Capítulo 5 Pacto de silencio
El espacio tan pequeño compartido con alguien más me hacia sentir claustrofóbica. El fuerte olor a cloro y desinfectante inundaba el aire, pero lo que realmente me impedía respirar era la cercanía de Sebastián. Estaba a pocos centímetros de mí, bloqueando la única salida con su cuerpo. Su perfume a madera se mezclaba con el ambiente químico, creando una combinación nada agradable.
—Director Varela… —comencé a decir, intentando con todas mis fuerzas que mi voz no temblara—, puedo explicarlo. El balde de agua de mi salón se rompió y yo…
—Le sugiero que no vuelva a insultar mi inteligencia, Camila —me interrumpió en un susurro áspero, que me dio esclofríos.
Antes de que pudiera asimilar el golpe de sus palabras, unos pasos pesados y lentos resonaron en el pasillo exterior. Marcus todavía no se había ido del todo; caminaba de regreso hacia la salida principal, pasando justo por delante del cuarto de aseo. El pánico me paralizó las cuerdas vocales, pero Sebastián reaccionó con la velocidad de un profesional.
Dio un paso al frente, pegando su cuerpo al mío y arrinconándome contra la estantería de metal llena de detergentes. Con un movimiento firme, rápido y protector, colocó la palma de su mano sobre mi boca.
El contacto de su piel, extrañamente cálida esta vez, me provocó un vuelco salvaje en el pecho. Estábamos tan ridículamente juntos que podía sentir los latidos acelerados de su corazón chocando contra mi propio pecho. El frío metal de su costoso reloj se presionaba levemente contra mi mejilla mientras él mantenía la mirada fija en la rendija de la puerta, con la mandíbula de piedra y los músculos de la espalda completamente tensos, usándose a sí mismo como un escudo humano entre el peligro exterior y yo.
La manija de la puerta se movió un milímetro. Alguien afuera apoyó la mano en el picaporte. Sostuve el aliento, cerrando los ojos con fuerza, esperando el estallido de la violencia. Pero tras un segundo eterno, los pasos de Marcus continuaron su camino hasta que el chirrido de la puerta trasera de la escuela indicó que había abandonado el edificio.
Sebastián no me soltó de inmediato. Retiró la mano de mi boca muy despacio, deslizando sus dedos por la línea de mi mandíbula en un gesto lento, casi inconsciente, que me dejó sin aliento. Cuando sus ojos oscuros volvieron a encontrarse con los míos en la oscuridad, ya no quedaba rastro del director impecable. Se veía exhausto, acorralado y profundamente humano.
—¿Sabe quién era ese hombre, verdad? —preguntó, bajando la voz.
—Su… su hermano —confesé en un susurro, entendiendo que seguir mintiendo sería mi sentencia de muerte—. Lo llamó Marcus. Y escuché lo del director Gutiérrez… y los documentos.
Sebastián soltó un suspiro amargo, apoyando una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza.
—Entonces comprende la gravedad de la situación, maestra Camila. Esto no es un juego de chismes de pasillo. El hombre que acaba de salir de aquí no tiene escrúpulos. Si descubre que una maestra de primaria sabe lo que estamos buscando en esta escuela, no dudará un segundo en eliminar el problema. Y yo no podré detenerlo.
El peligro real flotaba en el aire del pequeño cuarto. Sin embargo, al mirarlo de cerca, al notar el esfuerzo que hacía por mantener el control a pesar de la amenaza que pesaba sobre su propia familia, me di cuenta de algo que cambió mi perspectiva: él no era el monstruo. Estaba atrapado.
—¿Usted está en peligro? —le pregunté, ignorando por completo mi propio manual de supervivencia.
Sebastián se tensó, visiblemente desconcertado por mi pregunta. Supongo que esperaba que llorara, que negara todo o que suplicara por mi empleo, no que me preocupara por su seguridad. Sus facciones se suavizaron por una milésima de segundo, mirándome con una intensidad que me hizo olvidar el olor a cloro y el miedo.
—Eso no es de su incumbencia —respondió, recuperando su tono firme—. Lo único que debe importarle ahora es su propia seguridad. A partir de este momento, usted y yo vamos a establecer un pacto. Usted no vio nada, no escuchó nada y no conoce a mi hermano. A cambio, yo me encargaré de que nadie del exterior ponga un pie en su aula.
—¿Y qué pasa con la escuela? —repliqué, tratando de recuperar la sensatez—. Laura me vio salir de la dirección el otro día, y hoy me vio venir hacia acá. Las maestras ya están hablando de que… de que pasamos demasiado tiempo juntos.
Sebastián frunció el ceño, procesando la información con rapidez corporativa.
—Si intentamos distanciarnos de golpe ahora que los rumores han empezado, llamaremos más la atención. Marcus tiene ojos fuera de la escuela; si nota que actúo de forma extraña con el personal, investigará. Dejaremos que piensen lo que quieran dentro de la institución, pero bajo mis términos. Mañana la asignaré oficialmente como mi asistente en la auditoría de los archivos históricos de la escuela. Eso justificará que pase horas en mi oficina sin levantar sospechas ante la junta ni ante mi hermano. Cooperará conmigo, Camila. Es la única forma de mantener las apariencias y mantenerla a salvo.
Antes de que pudiera protestar o asimilar el peso de esa alianza forzada, la manija de la puerta volvió a sacudirse bruscamente desde el pasillo.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? Necesito el desinfectante para el pasillo —era la voz de la señora de la limpieza.
Sebastián retrocedió rapidamente, recuperando su postura y acomodándose el saco gris en un abrir y cerrar de ojos. Abrió la puerta justo antes de que la mujer volviera a intentar abrirla.
—Buenos días, Dolores —dijo Sebastián, mostrando una sonrisa perfectamente ensayada y profesional—. Justo le estaba indicando a la maestra Camila dónde se encuentran los suministros que solicitó para su aula. Con permiso.
Él salió al pasillo con su elegancia habitual, haciendo sonar con firmeza sus zapatos sobre el granito, dejándome atrás con un bote de desinfectante en la mano y el corazón latiendo a mil por hora. El peligro era real, la mafia estaba buscando algo en nuestra escuela, y yo acababa de convertirme en la aliada secreta del hombre más peligroso que había conocido en mi vida.
