
Peligro en la pizarra
Charis Olivares · En curso · 68.5k Palabras
Introducción
Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito y control se esconde un secreto peligroso. Guiada por su incurable curiosidad, Camila descubre por accidente una llamada telefónica y una visita clandestina que lo cambian todo: Sebastián está atrapado en una red criminal, obligado a colaborar con la mafia para proteger a su familia de las deudas de su hermano.
Descubierta en el rincón más inesperado del colegio, Camila se convierte en el mayor cabo suelto de un hombre acorralado. Entre la penumbra de los pasillos vacíos y la cercanía forzada de un espacio reducido, la tensión del peligro inminente comienza a transformarse en una atracción inevitable y salvaje. ¿Podrá una maestra ordinaria ayudar al hombre que se ha convertido en su mayor tentación, o terminará arrastrada al abismo de un mundo donde los errores se pagan con sangre?
Capítulo 1
Si alguien me hubiera dicho que mi viernes comenzaría con un niño con la cabeza atascada entre los barrotes de una silla y otra niña burlándose de él mientras se tragaba un trozo de plastilina verde, habría pedido el día libre.
—¡Maestra Camila, Lucas se va a quedar sin cabeza para siempre! —gritó Sofía, con los ojos abiertos de par en par y las manos llenas de pintura.
—Nadie se va a quedar sin cabeza, Sofía. Por favor, baja del escritorio —respondí, manteniendo una calma que, honestamente, merecía un premio nobel de la paz.
Me llamo Camila. Tengo veintinueve años, soy maestra de primaria y, según mi madre, mis tías y la vecina de enfrente, estoy destinada a la soltería eterna. "Te vas a quedar para vestir santos", me repite mi mamá cada domingo mientras me sirve una porción extra de ñoquis, como si el carbohidrato pudiera llenar el vacío del yerno que nunca tuvo. La verdad es que amo a los niños. Me encanta su inocencia, su energía y esa capacidad que tienen de ver el mundo como un parque de diversiones. Pero entre corregir cuadernos, planificar clases y limpiar mocos ajenos, el tiempo para buscar al hombre de mis sueños se reduce a cero. Y seamos realistas, los príncipes azules no suelen pasearse por los pasillos de una escuela pública.
Después de untar un poco de jabón líquido en las orejas del pobre Lucas y deslizarlo con cuidado fuera de la silla, el timbre del recreo por fin sonó. Los niños salieron corriendo como locos. Yo me dejé caer en mi silla, exhalando un largo suspiro mientras me quitaba una mancha de pegamento de los dedos.
En ese momento la puerta del salón se abrió de golpe. Era la maestra Laura, de segundo grado, la reina del chisme en nuestra institución. Traía una mirada de asombro en su cara y sostenía una taza de café que temblaba levemente.
—Camila, deja todo lo que estés haciendo ahora mismo. Tienes que salir al pasillo —dijo en un susurro.
—Laura, por favor, apenas puedo con mi vida. Si la junta escolar volvió a recortar el presupuesto para las cartulinas, te prometo que voy a llorar.
—No se trata de las cartulinas —Laura me tomó del brazo y me obligó a ponerme de pie—. El viejo director Gutiérrez se jubiló de emergencia esta mañana. Al parecer, la presión le sentó mal. Pero eso no es lo importante. El nuevo director acaba de llegar.
—¿Y qué? ¿Es otro señor amargado que nos prohibirá usar la fotocopiadora los viernes?
—Camila, asómate por la ventana. Ahora.
Rindiéndome ante su insistencia, caminé hacia las ventanas que daban directamente al estacionamiento de los profesores. Normalmente, ese lugar era un desfile de autos compactos abollados, algún que otro modelo de los años noventa y la bicicleta oxidada del portero. Pero hoy, justo en el espacio reservado para la dirección, había algo completamente fuera de lugar.
Un imponente vehículo deportivo de color negro, impecable y de una marca alemana que costaba una fortuna, estaba estacionado de manera perfecta. Los cristales impedían ver el interior, pero el brillo del sol sobre la carrocería hacía que resaltara más en medio de toda esa chatarra barata.
—¿De quién es eso? ¿Vino algún inspector del gobierno? —pregunté, arrugando la frente.
—Es de él —susurró Laura, indicándome que mire de nuevo por la ventana.
La puerta del conductor del auto se abrió. De ella bajó un hombre que rompió abruptamente el esquema de lo que yo consideraba un "director de escuela". Era joven, probablemente de unos treinta y pocos años. Tenía el cabello oscuro, perfectamente peinado, y una figura alta y atlética que se acentuaba gracias a un traje gris hecho a la medida. No llevaba corbata, lo que le hacía ver moderno y relajado, pero la calidad de la tela demostraba exclusividad.
Cuando caminó hacia la entrada, levantó la mano izquierda para ajustarse el cuello del saco. Fue un movimiento rápido, pero alcancé a ver el destello del sol golpeando un reloj de pulsera dorado. Era un modelo lujoso, de esos que solo ves en las revistas de moda.
—Dime que no estoy soñando —murmuró Laura a mi lado—. ¿Ese hombre viene a dirigir una escuela primaria o a filmar un anuncio de perfumes caros?
—Es... joven —fue lo único que alcancé a decir, aunque por dentro mi corazón había decidido acelerar el ritmo sin mi permiso. Era extremadamente guapo. Tenía una mandíbula marcada y unos ojos oscuros que transmitían una seguridad imponente.
Sin embargo, justo antes de cruzar la entrada principal, el hombre se detuvo en seco. Miró a ambos lados del estacionamiento asegurándose de que nadie lo observaba. Con un movimiento rápido y disimulado, sacó un pañuelo blanco del bolsillo interior de su saco.
Mis ojos de maestra, entrenados para detectar hasta el más mínimo detalle sospechoso en un salón de clases, se fijaron en su manga izquierda. Había una mancha. Una mancha pequeña, densa y de un color rojo oscuro que contrastaba con el gris de su ropa.
Él frotó la tela con el pañuelo con fuerza y frustración. Al apartarlo, el tejido blanco quedó teñido de puro carmín. No era pintura. No era mermelada. Conozco muy bien ese tono. Era sangre fresca.
Sebastián guardó el pañuelo ensangrentado de vuelta en su bolsillo, respiró hondo, se acomodó el saco y entró al edificio como si nada hubiera pasado.
Me quedé congelada junto a la ventana, con la respiración contenida y un frío helado recorriéndome la espalda. ¿Quién demonios era nuestro nuevo director y por qué venía a una escuela primaria con restos de sangre en la ropa?
Últimos capítulos
#63 Capítulo 63 La primera sombra en la niebla
Última actualización: 9/18/2026#62 Capítulo 62 El peso del silencio
Última actualización: 9/18/2026#61 Capítulo 61 El cerco en la pista
Última actualización: 9/18/2026#60 Capítulo 60 La captura del arquitecto
Última actualización: 9/9/2026#59 Capítulo 59 La trampa en la terminal
Última actualización: 8/21/2026#58 Capítulo 58 La voz en la línea
Última actualización: 8/20/2026#57 Capítulo 57 La entrega en Heidelberg
Última actualización: 8/19/2026#56 Capítulo 56 La sombra en el andén
Última actualización: 8/18/2026#55 Capítulo 55 La prueba de admisión
Última actualización: 8/17/2026#54 Capítulo 54 La rutina de los dos céntimos
Última actualización: 7/23/2026
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