Capítulo 4 4

―¿Y si ninguno quiere decirlo primero?

Dante mantuvo la mano suspendida entre nosotros.

―Entonces sufrimos en silencio como adultos funcionales.

―Eso elimina a la mitad del equipo.

―Y a nosotros.

No pude evitar reírme.

―La regla es absurda.

―La acabas de aceptar.

―Acepté no arruinar el trabajo.

―Y yo añadí que si alguno quiere romper esa regla, avisa antes de tocar.

―Eso suena peligrosamente organizado para ti.

―Estoy haciendo sacrificios.

―Se nota el dolor.

Dante bajó la mano.

Por alguna razón, me molestó.

Ridículo.

Había pasado los últimos diez minutos insistiendo en que necesitábamos límites y, cuando él los respetaba, una parte de mí quería discutirle también eso.

―Cuarenta y cinco minutos ―recordé.

Miró la pantalla.

―Han pasado cincuenta y dos.

―Fuera.

―Qué hospitalario.

―Mañana trabajamos a las ocho.

―Siete y media.

Lo miré.

―¿Qué?

―Lara adelantó la salida al teatro.

―¿Cuándo pensabas decírmelo?

―Ahora.

―Te odio.

―Eso no viola el pacto.

Se levantó con la laptop.

Antes de abrir la puerta, se giró.

―Buenas noches, Teo.

―Buenas noches.

―Y deja de mirar mi boca.

Me atraganté con mi propia respiración.

―No estaba mirando tu boca.

―Perfecto.

―¿Perfecto qué?

―Entonces no tendremos problemas.

Salió.

Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

Dormí poco.

No por Dante.

Por supuesto.

A las siete veinte ya estaba abajo con café y una expresión que debería haber impedido cualquier conversación.

Abril se sentó a mi lado.

―Mateo me invitó a desayunar.

―Felicidades.

―Eso fue deprimente.

―Son las siete veinte.

―¿Por qué tienes cara de no haber dormido?

―Porque no dormí.

Ella sonrió.

―¿Dante?

―Trabajo.

―¿Dante trabajando?

―Sí.

―¿En tu habitación?

La miré.

―Estuvimos editando.

―Ajá.

―No pasó nada.

―Yo no pregunté.

―Tu cara sí.

Abril abrió mucho los ojos.

―Estás adoptando frases de él.

Me quedé quieto.

―Retiro todo. No vuelvas a hablarme.

Mateo apareció con dos cafés.

―Abril, ¿lista?

Ella se levantó demasiado rápido.

―Sí.

Después me miró con una sonrisa criminal.

―Te dejo con tus problemas de sonido.

―Muérete.

―Te quiero.

Mateo me saludó y ambos se marcharon.

Dante ocupó la silla de Abril menos de treinta segundos después.

―Buenos días.

―No.

―¿Dormiste bien?

―No.

―Qué pena.

―Tú eres la pena.

―Eso suena personal.

Bebí café.

Dante dejó una memoria sobre la mesa.

―Hice una selección de las imágenes del mercado y del concierto.

―¿A qué hora?

―A las tres.

Lo miré.

―¿Dormiste?

―Un poco.

―Eres idiota.

―¿Preocupado?

―Necesito que no arruines el documental por desmayarte sobre una cámara.

―Muy romántico.

―Regla uno.

Sonrió.

―Estamos trabajando. Técnicamente estoy protegido.

Lara apareció junto a nosotros.

―Cambio de plan.

Cerré los ojos.

Dante se rió.

―Tu cara.

―Ni una palabra.

Lara desplegó el itinerario.

―Mateo quiere grabar una versión acústica en el teatro vacío antes del ensayo. Solo voz y guitarra. Tenemos cuarenta minutos.

―Eso requiere preparación ―dije.

―Tenemos cuarenta minutos para prepararla.

―Necesito revisar acústica.

Dante ya estaba de pie.

―Vamos.

―No me des órdenes.

―Entonces te invito apasionadamente a caminar rápido.

Lo seguí.

El teatro estaba vacío cuando llegamos.

Grande.

Butacas rojas.

Madera oscura.

Un escenario con una acústica hermosa y problemática al mismo tiempo.

Di una palmada.

El eco regresó tarde.

―No me gusta.

―A mí sí.

―Porque no sabes nada.

―Me encanta cuando coqueteas.

―Pacto.

―No te he tocado.

La respuesta me hizo mirarlo.

Dante sonrió.

Maldito.

Trabajamos rápido.

Coloqué dos micrófonos cerca del escenario y uno ambiental más atrás.

Dante caminó entre las filas buscando ángulos.

―Apaga esa luz ―dijo.

―No trabajo luces.

―Estorba visualmente.

―Entonces habla con alguien que sí trabaje luces.

―Teo.

―Dante.

Bajó del escenario y vino hacia mí.

―Necesito que el micrófono lateral no aparezca.

―Necesito que exista.

―Muévelo veinte centímetros.

―Pierdo reflexión.

―Quince.

―Diez.

―Doce.

―Hecho.

Nos quedamos frente a frente.

―¿Acabamos de negociar centímetros? ―preguntó.

―No hagas el chiste.

―Estoy luchando por mi vida.

―Sé fuerte.

Moví el soporte.

Dante se agachó conmigo.

Su hombro chocó contra el mío.

Ambos nos detuvimos.

Regla dos.

No tocar sin avisar si queríamos romper la primera.

Aquello había sido accidental.

Pero ninguno se apartó de inmediato.

―Esto cuenta como accidente ―murmuró.

―Sí.

―Qué conveniente.

―Muévete.

―¿Quieres que me mueva?

Lo miré.

―No empieces.

―Pregunta válida.

Me aparté yo.

―Trabajo.

―Cobarde.

―Profesional.

Mateo llegó con la guitarra.

Grabamos.

Y ocurrió otra vez.

Dante encontró una imagen que yo no habría pensado buscar: Mateo sentado al borde del escenario con todo el teatro vacío detrás.

Yo encontré el sonido correcto usando el eco en lugar de combatirlo.

Cuando terminamos, Lara escuchó una prueba.

―Esto es precioso.

Dante me miró.

―Díselo a él.

―Fue idea de ambos ―respondí.

Su expresión cambió apenas.

No broma.

Algo más.

―Gracias ―dijo.

―No te acostumbres.

La mañana continuó con entrevistas.

Al mediodía tuve quince minutos libres y salí por una puerta lateral.

Necesitaba aire.

Dante apareció dos minutos después.

―¿Me estás siguiendo?

―Sí.

La honestidad me desarmó.

―¿Por qué?

―Porque desapareciste.

―Eso no responde.

―Quería verte sin diez personas alrededor.

Mi pulso cambió.

―Regla uno.

―No estoy haciendo nada.

―Lo estás diciendo.

―Hablar no estaba prohibido.

―Debería.

Dante se apoyó en la pared.

―¿Te arrepientes del pacto?

―No.

―Yo sí.

Lo miré.

―Llevamos doce horas.

―Han sido largas.

―Eres dramático.

―Y tú llevas desde anoche fingiendo que no entiendes por qué hicimos las reglas.

―Las hicimos para trabajar.

―No.

Se acercó un paso.

No me tocó.

―Las hicimos porque los dos sabemos qué pasaría si dejamos de fingir que esto es solo trabajo.

―No sabes qué pasaría.

―Tienes razón.

Otro paso.

La distancia quedó mínima.

―Pero quiero averiguarlo.

Mi respiración se volvió lenta.

―Entonces rompe la regla.

Dante no se movió.

―No.

La frustración llegó inmediata.

―¿No?

―La segunda regla dice que primero tengo que decirlo.

―Pues dilo.

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Todavía no.

―Eres insoportable.

―Y tú estás decepcionado.

―No.

―Mientes peor que grabas.

―Eso no tiene sentido.

―Estoy nervioso.

Aquello me hizo callar.

―¿Tú?

―Sí.

―No pareces.

―Practico mucho.

El humor desapareció.

La puerta lateral se abrió detrás de nosotros y dos técnicos cruzaron cargando un amplificador. Dante retrocedió de inmediato. El espacio regresó entre ambos, pero la sensación no.

―Excelente ―murmuré―. Casi nos descubren haciendo absolutamente nada.

―Somos muy escandalosos.

―Cállate.

Uno de los técnicos nos saludó y siguió de largo.

Esperé hasta que desaparecieron.

―Esto demuestra que el pacto sirve.

―¿Porque nos interrumpieron?

―Porque estamos trabajando con veinte personas alrededor. Lo último que necesito es que Abril convierta una mirada en una boda.

―Tu amiga parece eficiente.

―Demasiado.

Dante metió las manos en los bolsillos.

―¿Le has contado?

―¿Qué cosa?

―Que te atraigo.

―No.

―Eso ha dolido.

―Sobrevivirás.

―Entonces nadie sabe.

―Lara sospecha porque tiene ojos. Abril sospecha porque no tiene vida propia.

―Y tú.

―¿Yo qué?

―Tú sabes.

No contesté.

Su expresión perdió la broma.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía estar calculando una frase antes de soltarla.

Eso me inquietó más que cualquiera de sus provocaciones desde el principio.

―Dime qué sabes ―pedí.

Dante respiró despacio.

―Sé que hicimos un pacto porque los dos estamos intentando evitar exactamente la misma cosa.

―¿Cuál?

―¿Por qué estás nervioso?

Dante sostuvo mi mirada.

―Porque si te beso ahora, ya no voy a poder fingir que este pacto es solo una broma.

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