Capítulo 4 Sombras en el patio

El resto del miércoles y todo el jueves pasaron con aparente calma. Cumplí mi promesa de convertirme en un fantasma: me mantuve encerrada en mi aula, evité la cafetería y mantuve los ojos fijos en el suelo cada vez que pasaba cerca de la dirección. Sin embargo, la sensación de estar siendo observada no disminuyó. Sabía que Sebastián cumplía su parte del trato silencioso; vigilaba mis horarios, mis movimientos y, probablemente, mi nivel de nerviosismo.

El viernes por la mañana, la realidad volvió a tocar a mi puerta, recordándome que la escuela ya no era el lugar seguro de antes.

A las diez de la mañana, durante el primer receso, me encontraba en el patio vigilando que los niños de primer grado no convirtieran el pasamanos en una zona de combate. El sol brillaba y el aire estaba lleno de risas, gritos y el sonido de los balones rebotando contra el pavimento. Un escenario que se rompió cuando una camioneta gris de alta gama y vidrios oscuros cruzó la puerta trasera del colegio, reservada estrictamente para emergencias o proveedores autorizados.

El vehículo se estacionó de manera imponente en la zona prohibida, justo al lado del acceso directo a las oficinas administrativas.

De la camioneta bajó un hombre alto, de complexión robusta, vestido con una chaqueta de cuero negra que no combinaba con el clima primaveral. Caminaba con paso seguro y arrogante. Lo que más me llamó la atención fue la marcada cicatriz que atravesaba su mejilla izquierda y la forma en que sus ojos calculadores recorrieron el patio lleno de niños con total desprecio. No era el padre de ningún alumno, y definitivamente no traía material escolar.

El hombre avanzó directo hacia la oficina de Sebastián, sin detenerse a anunciarse en la secretaría general.

El miedo se sintió en mi pecho, pero junto a él, mi insufrible curiosidad despertó. Sabía que era una gran imprudencia, una locura que contradecía mi plan de supervivencia, pero necesitaba saber qué estaba pasando. Necesitaba confirmar si el peligro que acechaba al director estaba a punto de desbordarse hacia mis alumnos.

—Laura, ¿podrías cuidar a mi grupo cinco minutos? Olvidé registrar las asistencias en el sistema de la entrada —le mentí a mi colega, forzando una voz tranquila.

—Claro, ve tranquila. Pero no tardes, que Lucas hoy está insoportable —respondió ella, sin apartar la vista de los niños.

Me adentré en el edificio principal. Caminé a paso rápido pero silencioso, conteniendo la respiración a medida que me acercaba a la dirección.

La puerta de la oficina de Sebastián no estaba cerrada por completo. Dejé mi espalda pegada a la pared exterior, justo al lado del marco, y agudicé el oído. Desde el interior, las voces sonaban lejanas pero perfectamente entendibles. No había gritos, pero se podia percibir el peligro.

—Te dije que no vinieras aquí, Marcus —la voz de Sebastián sonaba baja, siseante, cargada de una furia—. Este es mi lugar de trabajo. Hay ojos por todas partes. No seas estúpido.

—A mí no me hables de estupidez, hermanito —respondió el hombre de la cicatriz, con una risa corta—. El jefe se está cansando de esperar. Quiere saber si ya localizaste los documentos de la zona norte que el viejo director escondió en este nido de ratas antes de que lo hiciéramos jubilarse. Estás aquí para una misión, Sebastián, no para jugar a ser el administrador del año.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. El director Gutiérrez no se había jubilado por enfermedad; lo habían obligado.

—Estoy en ello —protestó Sebastián, y escuché el crujido de su silla ejecutiva—. Pero auditar los archivos de una institución pública lleva tiempo si no quiero levantar sospechas con la junta escolar o el sindicato. Si la policía empieza a husmear en mis cuentas o en los registros de la escuela, todos caemos. Dile al jefe que cumpliré mi parte, pero que saques a tus hombres de mi ruta. Sé que me están siguiendo.

—Tienes hasta el próximo viernes, Sebastián —la voz de Marcus se volvió fría, perdiendo todo rastro de burla—. Si para ese día no tenemos los documentos en la mano, vendré yo mismo con el equipo a limpiar esta oficina. Y sabes perfectamente que a mí no me gusta dejar cabos sueltos, tengan la edad que tengan.

Escuché el sonido de unos pasos pesados moviéndose hacia la salida. Mi corazón se aceleró. Presa del pánico, miré a ambos lados del pasillo buscando una ruta de escape. Si intentaba correr, me vería de inmediato.

La única opción lógica a mi alcance era el pequeño cuarto de limpieza que se encontraba a escasos dos metros. Me deslicé hacia el interior con una rapidez que no sabía que poseía, empujando la puerta de madera hasta dejar solo una rendija para respirar.

A través del espacio, vi salir a Marcus. Se acomodó la chaqueta de cuero, se pasó una mano por la cicatriz de la mejilla y caminó hacia la salida trasera.

Un segundo después, Sebastián salió de la oficina. Su traje seguía impecable, pero su rostro reflejaba una tensión brutal; se pasó los dedos por el cabello oscuro, deshaciendo el peinado perfecto de la mañana, y apoyó una mano contra la pared, respirando con dificultad. Parecía un hombre cargando el peso del mundo sobre sus hombros.

Iba a regresar a su despacho cuando, de pronto, se detuvo en seco. Su mirada, entrenada para el peligro, se dirigió exactamente hacia la zona baja de la puerta del cuarto de limpieza.

Mis ojos se abrieron con horror. En mi prisa por esconderme, la punta de uno de mis zapatos planos sobresalía apenas un centímetro por debajo de la madera, rompiendo la línea del pasillo.

Sebastián fijó su vista en ese pequeño detalle. No dudó, no llamó a nadie y no hizo ruido. Caminó con pasos rápidos y decididos directo hacia mi escondite. Antes de que pudiera retroceder o inventar una nueva mentira sobre mi torpeza, la puerta se abrió de golpe, inundando el pequeño cuarto con la luz del pasillo.

Sebastián Varela entró al cuarto, cerró la puerta detrás de sí y pasó el cerrojo, atrapándonos a los dos en un espacio asfixiante entre escobas y botes de basura. Su respiración era agitada y sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de furia, frustración y un peligro inminente que me cortó la respiración.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo