Capítulo 3 El juego del gato y el ratón
No pegué un ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, la falsa cortesía de Sebastián Varela resonaba en mi cabeza: «Espero que su torpeza no la lleve a estar en los lugares equivocados». Su mirada desde la ventana de la dirección se había quedado grabado en mi mente, y la paranoia era tal que terminé revisando las cortinas de mi habitación tres veces, segura de que el auto negro estaba estacionado abajo, vigilándome en la oscuridad.
El miércoles por la mañana llegué a la escuela con enormes ojeras y tres tazas de café en mi sistema. Mi estrategia para el resto de la semana era simple y cobarde: convertirme en un fantasma. Entraría a mi salón, daría mi clase sobre las plantas, evitaría la sala de profesores a toda costa y saldría corriendo exactamente a las cuatro de la tarde, ni un minuto más.
Sin embargo, el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
A las diez de la mañana, mientras mis alumnos dibujaban hojas y raíces en sus cuadernos, la bocina del intercomunicador de mi aula resonó.
—Maestra Camila, por favor preséntese en la dirección en cuanto comience el recreo. El director Varela solicita una reunión con usted —anunció la voz de la secretaria.
Me quedé sin aire. Sofía, que estaba a punto de meterse un color marrón por la nariz, se detuvo para mirarme.
—¿La van a regañar, maestra? —preguntó con inocencia.
—No, Sofía. Seguro es solo... para hablar de las cartulinas —mentí, sintiendo un nudo en el estómago.
Cuando sonó el timbre del recreo, dejé a los niños bajo la supervisión de Laura en el patio. Al verme caminar hacia el edificio principal como alma en pena, ella me dedicó una mirada de curiosidad pura, pero yo no tenía energía para inventar una excusa.
Caminé por el pasillo sintiendo que mis propios pasos resonaban con demasiada fuerza. Toqué la puerta de la dirección temblando.
—Adelante —respondió esa voz grave y pausada desde el interior.
Abrí la puerta con cuidado. Sebastián estaba sentado detrás de su escritorio, revisando una serie de carpetas gubernamentales. La luz del sol entraba por el ventanal a sus espaldas, haciendo que el traje azul marino que vestía hoy se viera impecable.
—Tome asiento, maestra Camila —dijo, señalando la silla frente a él, sin levantar la vista del papel.
Me senté en el borde de la silla, apretando las manos sobre mis rodillas para que no notara el temblor.
—¿Me... me buscaba, director Varela? —logré decir, forzando un tono de voz profesional que falló miserablemente.
Sebastián cerró la carpeta con suavidad, entrelazó sus dedos sobre el escritorio y fijó sus ojos oscuros en mí. No había ira en su rostro; había una calma analítica que resultaba mucho más intimidante. Era la mirada de un depredador estudiando el comportamiento de una presa para ver si representaba una amenaza.
—He estado revisando las minutas de la administración anterior —comenzó a decir, inclinándose ligeramente hacia adelante—, y he notado que las evaluaciones de matemáticas de su grupo del año pasado tuvieron un descenso en el último trimestre. Quería saber su opinión profesional al respecto.
Pestañée un par de veces, confundida. ¿Evaluaciones de matemáticas?
—¿Las... las matemáticas? —repetí, confundida.
—Así es. Como nuevo director, es mi deber asegurarme de que el nivel académico no decaiga —respondió, y por primera vez una sonrisa sutil cruzó sus labios—. O... ¿pensó que la llamaba por algún otro asunto, maestra?
Era una trampa. Me estaba arrastrando a su terreno para ver si mis nervios me traicionaban y terminaba confesando lo que sabía. Él no iba a usar la fuerza bruta en una escuela; iba a usar la inteligencia.
Obligué a mi cerebro a reaccionar. Si quería que pensara que yo era solo una maestra distraída y tonta, le daría exactamente esa actuación.
—¡Ah, las matemáticas! Sí, por supuesto —dije, enderezando la espalda y desparramando una sonrisa exageradamente entusiasta—. Verá, director, el problema con las divisiones a esa edad es que los niños confunden los residuos. Justo el lunes, antes de... de mi pequeña e incómoda caída en el pasillo, estaba preparando un material didáctico con manzanas de plástico para que fuera más visual. A veces me distraigo tanto pensando en mis dinámicas que me vuelvo un peligro para mí misma. Ya sabe, voy por el pasillo con la cabeza en las nubes y los cuadernos volando.
Sebastián guardó silencio, escuchando mi discurso sin interrumpirme. Sus ojos no se apartaron de mi rostro ni un segundo, buscando la menor duda en mi tono. La tensión en la oficina se volvió tan densa que el sonido del reloj aturdía.
Finalmente, él estiró la mano hacia su escritorio y tomó mi teléfono celular, que yo había dejado allí de manera inconsciente junto a mi libreta al entrar. Mi corazón se detuvo.
—Se le queda esto, maestra —dijo, extendiéndome el aparato. Al hacerlo, sus dedos rozaron los míos. El contacto fue frío, pero una corriente eléctrica me recorrió el brazo—. Un consejo: una mente tan brillante para la enseñanza no debería ser tan descuidada con sus pertenencias. En este mundo, dejar herramientas al alcance de cualquiera puede ser... un error fatal.
La advertencia oculta detrás de la cortesía me golpeó. Me estaba diciendo que sabía que mi teléfono estaba limpio de grabaciones, pero que me mantendría bajo vigilancia.
—Le aseguro que tendré mucho más cuidado a partir de ahora, director Varela —respondí, poniéndome de pie y guardando el teléfono en mi bolso como si fuera un tesoro.
—No lo dudo, Camila —murmuró él, usando solo mi nombre por primera vez, con una inflexión ronca que me dejó sin respiración—. Puede regresar a su clase.
Salí de la oficina sintiendo las piernas de gelatina. Había logrado sobrevivir a su primer interrogatorio, pero al cerrar la puerta detrás de mí, supe que el juego del gato y el ratón apenas comenzaba. Sebastián no me iba a quitar los ojos de encima, y yo estaba a un solo error de distancia de descubrir qué tan letal podía llegar a ser el nuevo director.
