Capítulo 7 ¿Quieres que pare?
Josefina sentía que su corazón latía con demasiada rapidez mientras él la observaba. Estaba impaciente por escuchar lo que tenía que decir sobre su aspecto. No solo su pulso parecía fuera de control; el calor de su cuerpo se había intensificado.
Lo sabía porque su piel ardía, y no solo la de su rostro. Cada centímetro parecía incendiarse bajo la mirada detenida de Ricardo. Su deseo era tan evidente que incluso ella, inexperta e inocente, podía percibirlo. Y lo que esa atención despertaba en su interior no se parecía a nada que hubiera sentido antes. Su piel hormigueaba, como si reclamara algo que no sabía definir, y esa sensación crecía conforme la mirada de él se volvía más intensa, concentrándose poco a poco en el centro de su bajo vientre.
—Yo… yo… —lo único que sabía era que estaba a punto de entrar al probador para cambiarse cuando él la empujó suavemente hacia dentro y comenzó no solo a tocarla, sino también a besarla de esa manera que le robaba el aliento y la voluntad en un instante, de esa forma imposible de no corresponder.
No sabía cómo reaccionar ni qué decir. Jamás había estado así con nadie y tampoco quería ofenderlo. No sabía casi nada, pero su contacto le provocaba sensaciones que no deseaba que se detuvieran. Al mismo tiempo, se libraba una lucha entre su cuerpo y su mente: esta última le advertía que aquello no estaba bien, pero los latidos de su corazón se imponían, cada vez más fuertes, apagando el ruido de su conciencia hasta volverlo lejano.
Intentó empujarlo, aunque sin la fuerza suficiente como para que él lo notara; tal vez ni siquiera lo hizo, quizá solo lo pensó. En ese momento no estaba segura de nada.
Cerró los ojos, rindiéndose por fin a lo que estaba sucediendo, disfrutando de su toque.
—No… espera… yo… por favor…
—¿Quieres que pare? —preguntó él, inclinándose para lamerla lentamente.
Ricardo podía sentir lo tensa que estaba, la forma en que su cuerpo reaccionaba ante cada caricia. Era evidente que no había compartido su intimidad con nadie antes, y aquella certeza despertó en él una mezcla peligrosa de control y deseo. Por ahora se limitaría a hacerla disfrutar, aunque eso significara contenerse.
—Dímelo una vez más y pararé —murmuró—, pero creo que esto te gusta.
—Esto es… —Josefina se arqueó de golpe, abriendo los ojos al sentir la primera oleada de algo desconocido, pero intensamente placentero. Ese roce preciso le hizo olvidar incluso la postura vulnerable en la que se encontraba.
Al ver su reacción, Ricardo intensificó el movimiento de su lengua sobre su clítoris, observándola atentamente desde su posición, atento a cualquier señal. Nunca había visto una expresión tan hermosa como la que tenía Josefina en ese instante: la inocencia cediendo paso al deseo, reflejada en su rostro de una forma que sabía jamás olvidaría.
Siguió lamiendo con un movimiento lento y torturante, notando cómo ese pequeño punto de placer se endurecía, cómo su cuerpo respondía y se humedecía, preparándose sin que ella fuera del todo consciente de ello.
—Sí… así, no pares… —susurró al fin, vencida por completo por el placer.
Se había tocado alguna vez, a solas, pero nada se comparaba con lo que Ricardo le estaba haciendo sentir ahora.
—Así… disfrútalo… —exigió él al escucharla, llevando los dedos de su otra mano hasta donde nacía esa humedad, acariciando y presionando con cuidado, sin llegar a penetrarla. No por falta de ganas, sino porque no era ahí donde quería que recordara su primera vez.
Descendió hasta donde estaban sus dedos y la probó, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba con una intensidad que no pudo ocultar. Aun así, apenas la rozó con la punta de la lengua, comprobando la resistencia de su cuerpo mientras seguía estimulándola con el pulgar.
—No pares —pidió ella con más fuerza, entre gemidos, llevando las manos a su cabello y tirando de él con timidez.
Ricardo no pensaba detenerse. No hasta sentirla correrse en su boca, hasta ver su expresión en el instante exacto en que el placer la desbordara y saber, con absoluta certeza, que había sido él quien lo había provocado.
Hundió la lengua un poco más, mientras con el pulgar seguía estimulando su clítoris, ya hinchado y sonrojado. Jamás en su vida había disfrutado así al ver a una mujer. Siempre se había preocupado por que sus amantes también sintieran placer, aunque normalmente el suyo era lo que más importaba. Pero esta vez era distinto. Por primera vez experimentaba el deseo de disfrutar a través del placer ajeno, de verla abandonarse a lo que él le provocaba, de escucharla pedirle que continuara, empujado por esos gemidos que escapaban de su boca incluso cuando intentaba contenerlos.
Volvió a subir con una lamida lenta e intensa hasta la zona más sensible de su sexo, ahora completamente empapada. Estaba llena de su sabor, de su aroma, y aun así quería más. Se sentía como un hombre sediento bebiendo del único manantial que había encontrado tras días de sequía, decidido a no desperdiciar ni una sola gota.
Sus manos subieron hasta sus senos para amasarlos con cierta brusquedad, apretando los pezones hasta provocarle un leve dolor, solo para después suavizar el toque, alternando intensidad y cuidado, sin dejar de beber de ella.
Josefina se tensó de pronto, rígida como una cuerda a punto de romperse. Un cosquilleo intenso recorrió su interior, apoderándose de todo su cuerpo ante el placer que la lengua y los dedos de Ricardo le estaban provocando.
Estaba extasiada, perdida. Cuando él apretó sus pezones, ella gimió con fuerza, llevándose una mano a la boca para ahogar los sonidos que no podía controlar, mientras con la otra tiraba del cabello negro de su amante, empujándolo a ir más rápido, más profundo, más intenso. No había otra forma de definirlo: era puro placer.
—Yo… yo… —intentó decir, pero fue inútil.
No pudo contenerse más. Se dejó arrastrar por el orgasmo, por primera vez sintiendo cómo todo en su interior, sobre todo en su bajo vientre, explotaba y la liberaba.
—Yo… Ricardo…
Él continuó lamiéndola hasta dejarla completamente limpia de sus propios jugos, sintiendo cómo su cuerpo se contraía una y otra vez bajo su boca. Entre tanto, luchaba con un problema evidente entre las piernas.
—Estuviste espectacular… deberías haber visto lo que yo vi —murmuró al incorporarse para buscar su boca y besarla con pasión, permitiéndole saborearse a sí misma en ese beso, mientras sus dedos recorrían su piel con caricias lentas.
—Vístete, cariño. Te espero fuera. Yo también voy a ponerme mi bañador.
Y a aliviar el problema que tengo entre las piernas, pensó.
Pasó al otro vestidor y no necesitó más que cerrar la mano sobre su erección y deslizarla un par de veces para correrse. Aquello había sido demasiado para resistirlo. Apoyó la frente contra la pared durante unos segundos, respiró hondo y finalmente se vistió.
Se colocó el bañador y la playera que había dejado preparada, salió para pagar y pidió que dejaran las bolsas con la ropa apartadas hasta su regreso. No podían llevarlo todo a la playa; sería incómodo.
Josefina apenas entendía qué había pasado. Incluso después del beso, todo se sentía confuso, irreal, fuera de lugar. Se vistió de forma mecánica y salió del probador tras unos minutos, cuando por fin su respiración y su corazón le dieron una tregua. Aun así, al ponerse de pie, sus piernas temblaron ligeramente.
Al salir lo encontró pagando en el mostrador. Su rostro ardía y lo único que deseaba era marcharse. No fue capaz de mirar a la dependienta; era imposible que no supiera lo que había ocurrido en ese vestidor.
No quiso comprobarlo. En lugar de acercarse, esperó en la puerta.
—¿Y las bolsas? —preguntó cuando lo vio acercarse solo con las toallas que acababa de comprar.
