Capítulo 8 8

―Pero ya sé exactamente qué voy a preguntarte esta noche.

Dante salió de la cabina antes de que pudiera responder.

Lo odié durante los siguientes seis minutos.

Después tuve que admitir que el problema no era él.

Era que yo también sabía qué iba a preguntarme.

Y no tenía intención de contestar.

Eso decidí mientras guardaba los transmisores, bajaba al vestíbulo y encontraba al resto del equipo preparándose para volver al recinto.

Abril apareció a mi lado.

―¿Por qué pareces enfadado con una fantasía sexual?

Casi se me cayó la mochila.

―¿Qué?

―Esa cara.

―Deja de estudiar mi cara.

―Todo el mundo la entiende menos tú.

―Necesitas hobbies.

―Tengo uno. Se llama observar cómo te arruinas solo.

―Qué amistad tan nutritiva.

Mateo apareció detrás de ella.

―¿Interrumpo?

―Siempre ―respondí.

Abril me golpeó el brazo.

Mateo sonrió.

―Vamos por café antes de subir al autobús. ¿Quieres?

―No.

―Teo ―protestó Abril.

―Tengo trabajo.

―Tienes miedo.

La miré.

―Ve con tu cantante.

Mateo levantó una ceja.

―También tengo nombre.

―Lo sé. Ella lo repite suficiente.

Abril se puso roja.

Mateo se rio y le abrió la puerta.

Los vi salir.

Funcionaban bien juntos.

Sin electricidad.

Sin esa sensación de que cada frase ocultaba otra debajo.

Tal vez eso era mucho más saludable.

―Deja de mirarlos como si fueran un experimento.

Dante estaba detrás de mí.

―¿No tenías que desaparecer hasta esta noche?

―No recuerdo haber prometido eso.

―Una pena.

Se colocó a mi lado.

―He pensado en mi pregunta.

―Yo he pensado en ignorarla.

―Podemos fingir que eso va a funcionar.

―Se te da muy bien fingir.

Dante giró la cabeza.

―¿Eso fue un ataque?

―Observación profesional.

―Tengo una respuesta que probablemente viole tres reglas.

―Guárdala.

―Cobarde.

―Productivo.

Lara pasó frente a nosotros cargando una carpeta.

―Si van a seguir hablando como matrimonio divorciado, háganlo caminando. Salimos en dos minutos.

Dante sonrió.

―Ella nos entiende.

―Ella quiere matarnos.

―Eso también es intimidad.

Subimos.

Esta vez Bruno ocupó el asiento junto a Dante.

No me importó.

Me senté dos filas adelante.

Tampoco me importó escuchar cómo se reían.

Mucho menos me importó girarme cuando Bruno apoyó la cabeza en el respaldo y Dante le quitó una gorra.

Abril, desde el asiento contrario, me observó.

Le mostré el dedo medio.

Ella sonrió.

Perfecto.

Madurez emocional impecable.

En el recinto, trabajamos separados durante casi tres horas.

Fue útil.

También irritante.

Dante aparecía en mi campo visual sin necesidad.

En el escenario.

En el pasillo.

Junto a Mateo.

Revisando una toma con Bruno.

Cada vez que nuestros ojos se encontraban, sonreía como si supiera algo.

Y sí.

Lo sabía.

Al terminar la prueba de sonido, Lara decidió que necesitábamos grabar unos minutos del montaje previo al concierto.

Dante se acercó con cámara al hombro.

―Ven conmigo.

―¿Por qué?

―Necesito sonido cerca del escenario.

―Eso ya lo tengo.

―No ese.

―Dante.

―Confía.

―Te estás volviendo adicto a esa palabra.

―Y tú estás empezando a obedecerla.

Lo seguí.

Solo porque tenía razón.

Nos metimos detrás del escenario, donde dos técnicos ajustaban luces y un músico afinaba una guitarra.

Dante señaló una estructura metálica.

―Escucha.

Lo hice.

Un zumbido grave.

Ritmo irregular.

Después el golpe seco de una polea.

Interesante.

Me acerqué.

Dante quedó detrás de mí.

Demasiado cerca.

―¿Lo tienes?

―Sí.

―¿Qué necesitas?

―Silencio.

―Cruel.

―Profesional.

Grabé treinta segundos.

Cuando bajé la grabadora, su mano apareció junto a mi cintura para apartarme de un cable que cruzaba por el suelo.

No llegó a tocarme.

Se quedó a centímetros.

Regla.

Me giré.

―Puedes tocarme si es para evitar que me rompa el cuello.

―No quiero abusar de excepciones.

―Milagro.

―Además, me gusta más cuando me das permiso.

El tono cambió.

Me quedé quieto.

―Eso ha sonado deliberado.

―Lo era.

―Estamos trabajando.

―La cuarta regla sigue vigente.

―Solo cuando estamos solos.

Dante miró alrededor.

Los técnicos se habían alejado.

El músico también.

Genial.

―Estamos solos.

―Temporalmente.

―Suficiente.

Se acercó.

No me tocó.

Otra vez esa maldita distancia de pocos centímetros.

―Ahora sí ―dijo.

―¿Ahora sí qué?

―Mi pregunta.

―No.

―Te dije que iba a hacerla.

―Y yo nunca acepté responder.

―Eso también lo sé.

Dante bajó la voz.

―Cuando te sujeté la muñeca, ¿qué pensaste?

Sentí el calor subir por el pecho.

―Nada útil.

―Eso no es específico.

―No pienso ayudarte a ganar.

―No quiero ganar así.

―¿Entonces cómo?

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Quiero que pierdas porque ya no puedas soportarlo.

Eso sí me afectó.

Lo suficiente para que dejara de pensar durante un segundo.

―Muy humilde.

―Nunca vendí humildad.

―Ni puntualidad.

―Estoy mejorando.

Intenté apartarme.

Su mano se apoyó contra la pared a mi lado.

No me encerró.

Podía salir.

Precisamente por eso me quedé.

―Dime una parte ―pidió.

―No.

―Una palabra.

―No.

―Una pista.

―Dante.

―Eso no era la pista que esperaba, pero me gusta cómo suena.

Solté una risa.

Maldita sea.

Él también sonrió.

Y justo por eso bajé la guardia.

―Pensé en tu mano más arriba.

La sonrisa desapareció.

El silencio después fue inmediato.

Pesado.

Dante dejó de respirar durante un segundo.

―Teo.

―Preguntaste.

―Sí.

―Ahí tienes tu respuesta.

―No completa.

―No seas avaricioso.

Su mirada recorrió mi rostro.

―¿Más arriba dónde?

Me crucé de brazos.

―No.

―Eso confirma bastante.

―Confirma que tienes imaginación.

―La tengo.

―Lo sé.

―¿Quieres saber qué pensé yo?

Mi estómago se tensó.

―No.

―Mientes.

―Muchísimo.

Dante inclinó apenas la cabeza.

―Pensé en empujarte contra la pared.

La imagen llegó demasiado rápido.

Mi espalda estaba a diez centímetros de esa misma pared.

―Eso habría sido romper la regla.

―Por eso no lo hice.

―Qué disciplinado.

―No sabes cuánto.

Un ruido de pasos se acercó desde el corredor.

Dante retrocedió.

Bruno apareció con una botella de agua.

―Lara los busca.

Miró primero a Dante.

Luego a mí.

Luego a la pared.

―No quiero saber.

―Excelente política ―dije.

Bruno se marchó.

Dante esperó un segundo.

―Teo.

―¿Qué?

―Voy a añadir algo.

―No hay más reglas.

―No es una regla.

―Siempre dices eso antes de empeorar mi vida.

Se acercó solo lo suficiente para que yo escuchara su voz sin que nadie más pudiera hacerlo.

―La próxima vez que me digas algo así, no voy a quedarme quieto.

Lo miré.

―Entonces más te vale decirlo antes.

Dante sostuvo mi mirada y sonrió apenas.

―Perfecto. La próxima vez voy a decirte exactamente dónde quiero tocarte.

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