Capítulo 2 2

―Llegaste cuatro minutos antes.

Dante estaba apoyado contra el autobús con un café en una mano y una cámara en la otra.

Miré el reloj.

―Y tú llegaste a tiempo. Ya empezamos con decepciones.

―Quería sorprenderte.

―Consigue una agenda.

―Eso sería demasiado íntimo.

Pasé junto a él arrastrando mi maleta.

Eran las cinco cincuenta y seis de la mañana y todavía no había suficiente luz para justificar que alguien tuviera tanta energía.

Abril apareció detrás de una montaña de fundas de ropa.

―Ayúdame.

―Te dije que no trajeras medio vestidor.

―Son ocho semanas.

―Precisamente.

Dante tomó dos fundas antes de que yo pudiera hacerlo.

―¿Todo esto es de Mateo?

Abril sonrió demasiado rápido.

―Del equipo.

―Claro.

Lo miré.

Él me miró.

Los dos entendimos lo mismo.

―Ni una palabra ―murmuró ella.

―No dije nada ―respondí.

Dante levantó una ceja.

―Yo tampoco, pero mi cara tiene libertad artística.

Abril lo señaló.

―Me caes bien.

―Error común.

―No lo alimentes ―dije.

Subimos al autobús mientras Lara repartía acreditaciones y explicaba horarios. Primera parada: Puebla. Ensayo a las cuatro. Prueba de sonido a las seis. Concierto a las nueve.

Perfecto.

Estructurado.

Civilizado.

Entonces Dante se sentó frente a mí.

―Quiero bajar en San Martín.

―No.

―Ni siquiera sabes para qué.

―El itinerario no incluye San Martín.

―Por eso.

Cerré los ojos.

―Llevamos siete minutos de gira.

―Y ya estás creciendo como persona.

―Voy a crecer homicidamente.

Lara, desde dos filas adelante, habló sin girarse.

―No maten al director antes del primer concierto. El seguro no cubre reemplazos creativos.

Dante sonrió.

―¿Ves? Soy valioso.

―Eres caro. No es lo mismo.

Sacó una tablet.

―Hay un mercado junto a la carretera. Mateo quiere comprar una guitarra pequeña que vio allí hace años. Puede quedar bien para el documental.

―¿Mateo quiere ir?

―Sí.

―¿Lara lo aprobó?

Lara levantó una mano.

―Veinte minutos. Si se retrasan, Dante muere primero.

Suspiré.

―Entonces necesito saber qué quieres grabar.

―Lo que pase.

―Eso no es una respuesta.

―Es la única que tengo.

―Necesito niveles, distancia y saber si habrá música en vivo.

Dante se inclinó hacia mí.

―Teo, si supiera exactamente qué va a pasar, no necesitaría un documental. Necesitaría actores.

Estaba demasiado cerca.

Olía a café y algo limpio que decidí no identificar.

―Y si no me das información, tendrás imágenes preciosas con audio inútil.

―Por eso te contraté.

―No me contrataste tú.

―Pero habría insistido.

―Eso no es romántico.

―No intentaba serlo.

Su mirada bajó un segundo a mi boca.

Demasiado breve para acusarlo.

Demasiado claro para ignorarlo.

Me aparté.

―Qué alivio.

Paramos una hora después.

El mercado era pequeño, ruidoso y lleno de vendedores que parecían haber decidido competir por volumen.

Mi pesadilla técnica.

Dante parecía feliz.

―Esto es perfecto.

―Esto es una licuadora acústica.

―Confía en mí.

―No.

―Algún día.

―No hagas planes a largo plazo.

Me pasó un transmisor.

Nuestros dedos chocaron.

Otra vez esa reacción absurda.

Solo piel.

Nada más.

Mi cuerpo necesitaba mejores aficiones.

Mateo bajó del autobús con gorra y lentes oscuros. Abril apareció treinta segundos después fingiendo revisar una chaqueta.

―Casual ―murmuré.

―Profesional ―respondió sin mirarme.

Dante escuchó.

―¿Hay una historia aquí?

―No.

―Sí ―dijo Abril.

La fulminé.

―Traición.

―Necesito apoyo.

Mateo se acercó.

―Abril, ¿verdad?

La expresión de mi amiga cambió por completo.

―Sí.

―La chaqueta azul de anoche quedó increíble.

Abril olvidó hablar.

Yo disfruté demasiado.

―Gracias ―logró decir.

Mateo sonrió y siguió hacia los puestos.

Dante se inclinó hacia mí.

―¿Ese era el plan?

―No existe ningún plan.

―Tienes cara de cómplice.

―Tengo cara de técnico mal pagado.

―No con esa tarifa.

Maldito hombre.

Empezamos a grabar.

Dante tenía razón en una cosa que no pensaba admitir.

El mercado funcionaba.

Mateo encontró al vendedor que recordaba. Probó una guitarra pequeña, desafinada y vieja. Una mujer empezó a cantar desde el puesto vecino. Dos niños se acercaron.

Nada estaba preparado.

Y sonaba bien.

Muy bien.

Me moví buscando el ángulo sonoro correcto.

Dante apareció a mi lado sin interrumpirme.

No habló.

Solo señaló hacia una campana metálica que golpeaba con el viento.

Entendí.

Cambié de posición.

Grabé.

Cuando terminamos, nos alejamos del grupo.

―Eso estuvo bien ―dije.

Dante abrió mucho los ojos.

―¿Puedes repetirlo? No estaba grabando.

―No abuses.

―Teo Luján acaba de admitir que improvisar funciona.

―Admití que esta vez funcionó.

―Voy a tatuarme la fecha.

―En la frente, por favor.

Sonrió.

―Me gusta cuando te diviertes.

La frase me frenó.

―Estoy trabajando.

―No dije que no.

―Entonces no analices.

―Tú haces eso conmigo todo el tiempo.

―Yo critico. Es distinto.

―Mucho más sexy, claro.

Lo miré.

―¿Qué dijiste?

Dante no retrocedió.

―Que cuando te concentras pareces menos enfadado conmigo.

―Eso no fue lo que dijiste.

―Tengo mala memoria.

―Mentiroso.

―Un poco.

Se acercó para quitarme una hoja seca del hombro.

Su mano quedó cerca de mi cuello.

Demasiado cerca.

―¿Qué haces?

―Evitar que aparezcas en cámara pareciendo parte del paisaje.

―Podías avisarme.

―Podía.

Sus dedos rozaron mi nuca al retirar la hoja.

El contacto me recorrió la espalda.

Dante lo notó.

Su expresión cambió apenas.

―¿Te molesta?

―No.

La respuesta salió antes de pensarla.

Sus ojos bajaron a mi boca otra vez.

―Bien.

Nos quedamos quietos.

Detrás, alguien llamó a Dante.

Él tardó un segundo en apartarse.

―Tenemos que volver.

―Lo sé.

Regresamos al autobús.

Abril se sentó junto a mí y sonrió.

―Mateo me invitó a sentarme con él durante el trayecto.

―Ve.

―¿Así de fácil?

―¿Quieres que redacte un contrato?

―Quiero que te alegres.

―Me alegro.

Me abrazó.

Después miró hacia Dante, sentado varias filas atrás revisando imágenes.

―¿Y tú?

―¿Yo qué?

―Nada.

―Abril.

―Nada.

Se levantó antes de que pudiera interrogarla.

El resto del viaje trabajé con audífonos puestos.

Dante me envió tres fragmentos.

El mercado.

La campana.

Mateo tocando la guitarra.

El audio era bueno.

Demasiado bueno.

Eso me produjo una satisfacción profesional que no tenía absolutamente nada que ver con el hombre sentado detrás.

Llegamos al recinto a las tres cuarenta.

Veinte minutos antes.

Sonreí.

Dante bajó junto a mí.

―No digas nada.

―No iba a hacerlo.

―Tu cara sí.

―Aprendes rápido.

Durante la prueba de sonido surgió el primer problema.

Una entrada del escenario generaba interferencia.

Me agaché detrás de una consola.

Dante apareció.

―¿Qué necesitas?

―Que nadie toque nada.

―Puedo hacer eso.

―Sorprendente.

―También puedo sujetar esto.

Tomó el cable que estaba escapándose de mi mano.

Quedamos arrodillados demasiado cerca.

Su rodilla tocó la mía.

No se apartó.

Yo tampoco.

―¿Así? ―preguntó.

―Más firme.

La sonrisa apareció lentamente.

―Ten cuidado con las instrucciones.

―Estamos hablando de un cable.

―Yo también.

―Idiota.

―Técnicamente útil.

Arreglé la conexión.

Cuando levanté la cabeza, nuestras caras quedaron a centímetros.

Su mirada se clavó en la mía.

Esta vez no hubo broma.

El ruido del escenario seguía alrededor, pero dejó de importarme. Tenía una mano apoyada en el suelo, la otra junto a su rodilla y la certeza incómoda de que apartarme era lo sensato. También descubrí que no tenía ninguna prisa por hacerlo.

Y eso molestaba.

―Dante.

―¿Sí?

―Puedes soltarlo.

―¿El cable?

Mi respiración se alteró.

―Sí.

Lo soltó.

Pero no se movió.

―Teo.

―¿Qué?

Su voz bajó.

―Creo que las próximas ocho semanas van a ser mucho más complicadas de lo que planeabas.

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