
Por siempre mía
Selene Gremory · Completado · 127.2k Palabras
Introducción
Basta una mirada para enamorarse de Josefina, la hija de la cocinera. Pura, silenciosa y fuera de su mundo. En solo dos meses desafían las reglas, viven un amor intenso y ella queda embarazada.
Pero los Villamonte no perdonan.
Para proteger el apellido, deciden borrar a Josefina de la vida de Ricardo… haciéndole creer que está muerta. Destrozado y manipulado, él termina aceptando un matrimonio por conveniencia con una mujer a la que nunca amará.
Años después, el destino juega su carta más cruel.
Ricardo, ahora un hombre frío y poderoso, contrata a una misteriosa mujer como sumisa. No puede verla. No conoce su nombre. Solo sabe que lo consume como nadie antes… y por primera vez rompe su propia regla: nunca repetir con la misma mujer.
Sin saberlo, acaba de reencontrarse con la mujer que amó…
la mujer que creyó muerta…
la madre del hijo que nunca supo que existía.
Cuando las vendas caigan y la verdad salga a la luz,
¿el amor será suficiente para sobrevivir a la traición, los secretos y la venganza de una familia que aún mueve los hilos?
Un reencuentro prohibido.
Un pasado enterrado en mentiras.
Y una verdad que podría destruirlos a ambos.
Capítulo 1
Ricardo estaba harto de María y de su obsesión enfermiza por ser madre. Tenía la absoluta certeza de que ni siquiera poseía instinto maternal; lo que realmente la movía era el miedo. Miedo a que él terminara embarazando a cualquier mujer, a que apareciera un hijo bastardo… o peor aún, a que la madre de ese niño la destronara de la cómoda vida que llevaba.
Si supiera que eso era algo en lo que él jamás fallaría.
Nunca una mujer le haría perder la cabeza. Había amado una sola vez y el resultado había sido tan devastador que le bastó para toda una vida. De hecho, Ricardo estaba convencido de que el amor era un privilegio que no todos los seres humanos llegaban a conocer de verdad, y que quienes, como él, tenían la desdicha de encontrarlo, estaban condenados a vivir el resto de su existencia castigados por haberlo sentido… y luego perdido.
Ni siquiera estaba seguro de ser capaz de experimentar amor fraternal por un futuro hijo, y mucho menos de sacrificar sus responsabilidades, su tiempo o su vida para atenderlo. No. Ricardo era mucho más feliz así, sin arruinarle la existencia a ningún niño. La vida ya le había arrebatado, muchos años atrás, cualquier posibilidad de felicidad genuina, y era plenamente consciente de que no estaba hecho para criar hijos.
Además, el legado de su familia no se perdería.
Como decía el viejo refrán: a quien Dios no le da hijos, el diablo le da sobrinos. Y en su caso, el diablo se había lucido. Los hijos de Miguel, su hermano mayor, parecían haber sido gestados en las mismísimas llamas del infierno.
¿Quería ser padre? Sin duda, no.
Ni padre, ni verdugo emocional de ningún niño con su egoísmo. Porque si algo tenía claro, era que él mismo era lo único que le importaba: su felicidad, sus lujos, sus excesos, su vida a su manera. Él era el centro de su propio universo, y ni siquiera su esposa —con quien mantenía una relación correcta, funcional, pero vacía de un amor que jamás volvería a permitirse sentir— era imprescindible.
Y eso era lo mejor.
Rodearse de personas de las que pudiera desprenderse sin dificultad, sin remordimientos, sin dolor. No volver a cometer el error de aferrarse a alguien solo para experimentar, otra vez, la devastación de perderlo.
Necesitaba liberar esa tensión. Saciar sus instintos. Darle salida a esa parte oscura que había nacido en él hacía demasiado tiempo y que resultaba imposible mantener encerrada para siempre.
Esa era, precisamente, otra de las razones por las que ninguna mujer tendría jamás el privilegio de reclamarle un hijo ilegítimo.
Ricardo nunca repetía amante. Nunca.
Cada encuentro era único, irrepetible. Una mujer distinta cada noche. Ninguna conocía su verdadera identidad, y él tampoco la de ellas. Así se aseguraba de que ninguna pudiera buscarlo después, ni involucrarlo en escándalos innecesarios. A eso se sumaba el exhaustivo control que ejercía antes y después de cada encuentro.
Todas cobraban una suma considerable por esa única noche, pero las exigencias eran claras y no negociables: análisis médicos completos, inyección anticonceptiva obligatoria y la firma de un compromiso formal en el que debían informar a Julio —su hombre de confianza— cuando llegara la siguiente menstruación, cerrando así, de manera definitiva, cada contrato.
Porque, por supuesto, también se protegía con cláusulas estrictas de confidencialidad y consentimiento.
—Señor, estoy seguro de que la chica de hoy será de su completo agrado —le aseguró Julio.
Era él quien se encargaba de buscarlas, seleccionarlas y someterlas a todos los controles pertinentes, antes y después de pasar la noche con Ricardo. Nada quedaba al azar.
Aquella seguridad en su voz indicaba una cosa: la chica debía ser extraordinaria. Tal vez por su belleza… o por su habilidad para complacer. A Ricardo, en realidad, poco le importaba. Lo único que necesitaba era que firmara el contrato y se comprometiera a entregarse a sus deseos.
Siempre dejaba un espacio para que ellas establecieran límites. Límites que él respetaría. Aunque, la mayoría de las veces, eran perfectamente aceptables. Julio conocía bien los gustos de su patrón y jamás traería algo que no fuera a satisfacerlo.
Lo siguió hasta la mazmorra ya preparada.
La vio allí.
Perfecta.
De espaldas, vestida apenas con un conjunto de encaje negro que enmarcaba con precisión sus glúteos firmes. Su cabello, larguísimo y lacio, caía como una cascada oscura por su espalda, terminando justo al inicio de su trasero.
Ricardo esbozó una sonrisa ladeada mientras se desabrochaba los botones de la camisa y se arremangaba las mangas. Le hizo una seña a Julio para que se retirara y lo dejara a solas con ella.
Luego avanzó.
Se movía despacio, rodeándola, como un depredador que observa a su presa antes de cazarla. Cuando se detuvo frente a ella, comprobó que llevaba los ojos completamente cubiertos.
Era otra de sus reglas.
Todas debían llevar antifaz. No podían verlo. Y él tampoco debía reconocerlas después. No quería saber nada de ellas fuera de esas paredes. No buscaba intimidad. No buscaba afecto. Su vida era perfecta. Ordenada. Controlada.
—De rodillas —ordenó con voz firme, aunque serena—. Esta será la única cosa que voy a permitir que elijas tú.
Caminó hasta el armario de los juguetes, donde Julio solía dejarle el contrato. Se tomó unos instantes para leer los límites establecidos y sonrió, complacido, al comprobar que ninguno le resultaba imprescindible. Tomó una de las fustas, acariciándola con suavidad entre los dedos, y regresó frente a ella, observándola desde arriba.
—Dame tu palabra de seguridad.
—Agave… esa es mi palabra clave —respondió la chica tras unos segundos de silencio, como si analizara cuidadosamente cuál sería la más adecuada en su caso.
Ricardo no pudo evitar la leve sonrisa que se dibujó en sus labios al escucharla. Su familia se ganaba la vida con eso: eran dueños de la industria tequilera más importante de la región y una de las más exitosas del país, con exportación a nivel mundial. Poseían enormes plantaciones de agave por todo México. Por un instante, se preguntó qué tipo de vínculo tendría aquella mujer con esa palabra. Si algo había aprendido con los años, era que todas buscaban refugio y seguridad en aquello que les transmitía calma.
Llevó la fusta bajo la barbilla de la fémina y la obligó a alzar el rostro. Era la primera vez, en todos esos años, que deseaba ver más allá del antifaz. Estaba seguro de que el rostro que ocultaba debía ser hermoso. Incluso cubiertos, sus labios llamaban poderosamente su atención: perfectos, ni demasiado gruesos ni demasiado finos. Le vino un impulso inmediato de besarlos, de hincharlos con un beso cargado de deseo, de marcarlos con una mordida que los dejara enrojecidos.
Negó levemente y apartó la fusta de su barbilla, desconcertado por sus propios pensamientos. Él jamás besaba a esas mujeres. Su placer no nacía de la intimidad, sino del control, de la obediencia, de la entrega absoluta. Les daba placer y luego se marchaba. Nada más. Quizá parecía un hombre vacío… y lo era. Pero Ricardo no tenía intención alguna de llenarse. Estaba bien así: vacío, imperturbable.
—No hablarás, no llorarás ni gemirás sin mi permiso. Esas son mis normas —dijo con calma—. Lo único que tienes permitido decir en cualquier momento es tu palabra de seguridad. Si la pronuncias, detendré todo al instante, sin importar la situación.
Primero quería explorarla. Medir su resistencia, su entrega, su forma de reaccionar al placer… o a la falta de él.
—En pie… ahora —exigió, tomándola del brazo con firmeza, aunque sin ejercer presión.
La guió hasta las cadenas que colgaban del techo, previamente preparadas, con grilletes forrados en cuero negro. Le alzó los brazos y ató sus muñecas por encima de la cabeza.
Algo en ella lo desconcertó.
Las demás mujeres solían irradiar confianza, excitación, curiosidad o incluso desprecio. Pero en ella había otra cosa. Duda. Inexperiencia. Una fragilidad que no le resultaba familiar… y que, sin entender por qué, captó toda su atención.
Con las muñecas ya sujetas, recorrió sus brazos con los dedos, despacio, apreciando la suavidad de su piel. Una piel que disfrutaría marcar. Se quedó frente a ella en silencio, observando la forma en que se mordía el labio, como si se contuviera para no decir algo. Llevó el pulgar hasta su boca y lo deslizó con suavidad, intentando que relajara el gesto.
Ese simple movimiento lo provocó más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Quería saborear esos labios… y no podía permitírselo. Un beso era demasiado personal. El primer paso hacia una caída que no pensaba volver a sufrir.
—Olvida lo que dije antes —murmuró—. Tienes permitido hablar… y gemir, si lo necesitas. Dirígete a mí como “señor”, gatita.
Se alejó hacia el armario de herramientas y juguetes, todos de su propiedad. De hecho, pagaba al dueño del burdel una suma considerable por tener aquella mazmorra en exclusiva para sus prácticas. Tomó un bisturí y regresó hacia ella. Ni siquiera habían comenzado, y ya había algo en esa mujer que lo fascinaba peligrosamente.
Deslizó el bisturí por su escote con la parte que no cortaba, lento, deliberado, hasta llegar al pequeño trozo de tela que unía el brasier. Solo entonces utilizó la cuchilla. La tela cedió, y sus senos se liberaron ante su mirada, con pezones rosados y tensos que parecían invitarlo a probarlos.
Pero no aún.
Primero debía desnudarla por completo.
Rompió los tirantes y dejó que la prenda cayera al suelo. Luego se arrodilló entre sus piernas y volvió a pasar el bisturí por sus muslos, siempre usando el lado romo. Disfrutaba de la lentitud, del tormento anticipado, de observar cada reacción. Rasgó los laterales de aquellas braguitas brasileñas y las dejó caer junto al sujetador roto.
Aprovechando su posición, tomó otra herramienta: una barra separadora. Le excitaba obligarlas a permanecer abiertas, vulnerables, sin posibilidad de cerrarse.
La sujetó a sus tobillos, forzándola a mantener las piernas separadas. Sabía que aquello le causaría incomodidad: apenas podría apoyarse de puntillas, y el peso de su cuerpo recaería sobre sus muñecas atadas.
Ahora sí.
Estaba completamente expuesta.
Preparada para él.
Y Ricardo estaba listo para empezar a descubrirla.
Últimos capítulos
#100 Capítulo 100 Nadie puede ser más bella que tú.
Última actualización: 3/23/2026#99 Capítulo 99 Debemos de aparentar que todo nos duele.
Última actualización: 3/23/2026#98 Capítulo 98 ¿Por dónde es que vamos a salir?
Última actualización: 3/23/2026#97 Capítulo 97 Tienes que venir y arreglar esto.
Última actualización: 3/23/2026#96 Capítulo 96 Yo no siento nada por María.
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Última actualización: 3/23/2026#93 Capítulo 93 Usted quería que le diera trabajo.
Última actualización: 3/23/2026#92 Capítulo 92 Hace mucho que nadie viene por aquí
Última actualización: 3/23/2026#91 Capítulo 91 Si, ya estamos listos.
Última actualización: 3/23/2026
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