Capítulo 6 6
―El primero que admita que quiere romperlo decide qué hacemos después.
Me quedé mirándolo.
―Eso es una pésima idea.
―Por eso te interesa.
―No confundas interés con preocupación clínica.
Dante sonrió.
―Entonces di que no.
Debí hacerlo.
En cambio, crucé los brazos.
―¿Qué significa “decide qué hacemos después”?
―Lo que dice.
―Contigo nunca significa solo lo que dice.
―Te estás acostumbrando a mí.
―Ese es otro problema.
Dante apoyó una mano en el marco de la puerta, todavía sin cruzarlo.
―Puede decidir un beso. Una noche. Una cena. Que no pase nada. Lo que quiera.
El calor me subió por el cuello.
―Qué generoso.
―Estoy intentando que el pacto sea democrático.
―Eso no tiene nada de democrático.
―Entonces gana.
―No estamos compitiendo.
―Claro que sí.
―¿En qué?
Su sonrisa se volvió lenta.
―En quién aguanta más.
Lo odié.
Sobre todo porque mi cuerpo entendió el reto antes que mi sentido común.
―Acepto.
Dante dejó de sonreír.
―¿En serio?
―¿Ya te arrepentiste?
―Estoy disfrutando el momento.
―Hazlo desde el pasillo.
―Cruel.
―Buenas noches, Dante.
Empecé a cerrar la puerta.
Él sujetó el borde con dos dedos.
―Teo.
―¿Qué?
―Si pierdes, no voy a dejar que finjas que no sabías lo que estabas aceptando.
Mi respiración se quedó a mitad de camino.
―Si pierdo, tendrás que escucharme decirlo primero.
―Exactamente.
―Entonces preocúpate por ganar.
Cerré.
Esta vez tardé bastante más de lo razonable en apartarme de la puerta.
Abril regresó cuarenta minutos después.
Entró sin hacer ruido, me vio despierto y se quedó quieta.
―No preguntes.
―No he dicho nada.
―Tu cara está gritando.
Se quitó los zapatos.
―La tuya también.
―La mía está cansada.
―La tuya tiene problemas con barba.
Le lancé una almohada.
―¿Cómo fue con Mateo?
Su expresión cambió.
No a enamorada. A sorprendida.
―Bien.
―Eso suena sospechosamente normal.
―Es normal.
―¿No hubo fuegos artificiales?
―Hubo tacos.
―Mejor.
Abril se sentó en su cama.
―Es lindo. Muy lindo. Pero también es más callado de lo que pensé.
―Llevas meses enamorada de entrevistas editadas.
―No estoy enamorada.
―Ajá.
Me señaló.
―No cambies de tema. ¿Qué hizo Dante?
―Nada.
―Ese “nada” tuvo demasiadas consonantes.
Apagué la lámpara.
―Duérmete.
―Teo.
―Buenas noches.
A la mañana siguiente, Lara anunció que grabaríamos una pieza corta en la azotea del hotel antes de salir.
Dante llegó con Bruno Cáceres, el fotógrafo de conciertos.
Bruno era alto, llevaba una cámara colgada al cuello y saludó a Dante dándole un golpe en el hombro que terminó en un abrazo rápido.
Demasiado familiar.
No me importó.
Ni un poco.
―Teo ―dijo Dante―, él es Bruno. Bruno, el hombre que cree que mis horarios son una enfermedad.
―¿Solo los horarios? ―preguntó Bruno.
Me cayó bien de inmediato.
―Finalmente alguien sensato.
Dante se llevó una mano al pecho.
―Traición en mi propio equipo.
―Tu equipo no te pertenece ―dije.
Bruno soltó una carcajada.
―Ahora entiendo por qué llevas dos días hablando de él.
Dante lo miró.
Yo también.
―¿Perdón? ―pregunté.
Bruno sonrió como alguien que acababa de encender una cerilla y estaba dispuesto a marcharse.
―Del sonido. Hablaba del sonido.
―Claro ―dije.
Dante esperó a que Bruno se alejara.
―No pongas esa cara.
―¿Qué cara?
―La de querer preguntarme qué dije.
―No me interesa.
―Perfecto.
―Perfecto.
―Entonces no te lo digo.
―No te pregunté.
―Ya sé.
Lo odié otra vez.
La grabación requería que Dante apareciera unos segundos explicando el concepto del documental. Lara le entregó un micrófono de solapa y él me lo pasó.
―Haz tu magia.
―Póntelo tú.
―No sé esconder el cable.
―Eso explica muchas cosas sobre tu carrera.
―Teo.
Suspiré.
―Quédate quieto.
Me acerqué.
El cuello de su camiseta era demasiado cerrado, así que tuve que pasar el cable por dentro.
―Levanta un poco la tela.
Dante obedeció.
Mis dedos rozaron su abdomen.
Se tensó.
Yo también.
―Eso fue accidente ―murmuré.
―No he dicho nada.
―Tu respiración sí.
―Qué técnico tan observador.
Subí el cable lentamente hasta el cuello.
Mis nudillos rozaron su pecho.
Dante dejó de bromear.
―Teo.
―No te muevas.
―Estoy intentando.
La frase cayó entre los dos con un peso distinto.
Enganché el micrófono.
Podría haberme apartado.
No lo hice enseguida.
Dante bajó la mirada hacia mis manos.
―¿Ya está?
―Casi.
―Llevas diez segundos diciendo casi.
―Quiero que quede bien.
―Eso también puede malinterpretarse.
Levanté la vista.
Estábamos demasiado cerca.
―Regla cuatro ―dijo él en voz baja.
―Estamos trabajando.
―Precisamente. Dime la verdad.
―¿Qué verdad?
―Si esto te está afectando.
Mis dedos seguían en el borde de su camiseta.
―Sí.
Dante tragó saliva.
―A mí también.
Bruno gritó desde unos metros:
―¿Van a grabar hoy o están fundando una religión?
Me aparté.
Dante sonrió sin mirarlo.
―Celoso.
―De ti, jamás.
―No hablaba de Bruno.
Lo fulminé.
Grabamos la pieza.
Dante habló a cámara con una calma irritante, como si dos minutos antes no hubiera tenido mis manos dentro de su camiseta.
Mientras Lara revisaba la toma, Bruno se acercó a Dante y le enseñó varias fotografías en la pantalla de su cámara. Dante apoyó una mano en su hombro para acercarse.
No miré.
Miré.
Una vez.
Tal vez dos.
Abril apareció a mi lado con un bolso de maquillaje que claramente no era suyo.
―¿Quién es?
―Bruno. Fotógrafo.
―¿Y por qué lo dices como si hubiera atropellado a tu perro?
―No tengo perro.
―Teo.
―Son amigos.
―Eso veo.
Dante dijo algo al oído de Bruno para que pudiera escucharlo por encima del viento. Bruno se rio y le dio un empujón con la cadera.
Una sensación desagradable me apretó el estómago.
Absurda.
Infantil.
Injustificable.
Abril me observó.
―No voy a decir nada.
―Excelente.
―Pero estoy disfrutando muchísimo.
―Busca a Mateo.
―Está abajo.
―Ve abajo.
Bruno pasó junto a nosotros unos segundos después.
―Tranquilo ―me dijo.
Fruncí el ceño.
―¿Con qué?
Miró hacia Dante.
―Nos conocemos desde hace once años. Nunca nos hemos acostado.
Abrí la boca.
Bruno siguió caminando.
Abril se tapó la cara para no reírse.
―Voy a empujarte de la azotea.
―Yo no pregunté nada.
―Pero estabas pensando muy fuerte.
Dante se acercó justo entonces.
―¿Qué ocurre?
―Nada ―respondimos Abril y yo al mismo tiempo.
Él entrecerró los ojos.
―Eso siempre significa algo.
Cuando Lara terminó de revisar la toma, Dante vino directo hacia mí.
―Quítamelo.
―Puedes hacerlo tú.
―Dijiste que yo no sé esconder cables.
―Quitarlos no requiere doctorado.
Se inclinó un poco.
―Segunda regla.
Mi pulso saltó.
―¿Qué pasa con ella?
Dante sostuvo mi mirada.
―Que si vuelves a meter las manos debajo de mi camiseta, voy a tener que decirte exactamente lo que quiero que hagas después.
