambie de opinión.

―No pienso ayudarte a perder.

―Eso ha sonado decepcionado.

―Eso ha sonado inteligente.

Cogí la botella de agua de la máquina.

Dante se movió para dejarme pasar.

No me tocó.

Por supuesto.

Ahora que sabía exactamente qué quería hacer conmigo, parecía decidido a comportarse.

Irritante.

―Buenas noches ―dije.

―¿Ya huyes?

―Duermo.

―Aburrido.

―Mañana tienes rodaje a las siete.

―Seis cuarenta y cinco.

Me detuve.

―¿Quién cambió el horario?

―Yo.

―Te odio.

―Mañana me lo dices con más energía.

Subí sin responder.

Dormí mal otra vez.

Empezaba a sospechar que Dante Saavedra estaba costándome más horas de sueño que el trabajo.

A las seis y media, Abril ya estaba vestida y revisaba mensajes.

―Mateo quiere que vaya con él a una librería después del ensayo.

Me senté en la cama.

―¿Una librería?

―Sí.

―Eso es sorprendentemente normal.

―¿Esperabas que me invitara a un yate?

―Esperaba algo con más posibilidades de que regresaras comprometida por accidente.

Me lanzó una media.

―Idiota.

―¿Te gusta?

Abril bajó el teléfono.

―Sí.

La respuesta fue menos entusiasta que dos días antes.

Lo noté.

―Pero.

―No hay pero.

―Abril.

Suspiró.

―Es muy amable.

―Eso suele ser positivo.

―Lo es. Solo... no sé. Pensé que hablaríamos durante horas.

―¿Y no?

―Sí hablamos. Pero tenemos gustos distintos en casi todo.

Me encogí de hombros.

―Eso se descubre conociendo gente.

―Gracias, psicólogo de desayunos.

―Cobro por hora.

Ella sonrió.

―Voy a seguir saliendo con él.

―Hazlo.

―Quiero saber si me gusta él o la versión que inventé.

―Eso sí ha sido sensato.

―No te acostumbres.

Salimos.

Dante esperaba junto al ascensor.

―Buenos días.

―No.

―Dormiste fatal.

―Tu cara tampoco necesita comentar la mía.

Abril me miró.

―Ya usan las mismas frases.

―Vete con Mateo.

―Con gusto.

Entró al ascensor.

Dante hizo ademán de seguirla.

Lo sujeté del brazo.

Accidente.

No.

Automático.

Pero intencional.

Los dos miramos mi mano.

La retiré inmediatamente.

Dante levantó las cejas.

―Interesante.

―Ibas a dejarme fuera.

―Claro.

―No empieces.

Entramos.

Abril estaba sonriendo hacia la pared.

―Ni una palabra ―advertí.

―Estoy respirando.

―Hazlo menos fuerte.

La primera grabación del día fue en una plaza casi vacía.

Mateo tocaría una canción mientras producción capturaba la ciudad despertando.

Era simple.

Hasta que Dante decidió que quería mover la cámara durante toda la interpretación.

―Eso cambia la posición del ambiente ―dije.

―Puedes seguirme.

―No soy tu sombra.

―Podrías serlo durante cuatro minutos.

―Qué propuesta tan seductora.

Sus ojos encontraron los míos.

Error.

―No uses esa palabra si no quieres consecuencias.

Abril tosió demasiado fuerte desde detrás de un perchero.

Lo ignoramos.

Dante caminó hasta la posición inicial.

―¿Listo?

―Siempre.

―Eso también me provoca.

―Trabaja.

Mateo empezó.

Seguí a Dante con la grabadora.

Al principio fue incómodo.

Después encontramos ritmo.

Él giraba y yo anticipaba.

Yo señalaba una fuente de sonido y él corregía encuadre.

En el tercer minuto ya no necesitábamos hablar.

Cuando terminó la canción, Dante bajó la cámara.

―Eso.

―¿Qué?

―Eso es exactamente lo que quiero.

―El audio quedó limpio.

―No hablo del audio.

Lo miré.

Había gente alrededor.

No podía estar diciendo...

Dante señaló la cámara.

―Quiero que trabajemos así.

―Ah.

Su sonrisa apareció.

―Qué cara.

―Cállate.

―¿Pensaste otra cosa?

―Pensé que eres incapaz de terminar una frase con precisión.

―Y aun así esperaste el final.

Me alejé antes de darle la satisfacción de verme sonreír.

A media tarde, Bruno encontró un lugar para comer cerca del teatro.

Fuimos todos.

Dante se sentó a mi lado.

No enfrente.

A mi lado.

Su rodilla tocó la mía debajo de la mesa.

No se movió.

Yo tampoco.

Lara hablaba sobre horarios.

Mateo preguntaba a Abril por un diseñador.

Bruno contaba alguna historia de una gira anterior.

Y yo solo podía pensar en la presión exacta de la pierna de Dante contra la mía.

Él tomó su vaso.

―¿Te molesta? ―murmuró.

―No.

―Podría apartarme.

―No he pedido eso.

Su rodilla avanzó apenas.

Un centímetro.

Suficiente.

Lo miré.

―Estás jugando.

―Tú también.

―Yo estoy comiendo.

―Muy agresivamente.

Bruno nos observó.

―¿Me estoy perdiendo algo?

―Sí ―dijimos los dos.

Silencio.

Abril se atragantó con agua.

Lara cerró los ojos.

―No quiero saber.

Dante sonrió.

Yo le di una patada por debajo de la mesa.

―Eso fue intencional ―murmuró.

―Demándame.

―Prefiero negociar.

Después de comer, tuvimos dos horas libres antes del concierto.

Regresé al hotel para revisar material.

Dante no apareció.

Eso debería haberme alegrado.

No lo hizo.

Trabajé cuarenta minutos.

Miré el teléfono tres veces.

Nada.

Ridículo.

Abrí otra carpeta.

Cinco minutos después llegó un mensaje.

“Habitación 614. Necesito que escuches algo.”

Respondí:

“Envíalo.”

“Necesito verte la cara.”

“Eso suena ilegal.”

“Cinco minutos.”

Debí ignorarlo.

Subí.

Dante abrió inmediatamente.

―Puntual.

―Tienes cuatro minutos y medio.

―Entra.

Había montado una secuencia del mercado, el teatro vacío y la lluvia.

Me puso unos audífonos.

Reprodujo.

No habló.

Las imágenes cambiaban con mis grabaciones.

La campana.

Las voces del público.

El agua golpeando metal.

Funcionaba.

No solo bien.

Funcionaba demasiado bien.

Me quité los audífonos.

―Está increíble.

Dante no respondió.

Estaba mirándome.

―¿Qué?

―Nada.

―Regla cuatro.

Se acercó.

―Me gusta verte escuchar algo que hicimos juntos.

Mi cuerpo reaccionó de una manera completamente inútil.

―Eso ha sido sorprendentemente decente.

―Puedo arruinarlo.

―Seguro.

Dante dio otro paso.

―También llevo todo el día pensando en tu mano agarrándome del brazo esta mañana.

―Duró medio segundo.

―Lo suficiente.

―No significó nada.

―Entonces hazlo otra vez.

Lo miré.

―¿Qué?

Dante extendió el brazo entre los dos.

―Tócame.

No me moví.

―Estás intentando hacerme perder.

―No. Quiero saber si puedes hacerlo sin pensar en lo que dijimos anoche.

No podía.

Ese era el problema.

Agarré su antebrazo.

Dante inhaló.

Mi pulgar quedó sobre su piel.

―¿Contento?

―No.

―Qué sorpresa.

Su mirada bajó hasta mi mano.

―Sube.

El pulso me golpeó en la garganta.

―Eso sí es provocarme.

―Lo sé.

No moví la mano.

Dante levantó los ojos.

Esta vez no había humor.

―Teo, si subes un centímetro más, voy a decirte que quiero romper el pacto.

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