Capítulo 5 5

―Entonces no me beses.

Dante parpadeó.

No esperaba que respondiera así.

Yo tampoco.

―¿Eso quieres? ―preguntó.

―Quiero terminar la gira sin convertir cada prueba de sonido en una crisis hormonal.

―Ambicioso.

―Realista.

―No parecías tan realista hace treinta segundos.

―Hace treinta segundos tú estabas confesando que estás nervioso.

―Y tú disfrutándolo demasiado.

Sonreí.

―Un poco.

Dante pasó la lengua por el labio inferior.

Mala idea.

Para él.

Para mí.

Para la estabilidad de todo el proyecto.

―Perfecto ―dijo―. No te beso.

―Perfecto.

―Aunque quieras.

―No quiero.

―Esa mentira ya ni siquiera se esfuerza.

La puerta lateral volvió a abrirse.

Lara asomó la cabeza.

―¿Van a seguir escondidos aquí mucho tiempo?

―Estamos hablando de trabajo ―dije.

Dante respondió al mismo tiempo:

―Estamos evitando una catástrofe.

Lara nos observó.

―No quiero contexto.

―Gran decisión ―murmuré.

―En quince minutos necesito a ambos en camerinos. Mateo quiere grabar una entrevista antes de irse.

Se marchó.

Dante me señaló.

―Tenemos un problema.

―Tú eres el problema.

―No. Tú dijiste “no me beses”.

―Correcto.

―Eso convierte la regla en permanente.

―Durante la gira.

―Quedan cincuenta y cinco días.

―Sabes contar.

―Cuando sufro, sí.

Me reí.

―Dramático.

―Insensible.

Regresamos al interior.

Mateo esperaba sentado frente a un espejo mientras Abril arreglaba el cuello de su camisa.

Ella estaba demasiado concentrada en no sonreír.

Él estaba demasiado concentrado en mirarla.

Aquello avanzaba más rápido que mi dignidad.

―¿Audio listo? ―preguntó Lara.

―Dos minutos.

Coloqué el micrófono de solapa a Mateo.

Dante ajustó su cámara.

Abril dio un paso atrás.

―¿Me quedo?

Mateo la miró.

―Si quieres.

Abril consiguió no desmayarse.

Profesional admirable.

La entrevista empezó.

Mateo habló del primer concierto, del mercado y de lo extraño que resultaba escuchar a cientos de personas cantar canciones que había escrito solo en su cocina.

Dante hizo pocas preguntas.

Sabía dejar silencios.

Yo también.

Otra cosa que teníamos en común.

Otra cosa que no necesitaba descubrir.

Cuando terminamos, Abril recogió una chaqueta.

Mateo se acercó.

―¿Tienes planes para cenar?

Ella me miró.

¿Por qué demonios me miraba?

Moví la cabeza discretamente.

Sí.

Ve.

Vive.

Déjame fuera.

―No ―respondió ella.

Mateo sonrió.

―¿Quieres venir conmigo?

Abril tardó exactamente dos segundos.

―Sí.

Cuando salieron, Dante apareció junto a mí.

―Eso fue adorable.

―No uses adorable.

―¿Por qué?

―Porque tienes barba. Compórtate.

―Qué concepto tan frágil de masculinidad.

―Mi concepto está perfecto. Tu vocabulario necesita supervisión.

Guardé cables.

Dante se agachó para ayudar.

―Eres buen amigo.

―No la empujé hacia él.

―No. Solo estabas preparado para lanzarla por la puerta si decía que no.

―Lleva meses hablando de ese hombre. Necesito descanso.

―Interesado.

―Agotado.

Nuestros dedos alcanzaron el mismo transmisor.

Nos detuvimos.

Pacto.

Retiré la mano primero.

Dante levantó el aparato.

―Esto empieza a ser ridículo.

―Está funcionando.

―Estamos evitando tocarnos como si tuviéramos electricidad.

―Tú empezaste con las reglas.

―Tú aceptaste.

―Porque parecían inteligentes.

―Ese fue tu primer error.

Me puse de pie.

―Necesitamos una tercera.

Dante hizo una mueca.

―Esto ya parece reglamento de condominio.

―Nadie sabe del pacto.

―¿Te avergüenza?

―No.

La respuesta salió firme.

―Pero no quiero que el equipo convierta esto en entretenimiento.

Dante dejó de bromear.

―De acuerdo.

―Abril sospecha.

―Lara también.

―Entonces no les damos información.

―Nuestro pacto secreto.

Lo dijo burlándose.

Aun así, algo en la frase me atravesó.

Nuestro.

―Qué cursi.

―Te gustó.

―No.

―Te gustó muchísimo.

―Cállate.

Dante extendió la mano.

―Tercera regla: nadie más sabe que estamos intentando no acostarnos.

Casi dejé caer un cable.

―¿Perdón?

―¿Prefieres “besarnos”?

―Prefiero que no hagas anuncios sexuales en un camerino con la puerta abierta.

Cerró la puerta.

―Solucionado.

―No era una invitación.

―Relájate.

―No me digas que me relaje.

―Eso nunca funciona, ¿verdad?

―Jamás.

Me tendió la mano otra vez.

―Entonces reformulo. Nadie sabe del pacto.

La miré.

―Si estrecho tu mano, técnicamente te estoy tocando.

―Contacto diplomático.

―Eres un imbécil.

―Pero tengo razón.

La estreché.

Su mano estaba caliente.

El apretón duró más de lo necesario.

Su pulgar rozó una vez el costado de mi índice.

No fue accidental.

Lo miré.

―Eso viola algo.

―No especificamos cuánto dura un apretón diplomático.

―Abogado frustrado.

―Documentalista creativo.

Solté su mano.

―Listo.

―Listo.

No parecía listo.

Yo tampoco.

El hotel estaba a diez minutos del teatro.

Después de cenar con el equipo, subí temprano.

Abril no había regresado.

Me escribió a las once:

“SIGUE VIVO. ES MUY LINDO. NO ME LLAMES.”

Contesté:

“Jamás había querido llamarte menos.”

Cinco segundos después:

“¿Y Dante?”

Bloqueé el teléfono.

Antes de guardar el teléfono, vi un mensaje.

Julián había enviado una fotografía del local. Ya habían instalado la puerta acústica.

“Si todo sale bien, esta será tu casa en dos meses.”

Casa.

Me quedé mirando la palabra.

Eso era lo que compraba con aquella gira. Un lugar. Una dirección que no cambiara con cada contrato.

Pensé en Dante diciendo que después iría a otro aeropuerto.

No sabía dónde vivía ni cuánto permanecía en cada ciudad. Llevábamos dos días trabajando juntos y ya parecía natural imaginarlo entrando y saliendo de hoteles con aquella maleta.

Era absurdo que me molestara.

No tenía derecho a querer saber dónde estaría cuando terminaran las ocho semanas.

Tampoco tenía sentido preguntármelo cuando nuestro mayor logro sentimental consistía en haber redactado reglas para no tocarnos.

Respondí a Julián:

“Guárdame esa puerta. Pienso estrenarla.”

Luego dejé el móvil boca abajo.

Necesitaba recordar qué estaba construyendo antes de que un hombre incapaz de respetar itinerarios empezara a desordenarme los planes.

Llamaron a mi puerta.

Por supuesto.

Abrí.

Dante sostenía dos latas de refresco.

―Antes de que protestes: no traje laptop.

―Eso empeora tus posibilidades de entrar.

―Vengo a devolverte esto.

Levantó mis audífonos.

Los había dejado en el camerino.

―Gracias.

Extendí la mano.

No me los dio.

―Dante.

―Cuarta regla.

―No.

―Escúchala.

―Ya tenemos demasiadas.

―Esta es importante.

―¿Qué quieres?

Su mirada bajó hacia mi boca.

―Que dejemos de fingir cuando estamos solos.

Mi pecho se tensó.

―¿Fingir qué?

―Que no nos está costando.

El pasillo estaba vacío.

Tomé los audífonos.

Dante no soltó la cinta inmediatamente.

―¿Y qué propones? ―pregunté.

―Nada físico.

―Eso ya estaba acordado.

―Pero cuando estemos solos podemos decir la verdad.

―¿Qué verdad?

Dante tiró apenas de la cinta, obligándome a acercarme medio paso.

―Por ejemplo, que llevo todo el día pensando en cómo habría sido besarte junto a esa puerta.

Mi respiración falló.

―Eso no ayuda.

―La regla no dice que tenga que ayudar.

―Entonces no me gusta.

―Mientes.

―Dante.

Soltó los audífonos.

―Tu turno.

―¿Mi turno de qué?

―De decir una verdad.

Debí cerrar la puerta.

En cambio, apoyé un hombro en el marco.

―Cuando estabas arrodillado junto a mí esta mañana, pensé que si te acercabas un poco más iba a romper la primera regla.

Su sonrisa desapareció.

El juego dejó de ser divertido.

―Teo.

―Tú querías sinceridad.

―Sí.

―Ahí la tienes.

Dante dio un paso hacia mí.

Se detuvo antes del umbral.

―Entonces tengo otra propuesta.

―No necesitamos una quinta regla.

―No es una regla.

―¿Qué es?

Su voz bajó.

―Una apuesta.

―Peor.

―Llegamos al final de la gira sin romper el pacto y yo te invito a la mejor cena de tu vida.

―¿Y si lo rompemos?

Dante sostuvo mi mirada.

―El primero que admita que quiere romperlo decide qué hacemos después.

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