Capítulo 8 Debes tener cuidado, Josefina.

Ricardo era plenamente consciente de que se había comportado como un imbécil. Tal vez incluso se había aprovechado de la inexperiencia de Josefina para llevarla hasta ese punto. Lo sabía. Y aun así, no se arrepentía.

Al contrario.

Nada iba a arrancarle de la cabeza la idea de hacerla suya.

La observó mientras caminaba hacia el mar con ese traje de baño de dos piezas que parecía hecho para ella. El agua salada rozaba sus piernas con una devoción que le resultaba insoportablemente provocadora, como si el océano mismo la reclamara. Sintió un impulso irracional, casi primitivo, de apartar al mar, de reclamar ese cuerpo como territorio propio.

Le molestaban las olas que se atrevían a tocarla.

El sol que se posaba sobre su piel sin permiso.

La sal que se adhería a ella como si tuviera derecho.

Se sorprendió imaginándose quitándosela con la boca, borrando cualquier rastro que no fuera suyo.

Josefina, en cambio, seguía atrapada en una nube de confusión. Todo lo que había ocurrido entre ellos se amontonaba en su mente sin orden ni lógica. Las palabras de su madre regresaban una y otra vez, como un eco insistente que no lograba acallar.

Debes tener cuidado, Josefina. Los hombres son tramposos. Harán lo que sea por tomar lo que quieren. Y si lo consiguen demasiado pronto, no tendrán que prometer nada.

Sabía que su madre no hablaba por capricho. Cada advertencia nacía del miedo, de la experiencia, de un peligro real. Y aun así… nada de eso encajaba del todo con lo que sentía ahora.

Nadie la había mirado como Ricardo.

Nadie la había tocado de ese modo.

Nadie la había hecho sentirse vista… deseada.

¿Por qué debía alejarse de él si una parte de su cuerpo, de su pecho, de su vientre, le pedía quedarse?

¿Por qué negarle algo que ella misma deseaba, aunque no supiera ponerle nombre?

No había razones claras para pensar que Ricardo quisiera hacerle daño. Tal vez solo quería conocerla. Tal vez solo deseaba pasar tiempo con ella. Ser ese amigo que nunca había tenido.

O quizá algo más.

Y aunque no entendía nada de relaciones, ni de hombres, ni de promesas, Josefina tenía una certeza absoluta: Ricardo le gustaba. Mucho más de lo que estaba preparada para admitir.

—Jamás había estado en un lugar así —dijo al sentir cómo el agua la rodeaba, avanzando poco a poco entre las olas.

El movimiento del mar era distinto al del lago. Más fuerte. Más vivo. El lago era tranquilo, predecible, casi dócil. El mar, en cambio, se movía con una voluntad propia, empujándola, obligándola a adaptarse.

Le gustó. Era como la vida misma: impredecible, intensa, capaz de derribarla en cualquier momento… pero también de dejarla levantarse después.

Pensó que el lago se parecía demasiado a lo que siempre había sido su mundo.

El mar, en cambio, se parecía peligrosamente a Ricardo.

Hermoso.

Abierto.

Y capaz de arrasarlo todo sin previo aviso. Justo como lo eran los tsunamis.

—Vamos, no está tan fría… —aseguró Ricardo, tirando suavemente de su mano hasta que el agua le llegó a la cintura. A Josefina le subió un poco más, justo por debajo del pecho, provocando que el frío marcara su cuerpo a través de la tela y le erizara la piel.

Él lo notó. Claro que lo notó.

—Yo la siento un poco fría… pero es perfecta —respondió ella, distraída por un pequeño barco que se movía a lo lejos.

Ricardo siguió la dirección de su mirada y frunció apenas el ceño.

—No mires tan lejos —dijo con calma, aunque su tono llevaba algo más—. Quédate aquí.

Antes de que ella pudiera reaccionar, ya estaba a su espalda, rodeándola con los brazos. Su cuerpo se pegó al de ella con naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido allí.

—¿Habías visto alguna vez la playa? —murmuró cerca de su oído—. Es como esa laguna en la que te bañas… pero más grande. Más libre. Más peligrosa.

Sus manos se deslizaron con lentitud, firmes, posesivas, manteniéndola en su sitio mientras el mar se movía a su alrededor.

—Lo mejor es cuando está así, tranquila —continuó—. Puedes ver el horizonte claramente, como si alguien hubiera trazado una línea perfecta entre el cielo y el océano. —Hizo una pausa—. Me habría gustado que vieras el atardecer… pero no quiero que el mar te quite más de lo que ya me ha quitado hoy.

—Entonces esperaré ansiosa ese día, Ricardo —susurró ella.

Todo dejó de importar en el instante en que él volvió a ocupar su espalda. Su presencia la envolvió por completo, anulando el murmullo del agua, el viento, incluso sus pensamientos.

Ricardo bajó a besarle el cuello con lentitud, cerrando los ojos al saborear su piel salada. El mar podía tocarla, sí… pero solo él podía hacerlo así.

—Habrá muchos días como este, mi hermosa ninfa —aseguró—. No me basta con tenerte solo hoy.

La giró hasta ponerla frente a él. El agua ya les rozaba el cuello; Josefina apenas tocaba el fondo. Ricardo la sostuvo con firmeza, acarició su cintura y, sin esfuerzo, la alzó. Ella se aferró a él de inmediato, enredando las piernas alrededor de su cuerpo.

—Es imposible tenerte tan cerca y no tocarte —confesó, mirándola fijamente—. Sé mi novia.

No fue una orden. Tampoco una simple pregunta. Fue una certeza dicha en voz baja.

—Sí… acepto ser tu novia —respondió ella sin vacilar.

No se preguntó si era pronto ni si era correcto. Alguien como Ricardo mirándola así, deseándola así, era algo que jamás había imaginado.

—Tu boca… —susurró él antes de besarla.

La estrechó más contra su cuerpo, lo suficiente para que ella sintiera su tensión a través de la tela mojada. El mar los mecía, pero era Ricardo quien marcaba el ritmo, quien la sostenía, quien no la dejaba ir.

—Solo un poco, Josefina… —pidió cerca de su oído—. No quiero que el mar sea el único que te haga sentir cosas hoy.

Besó su cuello otra vez, controlándose apenas, aunque el impulso de marcarla estuvo ahí, latente.

—Puedes… hazlo… —aceptó ella en un murmullo.

No porque se sintiera obligada.

Sino porque, en ese instante, no deseaba nada más que quedarse allí… sostenida por él, rodeada por el mar, sin saber aún que acababa de ceder algo más que su cuerpo.

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