Capítulo 3 3
―¿Complicadas por tu culpa o por la mía?
Dante seguía arrodillado frente a mí, con una mano apoyada junto al cable que acabábamos de arreglar.
―Todavía estoy decidiendo.
―Hazlo lejos de mi consola.
―Qué romántico.
―No uses esa palabra.
―¿Te asusta?
―Me irrita.
―No es lo mismo.
Me levanté primero.
Dante también.
Por suerte, Lara apareció desde el escenario.
―¿Ya solucionaron la interferencia o tengo que sacrificar a alguien?
―Solucionada ―dije.
―Gracias a mí ―añadió Dante.
Lo miré.
―Sujetaste un cable.
―Todo gran hombre empieza por tareas humildes.
Lara resopló.
―El concierto comienza en cuarenta minutos. Teo, necesito línea limpia para ambiente. Dante, deja de coquetear con el técnico.
Silencio.
Dante sonrió.
Yo no.
―No está coqueteando ―dije.
―Qué decepción ―respondió él.
Lara se alejó sin dignarse a corregirse.
―No la alimentes ―murmuré.
―No fui yo quien respondió tan rápido.
―Porque estaba equivocada.
―Claro.
Me puse los audífonos.
―Vete.
―Eso sí sonó personal.
―Lo es.
Se fue riéndose.
Perfecto.
El primer concierto empezó a las nueve.
Cuando se apagaron las luces, olvidé temporalmente que Dante existía.
El recinto cambió de sonido en segundos.
Gritos.
Pasos.
El golpe grave de las primeras notas.
Mateo salió al escenario con una guitarra acústica y cuatro músicos detrás. Yo controlaba los micrófonos ambientales desde un lateral mientras grabábamos material independiente para el documental.
Era exactamente la clase de trabajo que me gustaba.
Escuchar lo que otros no notaban.
Una respiración antes de una canción.
El roce de dedos contra cuerdas.
La reacción del público cuando reconocía una letra antes de que Mateo empezara a cantarla.
A mitad del concierto, Dante apareció a mi lado.
No habló.
Me enseñó la pantalla de su cámara.
Mateo estaba de espaldas, iluminado por cientos de teléfonos.
Entendí enseguida.
Señalé un micrófono ambiental.
Dante negó.
Después señaló hacia una puerta lateral.
Fruncí el ceño.
Me hizo una seña para seguirlo.
Negué.
Él juntó las manos como si rezara.
Idiota.
Miré mis niveles.
Podía dejar la posición durante tres minutos.
Lo seguí.
Subimos una escalera angosta hasta el segundo nivel.
―¿Qué haces? ―susurré.
―Confía.
―Sigues pidiendo cosas imposibles.
Abrió una puerta.
El sonido cambió.
Desde aquel corredor se escuchaba al público cantar mucho más fuerte que la banda.
Miles de voces atravesaban la estructura antigua del recinto.
Me quedé quieto.
Dante no sonrió.
Solo me miró.
Saqué la grabadora portátil.
Treinta segundos.
Un minuto.
Dos.
Era perfecto.
Cuando terminé, bajé el equipo.
―No digas nada.
―¿Por qué?
―Porque tienes razón y quiero conservar algo de dignidad.
―Podrías decir gracias.
―No abuses.
―Teo.
―Gracias.
Dante sonrió.
―De nada.
Volvimos al escenario.
Durante el resto del concierto trabajamos casi sin hablar.
Él señalaba.
Yo entendía.
Yo indicaba un sonido.
Él buscaba la imagen.
Funcionábamos.
Eso me preocupó.
Después del show, el equipo ocupó un salón privado del hotel para cenar.
Abril se dejó caer junto a mí.
―Mateo me pidió mi número.
―Ya lo tenía producción.
―Mi número personal.
―Ah.
Me agarró del brazo.
―Eso es todo lo que tienes.
―Estoy orgulloso.
―Pareces alguien recibiendo resultados médicos.
―Estoy cansado.
―Mentira. Estás mirando a Dante.
Dejé de mirar inmediatamente.
―No estaba mirando a Dante.
―Claro.
―Estaba mirando la mesa de postres.
―Dante está delante de la mesa de postres.
―Coincidencia geográfica.
Abril sonrió.
―¿Te gusta?
―No.
―¿Te atrae?
―Esa es otra pregunta.
―Y acabas de responderla.
Tomé mi vaso.
―Concéntrate en Mateo.
―Puedo tener dos proyectos.
―No soy un proyecto.
―Todavía.
Dante levantó la vista desde el otro lado del salón.
Nuestros ojos se encontraron.
Sonrió.
Abril hizo un sonido ridículo.
―No hagas eso.
―Ni siquiera hice nada.
―Lo hiciste internamente.
―Muy fuerte.
Me levanté.
―Voy a trabajar.
―Son las doce.
―Precisamente.
Necesitaba revisar las grabaciones antes de dormir.
Eso era verdad.
También era una excusa excelente para salir de allí.
Subí a mi habitación, conecté el equipo y empecé a organizar archivos.
Quince minutos después llamaron a la puerta.
Supe quién era antes de abrir.
Eso también me molestó.
Dante estaba afuera con la laptop bajo un brazo.
―No.
―Ni siquiera hablé.
―Sé lo que quieres.
Su ceja subió.
―Eso abre posibilidades interesantes.
―Editar.
―También.
Intenté cerrar.
Metió el pie.
―Necesito revisar el material del concierto.
―Mañana.
―Ahora.
―Son las doce y media.
―Te gusta trabajar de noche.
―¿Cómo sabes?
―Tu ficha.
―Deja de leer mi ficha.
―Entonces dime cosas tú.
Me quedé mirándolo.
Dante levantó la laptop.
―Una hora.
―Cuarenta minutos.
―Cincuenta.
―Cuarenta y cinco.
―Trato.
Entró.
Mi habitación tenía una cama, un escritorio pequeño y una silla.
Dante miró alrededor.
―Acogedor.
―No empieces.
―¿Dónde me siento?
―Suelo.
―Hospitalario.
Terminamos sentados en la cama porque era el único lugar donde ambos podíamos ver la pantalla.
Mala decisión.
Su muslo quedó pegado al mío.
Intenté ignorarlo.
Funcionó aproximadamente veinte segundos.
Revisamos imágenes.
Después audio.
Cuando apareció la grabación del corredor, Dante dejó de avanzar.
El público cantaba.
Mateo apenas se escuchaba detrás.
―Eso es el documental ―dijo.
―Es una grabación.
―No.
Se giró hacia mí.
Demasiado cerca.
―Es la sensación de estar allí.
No respondí.
Dante me miró con una seriedad que no le había visto antes.
―Por eso te necesitaba.
―No me conocías.
―Escuché tu trabajo.
―Dijiste que estaba demasiado limpio.
―Lo está.
―Qué manera tan extraña de halagar.
―También dije que eras bueno.
―Eso no lo recuerdo.
―Porque estabas ocupado odiándome.
―Sigo ocupado.
―Mentira.
Sonrió.
Yo también.
Error.
La distancia entre nosotros pareció reducirse sin que ninguno se moviera.
Su rodilla seguía contra la mía.
Su mano estaba sobre la cama, a pocos centímetros de la mía.
―¿Siempre miras así a la gente con la que trabajas? ―pregunté.
―No.
―Bien.
―Solo a la que me interesa.
Mi respiración cambió.
―Dante.
―¿Qué?
―No compliques esto.
Su sonrisa desapareció.
―No estoy haciendo nada.
―Exactamente.
―¿Y eso te molesta?
No contesté.
Él bajó la voz.
―Teo, si quieres que me aleje, dilo.
Podía hacerlo.
No lo hice.
―Tenemos ocho semanas.
―Lo sé.
―Y un trabajo.
―También.
―No necesito problemas.
Dante sostuvo mi mirada.
―Entonces tenemos un pacto.
―¿Cuál?
―Durante la gira no hacemos nada que pueda arruinar el trabajo.
Asentí.
―Perfecto.
Él extendió la mano.
La estreché.
Su pulgar rozó mis nudillos antes de soltarme.
Demasiado lento.
Me quedé con la mano suspendida entre los dos.
Aquello debería haber resultado ridículo. Dos adultos haciendo reglas porque ninguno quería admitir que la atracción ya estaba sentada en la habitación.
―¿Y si nunca cambia? ―pregunté.
―Entonces terminamos la gira, hacemos un documental increíble y tú vuelves a tu estudio.
―¿Y tú?
―A otro aeropuerto, supongo.
La respuesta llegó demasiado fácil.
No sabía por qué me molestó.
―Suena agotador.
―A mí me gusta.
―Eso explica cosas.
―¿Como cuáles?
―Que tengas una maleta que parece haber sobrevivido tres guerras.
―Cuatro. Lisboa fue especialmente cruel.
Me reí.
Dante bajó la mirada a mi boca.
Esta vez no fingí no verlo.
―¿Qué? ―pregunté.
―Nada.
―Mientes fatal.
―Estoy respetando la primera regla.
Mi estómago se apretó.
―Entonces será mejor que la hagamos oficial rápido.
―Eso intento.
―Pues termina.
Dante acercó la mano, pero se detuvo antes de tocarme de verdad.
―Y una segunda regla ―dijo.
―No acordé dos.
Dante se inclinó apenas.
―Si alguno deja de querer cumplir la primera, tiene que decirlo antes de tocar al otro.
