
Poséeme
mayte ferreira · Completado · 104.3k Palabras
Introducción
Con una personalidad totalmente opuesta a la de él, termina siendo seducida y arrastrada por completo a su mundo lujurioso, donde deberá arrodillarse a los deseos de un hombre que se cree el amo supremo de su vida y de su cuerpo, quien para obtener de ella lo que desea le ofrecerá un acuerdo, al cual, aunque quisiera, no se podrá negar: pagar el tratamiento completo de su hermana paralítica. Sin embargo, para ello no deberá romper ninguna de las tres cláusulas importantes del acuerdo:
Discreción: Nada de lo que suceda en la intimidad de ambos debe filtrarse.
Exclusividad: No puede estar con ningún otro hombre a no ser que él lo autorice.
Prohibición: No puede tener ninigun tipo de manifestación emocional hacia él. Esto incluyen los besos, que no puede darle, por lo que tiene prohibido enamorarse de él.
¿Aceptará Abril arrodillarse a los placeres sexuales poco comunes de Santino Rivas a cambio del dinero? Aun así, ¿podrán ser capaces de no infringir ninguna de esas cláusulas?
Capítulo 1
ACLARACIÓN:
SAGA EXTASIS. este libro es el primer título de la saga
LIBRO1: POSÉEME
LIBRO2: OBEDECE MIS REGLAS
LIBRO3: A SUS ÓRDENES, SEÑOR.
LIBRO 4:VAS A SER MÍA.
LIBRO 5: JEFE PERVERSO.
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—Declaro al señor Carlos Albertos Sáenz inocente de culpa y cargo, debiendo el Estado pagar una indemnización por la suma total de 1 200 000 pesos, los mismos que deberán depositarse en el término de 30 días empezando desde hoy. ¡He dicho! —Y se oyó el fuerte sonido del martillo golpeando esa pequeña tarima de madera, lo que dio por finalizada la sesión.
Santino Rivas ganaba un nuevo caso una vez más. En doce años de carrera nunca había perdido uno, y eso lo llevó a ser considerado el abogado más exitoso y mejor remunerado de los últimos tiempos. Por ello, no cualquiera tenía el poder adquisitivo para pagar sus servicios, y este era uno de esos casos.
El señor Carlos Alberto Sáenz había sido inculpado de un homicidio, pero resultó ser inocente, y gracias a Rivas no solo pudo conseguir su libertad, sino también una gratificación por haber sido inculpado injustamente.
—Felicitaciones, doctor Rivas —le habló uno de su equipo de abogados.
Él solo le hizo señas con su cabeza en agradecimiento y siguió sin decir nada más.
Santino era del tipo de persona al que solo le importaba él mismo y ponía sus intereses por sobre el de los demás. Arrogante con aires de superioridad miraba al resto por debajo de sus hombros. Apático, incapaz de demostrar algún tipo de emoción por nadie no tenía deparo alguno en expresar lo único que le interesaba de cada quién que por necesidad caía en sus manos.
Si bien pertenecía a un bufete de abogados vip, él no buscaba hacer sociales con nadie. En definitiva, cumplía su horario laboral. Apenas les contestaba a sus colegas los saludos.
No había mujer en el edificio que no se quedara embobada al verlo pasar. La indiferencia con la que se comportaba con ellas lo hacía más deseable ante sus ojos.
Los años, exitosos, por cierto, de carrera que llevaba en ese bufete le habían dado uno de los lugares más privilegiados de todo el edificio, y ese era la oficina contigua a la del jefe. Santino era sinónimo de éxito. Sin embargo, lo que todos se preguntaban era sobre su vida personal, si en doce años no había mencionado siquiera una pareja. De hecho, no parecía amigable con nadie, solo los ignoraba. Su vida privada era todo un misterio. Algunos creían que era homosexual y otros afirmaban que una mujer le había roto el corazón, y por eso era frívolo con todos. La verdad solo él la sabía.
Él nunca se había enamorado. De hecho, no sabía ni cómo se sentía amar a alguien o incluso tener algún tipo de emoción por algo, aunque sea insignificante. No era el típico hombre que miraba una película de acción y se mimetizaba con el personaje masculino. Siquiera encendía su LED de 57 pulgadas. A pesar de que lo compró hacía cinco años, jamás le sacó el plástico ni mucho menos lo encendió. Pensándolo bien, tampoco sabía si funcionaba, solo lo tenía y ya.
Por donde pasara, las mujeres se volteaban a verlo.
En cada semáforo donde frenaba, no había persona que no se sintiera intimidada por su porte de hombre engreído y soberbio.
Pero esa mañana todo cambiaría.
Seis meses atrás
Abril Evans se preparaba para rendir una materia más de su carrera y poder pasar a tercero en la Universidad de Derecho. Toda la semana estuvo leyendo y releyendo porque soñaba con tener ese título en sus manos y darles a sus padres la alegría y el orgullo de tener una hija que, pese a la adversidad y al entorno de necesidad en el que vivía, pudo llegar a ser una profesional con mucho esfuerzo. Quería comprarles una casa sin importar que fuera pequeña. Una casa al fin. No obstante, el destino tenía preparado otra cosa.
Luego de darles un beso a Catalina, su hermana de 13 años, y a sus padres, ingresó al edificio sin saber que sería la última vez que vería a sus padres vivos y a su hermana de pie.
Cuando el reloj dio las once de la mañana, su celular sonó. Al fijarse en la pantalla del mismo, leyó Mamá. Un frío helado la atravesó, haciéndola sentir inquieta. Un presentimiento espantoso la invadió. Temió el tomar la llamada, pero lo hizo porque tal vez su madre se había olvidado de decirle algo. Quizá solo se sentía inquieta por haber pasado las últimas semanas durmiendo poco por el examen. Sin más, tomó aire y contestó.
—¿Hola? ¿Mamá?
Pese a decirse que todo estaba bien, algo en su pecho andaba mal. Podía respirar una atmósfera pesada.
—¿Hablo con la hija de la señora Susana Cervantes de Evans?
En ese momento sintió un dolor en su pecho y dejó caer la lapicera de su mano.
—Sí. ¿Qué pasó con mi mamá? ¿Mi papá? ¿Mi hermanita? —Comenzó a ponerse histérica. Ante el silencio de la persona que le hablaba, más nerviosa se sentía—. Por favor, señorita, ¿qué pasó con mi familia? —Entonces les puso atención a los sonidos de fondo. Eran ambulancias.
—Lamento informarle que el auto en el que venía la señora acompañada de un señor y una menor ha sido participe de un accidente, necesitamos que se acerque al Hospital Argerich. —El mundo se detuvo a su alrededor.
—¿Pero están bien? —preguntó con la voz entrecortada y al no escuchar respuesta, insistió a modo de súplica—: Por favor ¿Qué le pasó a mí mamá y mi papá? — No pudo contener más sus lágrimas, su corazón le avisaba que algo malo había ocurrido.
—Lo siento mucho, sus padres no sobrevivieron.
Ella no pudo escuchar lo que la persona en el teléfono dijo después, porque las lágrimas le nublaron los ojos y un dolor agudo atravesó su corazón y fragmentó su cuerpo.
Su llanto salió acompañado de un grito desgarrador que tomó por sorpresa a todos en el aula, a sus 80 compañeros, incluidos los docentes y asistentes.
—¡¿Qué sucede, Señorita Evans?! —indagó el profesor, pero ella solo se cubrió la boca y gritó entre sus manos. Entretanto, se arrodilló y realizó movimientos involuntarios hacia atrás y hacia delante.
En ese momento, su mejor amiga, Erika, agarró su celular, que estaba en el suelo, y se enteró del motivo por el cual su amiga se descompuso entre lágrimas en el suelo.
—¿Y dónde está internada la nena?
Los médicos le informaron que la ingresaron al hospital público más cercano hacía una hora y que se encontraba en gravísimo estado, que se la tenían que operar y que debían apersonarse a la clínica para que Abril pudiera firmar los papeles de la autorización dado que Catalina era menor.
—Inmediatamente estamos allí. —Colgó y ayudó a su amiga a levantarse—. Vamos, te voy a acompañar. Tenemos que ir al Hospital Argerich para que puedas firmar unos papeles.
Ellas se conocían y son amigas desde la secundaria. Aunque en el anteúltimo año tuvieron un enfrentamiento por el desgraciado que tenían por novio, el cual les mintió a las dos y del cual se vengaron en complicidad, lo que terminó de consolidar su amistad.
A Erika le tocaba la dura tarea de decirle qué sucedía con su hermana.
Los docentes le permitieron la salida y le brindaron todo su apoyo por si necesitaban algo, pero Abril solo tenía un millón de preguntas en su cabeza y entre ellas: ¿Cómo pasó? Y ¿Quién había sido el culpable si es que lo había?
Cuando llegaron a destino y tras averiguar en la Guardia, firmó los papeles para la operación y tuvo la dolorosa tarea de reconocer los cuerpos de sus padres en la morgue. Aunque Erika le dijo que no lo hiciera, ella se sentía fuerte, dentro de todo, para verlos en ese estado y por última vez.
El médico le había explicado en detalle la gravedad de la lesión en la columna vertebral y en la cabeza de su hermana y tristemente si llegaba a sobrevivir, era muy probable que no volviera a caminar. Escuchar esto provocó que en la chica todo se derrumbara, porque de un segundo a otro perdía todo. En la mañana era la mujer más feliz del mundo y horas más tarde pensaba de dónde sacaría dinero para enterrar a sus padres muertos.
Cuando vio a unos policías, comenzó a bombardearlos con preguntas, pero estos no respondieron a una sola. Estaba desesperada y necesitaba respuestas, pero de momento a otro ve en las noticias de Crónica TV el accidente de sus padres.
Testigos decían que se trataba de un desalmado que viajaba a toda velocidad y aparentemente alcoholizado a contra mano y a más de 100 km por hora. Lo peor del caso era que el tipo es un diputado de la nación. ¿Qué probabilidades existían de que una personalidad poderosa como él se lo condenara por el crimen de gente pobre y humilde sin poner sus influencias en juego? Ninguna. Eso era una batalla perdida. Sin embargo, eso no era todo lo que debía enfrentar porque a los dos meses perdió la casa, pues la misma estaba hipotecada; sus padres eran los únicos que podían abonarla y, aun así, debían porque su madre se desempeña como empleada doméstica y su padre como maestro panadero en la panadería de barrio. Por eso, al morirse y al no tener con qué pagar, el banco pasó con el remate de la misma, por lo que, además de quedar huérfanas, ahora estaban en la calle, pero, por suerte, Erika, que vivía sola, les prestó una parte de su departamento. Allí era donde vivían.
Ella la ayudaba con Catalina, quien se manejaba en silla de ruedas, la que consiguió gracias a que la abuela de su novio había muerto hacía un año y se la regaló, y pese a tener que asistir a un colegio especial por su condición, la realidad era que la niña no tenía deseos de vivir. Sus sueños de llegar a ser bailarina algún día, estaban hechos pedazos. Por otra parte, Abril apenas podía cubrir sus gastos y los de su hermana con el miserable sueldo que ganaba en la tienda de alimentos dietéticos. Encima el médico le había dado esperanzas a Cathy, de volver a caminar con la ayuda de unos implantes de estimulación medular, pero el tratamiento completo que dura aproximadamente un año, se realiza en Estados Unidos y tiene un valor de 200 000 dólares, cifra imposible de juntar, dado que a pesos se trata de mas de 40 000 000. ¿De dónde los sacaría? Ella no quería romper la ilusión de la niña, pero jamás podría costear ese tratamiento. Sin embargo, una mañana, seis meses más tarde, su vida cambiaría por completo.
En la actualidad
Santino conducía su Mercedes – Benz Clase C 2022 de color blanco, uno de los nuevos y mejores de la marca, desinteresado por las calles de Buenos Aires, sin imaginar lo que el destino le tenía preparado.
Abril quién por su necesidad, se vio obligada a tomar un trabajo a contra turno y realizaba repartos de comida rápida en una bicicleta que en cada dos por tres se le pinchaba la rueda y la dejaba a pie maldiciendo al tipo que se la vendió.
Ella se sentía tan frustrada de haber tenido que dejar sus estudios para poder darle a su hermana esa operación que tanto necesitaba, con la que tanto soñaba, que se sobre exigía para que la niña pudiera volver a usar sus piernas, aunque ella se hundía en un pozo del cual sabía que no podría salir tan fácil. De hecho, dudaba que alguna vez pudiera hacerlo, pero esa mañana las cosas iban a dar un vuelco en su vida.
Cuando el semáforo se puso en rojo y le dio el paso a Santino de avanzar, no vio venir a una joven en su bicicleta, que cruzaba con rapidez para poder llegar con los horarios, y terminó por embestirla. Gracias a Dios apenas le tocó la rueda delantera, pero, aun así, provocó que cayera al piso. Un pequeño rasguño surgió en sus rodillas, que iban desnudas porque usaba un short por el calor.
—Pero ¡¿sos idiota?! —gritó al darse cuenta de que el contenido de las bandejas, estaba esparcido por toda la calle— ¡¿Pensás quedarte ahí o me vas ayudar?!
Ni bien impactó su auto con la bicicleta él bajó de inmediato, pero al ver que la chica estaba bien y que no le había sucedido nada posó toda su atención en la trompa del auto, que al parecer tenía un rayón. Cuando se dio cuenta de lo que cómo lo llamó, solo se paró a mirarla desde lo alto. No fue su culpa, ella cruzó mal ¿Por qué debía ayudarla y ensuciarse el traje? Después de todo, su bicicleta le había provocado un rayón a su carísimo auto y él tendría que hacerse cargo.
—Ay, Dios, estos tipos no saben lo que es la humildad —la escuchó decir en tono enojado. Sintió que ese comentario fue para él.
—¿Perdón? ¿Se refirió a mi persona como «estos tipos»?
Cuando Abril consiguió juntar todas las bandejas y como pudo poner en pie su bicicleta, acomodó en el canasto los paquetes y le dedicó toda su atención.
—Sí, ¿algún problema? —preguntó desafiante. Si había algo que detestaba, era la falta de respeto de las personas y más si venían de individuos como él.
Y para él había dos cosas que le molestaban más que nada.
1. Que se dirigieran a él con los términos que ella utilizó porque sostenía que era una total falta de respeto.
2. Que se metieran con su bien más preciado: su auto.
—Tiene que disculparse —le dijo serio y tajante. Ella comenzó a mirar a ambos lados. Al advertir que su expresión no cambiaba en lo absoluto, le preguntó a quién le hablaba—. Usted. Debe disculparse inmediatamente.
Ella puso sus manos en la cadera y soltó una gran carcajada.
—Vos sí que estás mal de la cabeza.
Él sintió como una ofensa sus dichos e insistió en que se disculpara.
Abril odiaba a los hombres como él, arrogantes con ínfulas de amo y supremo del mundo y todos los que habitan en el, pero ella no sería parte de ese «todos» sin más. Se acercó más a él.
Él extendió su mano y ella se detuvo en seco.
—Está invadiendo mi espacio personal. Exijo unas disculpas inmediatamente.
Entonces, cansada de la soberbia de ese hombre, dio por terminada la conversación.
—¿Sabes qué? —Sonrió. Entretanto, él esperó paciente esas disculpas, las cuales ni en sus sueños llegarían—. ¡Matate imbécil! —Y se fue para continuar con su trabajo.
En cambio, él se quedó parado y sin comprender.
Era la primera vez que le decían «no» a algo que él proponía.
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