Capítulo 9 9
―Entonces dilo.
Dante se detuvo.
―¿Qué cosa?
―Dónde quieres tocarme.
La sonrisa que apareció en su boca no duró.
Bien.
Por una vez quería verlo sin una respuesta preparada.
―Aquí no ―dijo.
―Hace treinta segundos eras muy valiente.
―Hace treinta segundos Bruno no estaba a diez metros.
―Tercera regla.
―Exactamente.
―Conveniente.
Dante se inclinó hacia mí.
―No confundas discreción con cobardía.
―Cuando te conviene, se parecen bastante.
Lara gritó nuestros nombres desde el escenario.
Dante retrocedió.
―Esta conversación no ha terminado.
―Eso lo decides mucho últimamente.
―Y tú sigues contestándome.
Maldito.
Volvimos al trabajo.
El concierto comenzó una hora después y no tuve tiempo para pensar en manos, bocas ni apuestas estúpidas.
Casi.
Dante había decidido grabar parte del show desde el público. Yo recibía algunas de sus indicaciones por el auricular interno.
―Teo, necesito más ambiente del lado derecho.
Ajusté niveles.
―Hecho.
―Un poco más.
―Si quieres dirigir sonido, cambia de profesión.
Su risa llegó directamente a mi oído.
Demasiado cerca para alguien situado a treinta metros.
―Me gusta cuando me das órdenes.
Aparté un auricular.
Ridículo.
Volví a colocarlo.
―Trabaja.
―Estoy trabajando.
―Entonces deja de disfrutarlo.
―Imposible.
Corté su canal.
Dos minutos después apareció un mensaje en mi teléfono.
“Cobarde.”
No respondí.
Tres canciones después, Lara llegó corriendo.
―Producción quiere limpiar más el público para la versión documental.
―No.
―Eso dije.
―¿Quién lo pidió?
―Uno de los productores ejecutivos.
Dante apareció por el lateral del escenario.
―¿Qué pasa?
Lara se lo explicó.
Esperé la discusión.
Dante miró los niveles y negó.
―No.
Lo observé.
―¿No?
―Si quitamos demasiado público, parece una sesión de estudio con gente decorativa.
―Eso dije yo.
―Entonces por una vez tienes razón.
―No arruines el momento.
Lara cruzó los brazos.
―Necesito una decisión.
Dante señaló mi consola.
―El sonido se queda como Teo lo diseñó.
No hubo provocación.
Ni sonrisa.
Simplemente confianza.
Algo dentro de mí se movió de una forma mucho más peligrosa que cualquier roce.
―Gracias ―dije.
Él me miró.
―No te acostumbres.
―Esa frase es mía.
―Nuestro pacto ya comparte vocabulario.
―No digas “nuestro” así.
Su ceja subió.
―¿Así cómo?
Lara nos señaló a ambos.
―Después se seducen gramaticalmente. Ahora trabajen.
Dante se alejó riéndose.
Yo no.
Bueno.
Un poco.
Después del concierto empezó a llover.
No una lluvia elegante.
Una de esas que convierten estacionamientos en piscinas y hacen correr a veinte técnicos con equipos más caros que sus automóviles.
Ayudé a proteger dos cajas cuando Dante apareció con la cámara cubierta por plástico.
―Ven.
―No.
―Ni siquiera sabes dónde.
―Está lloviendo horizontalmente.
―Precisamente.
―Eres una enfermedad.
―Hay un túnel detrás del recinto. Escucha.
Me quedé quieto.
Por debajo del ruido de la lluvia llegaba un eco profundo.
Agua golpeando metal.
Motores a distancia.
Voces del equipo rebotando contra concreto.
Lo miré.
Dante sonrió.
―Ya lo escuchaste.
―Te odio.
―Trae la grabadora.
Cinco minutos después estábamos bajo el túnel.
Mojados.
Porque, naturalmente, el techo tenía una filtración exactamente encima del lugar donde el sonido funcionaba mejor.
―No pienso arriesgar el equipo por tu documental.
―Mi cámara cuesta más.
―Eso no mejora tu argumento.
Dante sostuvo un paraguas sobre la grabadora.
―Problema solucionado.
―Tú estás completamente mojado.
―Soy reemplazable.
―La cámara también.
―Eso dolió.
Grabé.
La lluvia contra las placas metálicas producía un ritmo irregular que se mezclaba con el movimiento de los autobuses.
Dante filmó reflejos sobre el suelo.
Otra vez ocurrió.
Él encontró una imagen.
Yo encontré su sonido.
Sin discutir.
Sin pedir explicaciones.
Cuando terminé, Dante se acercó para escuchar.
Le ofrecí uno de los auriculares.
Tuvo que pegarse a mí.
Hombro contra hombro.
Su cabello estaba mojado.
Una gota le bajó desde la sien hasta la mandíbula.
No la miré.
La miré.
Dante giró la cabeza.
―Estás haciéndolo otra vez.
―¿Qué?
―Mirarme la boca.
―Tienes agua en la cara.
―No tengo agua en la boca.
―Detalles.
La grabación terminó.
Ninguno se apartó.
―El sonido quedó increíble ―dijo.
―Lo sé.
―Arrogante.
―Competente.
Dante levantó una mano.
Se detuvo antes de tocarme la cara.
Miré sus dedos.
Después a él.
―¿Qué haces?
―Hay una gota.
―Qué tragedia.
―Podría quitarla.
―Podrías.
No lo hizo.
La tensión se volvió insoportablemente precisa.
―Regla dos ―murmuró.
―La recuerdo.
―Y la cuatro.
―También.
Sus dedos seguían suspendidos a centímetros de mi mejilla.
―Entonces dime la verdad.
―¿Cuál?
―Si quieres que lo haga.
No miré su mano.
―Sí.
Dante inhaló despacio.
Pero la bajó.
Fruncí el ceño.
―¿Qué?
―No quiero ganar así.
―¿Ganar qué?
―Conseguir que seas tú quien pida primero algo que yo llevo queriendo desde ayer.
―Estás haciendo trampa otra vez.
―Estoy intentando no hacerla.
Regresamos al hotel pasada la medianoche.
Abril dormía en la habitación cuando dejé el equipo.
Me cambié la camiseta mojada y bajé a buscar agua.
Dante estaba solo junto a las máquinas de hielo.
También se había cambiado.
Camiseta gris.
Cabello todavía húmedo.
Problema completo.
―No digas nada ―advertí.
―No había abierto la boca.
―La conozco.
―Eso ha sonado íntimo.
Puse los ojos en blanco.
Dante avanzó.
Solo un paso.
―Me pediste que lo dijera sin esconderme detrás de una broma.
Mi cuerpo se tensó.
―Sí.
―Entonces escucha bien.
Ya no sonreía.
―No quiero tocarte la cara.
Tragué saliva.
Dante continuó:
―Quiero ponerte una mano en la cintura, acercarte hasta que dejes de discutir conmigo y averiguar cuánto tardas en olvidar todas esas reglas.
No conseguí responder.
Él dio otro paso.
―Pero todavía no estoy diciendo que quiero romper el pacto.
Encontré por fin mi voz.
―Cobarde.
Dante sonrió apenas.
―Provócame un poco más, Teo, y quizá mañana te diga que sí.
