Capítulo 2 La sospecha silenciosa

Diez minutos después, la sala de profesores estaba tan llena que apenas se podía respirar. Todas mis compañeras se habían arreglado el cabello o retocado el labial en un tiempo récord para la reunión de presentación. Cuando la puerta se abrió, el silencio fue inmediato.

El hombre del traje gris entró acompañado por la secretaria general. De cerca, era todavía más llamativo. Su sola presencia parecía llenar la habitación, desprendiendo un aroma a madera que opacó por completo el olor a café recalentado de la sala.

—Buenos días a todos —dijo, su voz grave y firme, pero con un tono educado—. Mi nombre es Sebastián Varela. A partir de hoy, asumiré el cargo de director de esta institución. Sé que el cambio ha sido repentino, pero espero que podamos trabajar en equipo para mantener el bienestar de los estudiantes.

Mientras hablaba, sus ojos oscuros recorrieron la sala, deteniéndose por un breve segundo en cada uno de nosotros. Cuando su mirada se cruzó con la mía, sentí un frío en la boca del estómago. Yo no podía dejar de mirar el puño de su camisa gris, buscando obsesivamente algún rastro del pañuelo blanco con el que había limpiado la sangre en el estacionamiento.

Sebastián notó la fijeza de mi mirada de inmediato. Sostuvo el contacto visual por un segundo de más. La agradable sonrisa de sus labios no llegó a sus ojos; en su lugar, una chispa de sospecha brilló en ellos. Él sabía que yo lo estaba examinando.

Apoyó las manos sobre la mesa central y el reloj dbrilló bajo las luces. Definitivamente, la vida de Sebastián Varela estaba muy por encima de cualquiera en esa habitación.

—No quiero quitarles más tiempo de su descanso —concluyó con una ligera inclinación de cabeza—. Estaré en la oficina poniéndome al día con los expedientes. Si alguno necesita algo, la puerta está abierta. Que tengan un buen día.

Se dio la vuelta y salió, dejando detrás un murmullo de comentarios emocionados de mis colegas. Yo no respondí a los codazos entusiastas de Laura. Me limité a mirar la puerta por la que había desaparecido, con el pulso acelerado. Había una seriedad peligrosa en ese hombre que no encajaba en absoluto con la calidez de una escuela primaria.

El día transcurrió con una tensión extraña que me impidió concentrarme del todo. Dieron las cuatro de la tarde, la hora de salida. Los niños se marcharon y la escuela quedó en absoluto silencio. Decidí quedarme a organizar unos exámenes pendientes, estirando el tiempo solo para no admitir que me daba pavor salir al estacionamiento y cruzarme con su auto negro.

Cuando finalmente empaqué mis cosas, el edificio estaba prácticamente desierto. Caminaba por el pasillo principal hacia la salida cuando pasé por delante de la oficina de la dirección. La puerta estaba entreabierta.

Iba a pasar de largo a paso veloz, pero una frase me detuvo en seco. Era la voz de Sebastián, pero no tenía el tono amable de la mañana. Sonaba ronca, cargada de frustración absoluta y un peligro latente.

—Te dije que no me llamaras aquí —susurró, y la frialdad marcaba su voz—. Ya hice lo que me pidieron. Estoy en el lugar que querían... No, no me interesa cuánto dinero haya en juego. Solo mantén a mi familia fuera de esto.

Me quedé congelada en medio del pasillo. Mi sentido común me gritaba que corriera hacia la salida, pero mis pies no me obedecieron. Por pura e imprudente curiosidad, di un paso hacia la rendija de la puerta, conteniendo la respiración. A través del espacio, pude verlo de espaldas, sosteniendo el teléfono celular con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

—Sé perfectamente quién manda, no hace falta que me lo recuerdes —dijo Sebastián—. No me importa que sea una escuela, entiendan. Si no juego bajo sus reglas, el próximo cuerpo que aparezca será el de mi hermano. Cumpliré mi parte, pero esta es la última vez. No soy uno de ustedes.

«El próximo cuerpo». El horror de sus palabras me golpeó como un impacto físico. Este hombre no era solo un millonario excéntrico; estaba metido en algo turbio, algo criminal.

El pánico se apoderó de mí. Retrocedí un paso, pero la mala suerte que me caracteriza decidió actuar en el peor momento. Uno de los pesados cuadernos de calificaciones resbaló de mis manos temblorosas y cayó al suelo, produciendo un golpe seco que resonó en todo el pasillo.

El silencio que siguió fue aterrador.

Adentro de la oficina, la voz de Sebastián se cortó de inmediato. Escuché el sonido del teléfono al ser colocado sobre el escritorio y luego unos pasos firmes y rápidos acercándose a la puerta. Consumida por el pánico, me agaché a toda prisa para recoger el cuaderno, con las manos temblando tanto que apenas podía coordinar mis movimientos.

La puerta se abrió por completo y apareció la silueta alta de Sebastián Varela. Se quedó allí de pie, mirándome desde arriba. Su expresión ya no tenía nada de educada ni de escolar; sus ojos analizaban cada aspecto de mi postura.

A diferencia de las historias exageradas donde el villano reacciona con violencia física, Sebastián hizo algo mucho más aterrador: no me gritó, ni me arrastró a ninguna parte. Se limitó a quedarse inmóvil, evaluándome en silencio.

—¿Se le cayó algo, maestra Camila? —preguntó finalmente. Su voz pausada, estaba llena de una cortesía tan falsa que me erizó la piel.

—Sí... lo siento, director —logré balbucear, poniéndome de pie como pude, apretando el cuaderno contra mi pecho como si fuera un escudo—. Soy... soy muy torpe. Lamento haber hecho ruido.

Sebastián bajó la mirada hacia el cuaderno y luego volvió a mirarme a los ojos. No cambió su postura, pero la distancia entre nosotros se sentía amenazante.

—Espero que su torpeza no la lleve a estar en los lugares equivocados en el momento equivocado, maestra —dijo, dando un paso sutil hacia el pasillo, obligándome a retroceder de forma instintiva—. Los pasillos vacíos de esta escuela suelen ser muy traicioneros a esta hora. Buenas tardes.

No hubo amenazas explícitas, pero la advertencia psicológica fue devastadora. Me di la vuelta y caminé hacia la salida esforzandome para no correr. Cuando subí a mi auto y miré hacia la ventana de la dirección, la silueta de Sebastián seguía allí mirándome fijamente a través del cristal. El verdadero terror no era lo que me había hecho, sino la certeza absoluta de que él sabía que yo lo había escuchado todo.

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