Capítulo 7 7

―Que si vuelves a meter las manos debajo de mi camiseta, voy a tener que decirte exactamente lo que quiero que hagas después.

Lo miré.

―Estás usando el pacto para amenazarme.

―No. Para informarte.

―Qué considerado.

―Intento ser profesional.

―Eres una vergüenza para esa palabra.

Dante sonrió, pero no se movió.

Seguía con el micrófono enganchado al cuello.

Podía quitárselo él.

Lo sabía.

Yo también.

―Teo ―dijo.

―¿Qué?

―¿Vas a hacerlo o vas a seguir mirándome?

―No te estoy mirando.

―Estoy empezando a preocuparme por tu capacidad para mentir.

Me acerqué.

―Levanta la camiseta.

Su sonrisa desapareció.

―¿Perdón?

―El cable está por dentro.

―Ya lo sé.

―Entonces coopera.

Dante levantó apenas el borde de la camiseta.

Deslicé dos dedos debajo.

Su abdomen se contrajo inmediatamente.

―No hagas eso ―murmuró.

―¿Qué?

―Tocar como si no supieras lo que estás haciendo.

―Estoy quitando un cable.

―Y yo estoy intentando no perder una apuesta.

El calor me subió al rostro.

Tiré del cable lentamente.

―Problema tuyo.

―Ese es exactamente el tipo de frase que puede hacerte perder primero.

Saqué el transmisor.

Mi mano rozó su costado al salir.

Dante cerró los ojos durante un segundo.

Eso fue peor que cualquier provocación.

Porque no estaba actuando.

Me aparté.

―Listo.

Abrió los ojos.

―No.

―¿No qué?

―No estoy listo.

Antes de que pudiera responder, Lara apareció detrás de nosotros.

―Autobús en diez minutos.

Dante tomó el micrófono de mi mano.

―Salvado por producción.

―Yo no necesitaba que me salvaran.

―Claro.

Lara nos miró.

―¿Tengo que empezar a separarlos por horarios?

―Sí ―dije.

―No ―dijo Dante.

―Maravilloso. Democracia inútil.

Se marchó.

En el autobús, Abril se sentó con Mateo.

Yo ocupé una fila individual.

Dante se sentó al otro lado del pasillo.

―¿Vas a vigilarme todo el trayecto?

―Estoy revisando material.

―Tu pantalla está apagada.

La encendió.

―Ahora no.

Sonreí sin querer.

Dos horas después hicimos una parada para comer.

Mateo y Abril desaparecieron hacia una cafetería.

Bruno se fue con Lara.

Dante apareció junto a mí cuando estaba escogiendo una botella de agua.

―¿Sigues celoso?

Casi tiré la botella.

―¿De Bruno?

―No dije nombre.

―Entonces no sé de qué hablas.

―Bruno me contó que te aclaró nuestra inexistente vida sexual.

Cerré la nevera con más fuerza de la necesaria.

―Tu amigo tiene problemas de límites.

―Mi amigo vio tu cara.

―Todo el mundo habla de mi cara. Estoy empezando a pensar que debería usar máscara.

―Sería una tragedia.

―No coquetees.

―No te estoy tocando.

―Ese vacío legal se está volviendo irritante.

Dante se acercó.

Lo suficiente para que su brazo rozara el mío.

Accidental.

Supuestamente.

―Podemos corregirlo.

―Ni se te ocurra.

―¿Qué cosa?

―Hacerme decirlo.

―No necesito hacerte nada.

Me giré hacia él.

―¿Tan seguro estás de que voy a perder?

―No.

Su voz cambió.

Más baja.

―Estoy seguro de que quiero que pierdas.

Se me secó la boca.

―Eso no es lo mismo.

―Ya lo sé.

―¿Y tú?

―¿Yo qué?

―¿No quieres perder?

Dante sostuvo mi mirada.

―Muchísimo.

La respuesta me golpeó donde no debía.

No hubo broma después.

Eso lo empeoró.

―Entonces dilo ―susurré.

―Todavía no.

―Cobarde.

―Prudente.

―Esa palabra tampoco te pertenece.

Dante sonrió.

―Me estás conociendo demasiado rápido.

Nos separó el sonido del teléfono de Lara.

Cambio de horario.

Por supuesto.

La siguiente grabación sería en un pequeño estudio de radio local antes del concierto.

La cabina tenía espacio para cuatro personas.

Metieron seis.

Mateo, entrevistador, técnico, cámara, Dante y yo.

Quedé atrapado detrás de él.

Literalmente.

Cada vez que Dante se movía, su espalda rozaba mi pecho.

A la tercera vez, apreté los dientes.

―Deja de moverte.

―No puedo desaparecer.

―Puedes intentarlo.

―Estás muy sensible.

―Estás encima de mí.

Giró apenas la cabeza.

―Eso es técnicamente falso.

―Dante.

―Teo.

―Te juro que...

Mateo empezó a responder una pregunta y tuve que callarme.

Dante sonrió mirando al frente.

Lo odié durante los siguientes veinte minutos.

Cuando terminó la entrevista, todos salieron menos nosotros.

Yo estaba recogiendo transmisores.

Dante cerró la puerta.

Lo escuché.

No levanté la vista.

―Ábrela.

―Necesito hablar contigo.

―Puedes hablar con la puerta abierta.

―No quiero que nadie escuche.

Eso me hizo mirarlo.

―Tercera regla.

―Exactamente.

Se acercó.

―¿Qué quieres?

―Cambiar una parte de la apuesta.

―No.

―Ni siquiera sabes cuál.

―Cada vez que propones algo, termino arrepintiéndome.

―Eso tampoco suena a rechazo.

―Habla.

Dante se detuvo frente a mí.

―No quiero que cualquiera de los dos diga que quiere romper el pacto por impulso.

―¿Y qué propones?

―Que sea específico.

―Explícate.

―Si tú pierdes, no basta con decir “quiero romperlo”.

―¿Entonces?

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Tienes que decir exactamente qué quieres que te haga.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi orgullo.

Dante lo vio.

―Eso es trampa ―dije.

―No. Es claridad.

―Tú no sobrevives a esa regla.

―Puede ser.

―Entonces también aplica para ti.

―Por supuesto.

Me acerqué medio paso.

―Si pierdes, quiero escucharte decirlo sin esconderte detrás de una broma.

Su respiración cambió.

―Trato.

―Y sin arrepentirte después.

―Trato.

Le tendí la mano.

Dante la miró.

―¿Otra vez contacto diplomático?

―Firma verbal.

En lugar de estrecharla, me tomó de la muñeca.

Solo eso.

Su pulgar quedó sobre mi pulso.

Firme.

Caliente.

Demasiado íntimo para ser inocente.

―Esto no estaba prohibido ―murmuró.

―Estás buscando problemas.

―No.

Su pulgar se movió una vez.

―Estoy comprobando cuánto tardas en pedirme algo.

Tragué saliva.

―Suéltame.

Dante obedeció al instante.

La ausencia de su mano fue inmediata.

Molesta.

Se dirigió a la puerta.

―Dante.

Se detuvo.

No se giró.

Miré su espalda.

Podía callarme.

Debía callarme.

―Cuando me sujetaste...

Ahora sí se volvió.

―¿Sí?

―Pensé en una cosa.

Sus ojos se oscurecieron.

―Dímela.

Apreté la correa del equipo entre los dedos.

―No.

Sonrió despacio.

―Entonces todavía no has perdido.

Abrió la puerta.

―Pero ya sé exactamente qué voy a preguntarte esta noche.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo