Capítulo 6 El chisme de pasillo
Si hay algo que más rápido que la pólvora en una escuela primaria, es el chisme entre maestras durante la hora de la salida.
Para el lunes por la mañana, la atmósfera en la sala de profesores se sentía incómoda. Las miradas sutiles por encima de las tazas de café, los susurros que se cortaban de golpe en cuanto yo cruzaba la puerta y las sonrisas cómplices de las secretarias me indicaban que el plan de Sebastián de dejar que el chisme corriera para justificar nuestra cercanía estaba funcionando demasiado bien. Quizás demasiado.
—Maestra Camila —me abordó Laura en cuanto dejé mis cosas sobre el escritorio del aula—, ¿así que ahora eres la asistente personal de la dirección para la auditoría de archivos? Qué rápido te ganaste la confianza del jefe, ¿no?
Intenté mantener la calma mientras acomodaba mis marcadores.
—El director Varela necesita organizar las minutas de la administración anterior, Laura. Solo me pidió apoyo porque sabe que soy ordenada —mentí, sintiendo una punzada de culpa.
—Claro, ordenada —replicó ella con una ceja alzada y una sonrisa pícara—. Encerrarse en el cuarto de limpieza para "hablar de suministros" es una técnica de organización muy moderna. No te juzgo, Cami. El hombre es un monumento. Solo ten cuidado, las mamás del comité ya andan preguntando por qué el director pasa tanto tiempo contigo.
Tragué saliva y forcé una risa. La advertencia de Laura, aunque venía envuelta en humor, me encendió las alarmas. El peligro ya no solo venía del exterior con hombres como Marcus; ahora la presión social de la propia escuela amenazaba con desestabilizar la fachada que Sebastián intentaba construir.
A las dos de la tarde, durante mi hora libre, caminé hacia la dirección con un montón de notas bajo el brazo. El corazón me dio un vuelco cuando vi a la señora del comité de padres, una mujer de alta sociedad y gestos altaneros, saliendo de la oficina con el ceño fruncido. Al pasar a mi lado, me barrió con una mirada de arriba abajo antes de marcharse a paso firme.
Entré a la oficina con cautela. Sebastián estaba de pie junto al ventanal, observando el patio. Se había quitado el saco gris y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando una tensión física que no mostraba en las reuniones generales.
—La señora del comité no parecía muy feliz —comenté en voz baja, cerrando la puerta detrás de mí.
Sebastián no se giró de inmediato. Esperó unos segundos antes de volverse hacia mí, con esa calma analítica que empezaba a resultarme extrañamente familiar.
—La comunidad escolar es un nido de suposiciones, Camila —dijo, caminando hacia su escritorio—. Vino a exigir respuestas sobre los "rumores" de nuestro encuentro en el pasillo del viernes. Cree que un director soltero y una maestra no deberían compartir tanto tiempo a solas si queremos mantener la reputación de la institución.
Me senté en la silla frente a él, dejando el cuaderno sobre la mesa.
—¿Y qué le dijo?
—Le dije la verdad legal: que usted ha sido asignada formalmente a la revisión de los fondos históricos debido a una discrepancia en los presupuestos de materiales del año pasado. Le mostré el documento de asignación que redacté esta mañana —Sebastián señaló una hoja con el membrete oficial de la escuela—. Desarmar el chisme con documentos legales siempre funciona con la gente como ella.
Respiré aliviada, pero el alivio duró poco. Sebastián se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio. La distancia entre nosotros volvió a acortarse y sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una seriedad absoluta.
—Sin embargo, esto confirma lo que acordamos en el cuarto de limpieza. No podemos permitirnos un solo error. Si la junta escolar decide iniciar una investigación formal por cualquier queja menor, traerán auditores externos. Y si gente de fuera empieza a revisar los archivos antes que yo… Marcus se enterará.
—Entiendo —respondí, asimilando la gravedad de la situación. No era un juego romántico de oficina; cada rumor escolar era una grieta en su armadura contra la mafia—. ¿Por dónde empezamos a buscar?
Sebastián abrió un cajón bajo llave y sacó un viejo plano arquitectónico de la escuela. Lo extendió sobre la mesa, justo entre los dos.
—El director Gutiérrez guardaba un duplicado de los registros de la zona norte. Marcus cree que están escondidos en el sótano de archivo muerto, pero yo revisé ese lugar anoche y no hay nada. Tiene que haber un ala antigua o un depósito que no esté en el inventario actual. Necesito que use su conocimiento de la escuela, sus años aquí, para guiarme sin levantar sospechas.
Miré el plano gastado. Por primera vez, la dinámica entre nosotros cambió de un interrogatorio a una alianza real de necesidad mutua. Él necesitaba mi experiencia en la escuela; yo necesitaba su protección. Al acercarme para examinar el mapa, nuestras miradas volvieron a cruzarse a escasos centímetros. La tensión seguía ahí, pero ya no era solo el miedo al monstruo, sino la complicidad silenciosa de dos personas atrapadas en la misma jaula.
