Capítulo 4 Capítulo 4
Me quedé tendida en la cama, los brazos extendidos a los costados, mirando el techo blanco e impasible. Me hervía la sangre; me sentía decepcionada. Nada de esto estaba en el plan. Mi pequeña broma ahora se convirtió en estúpida.
¿Y ahora qué? ¿Cuál era mi próximo movimiento? Estaba atrapada en la mentira más grande de todas: la de ser una inválida mental que no recordaba su propia vida. Cualquier paso en falso me delataría y lo empeoraría todo.
Y ahora está esa conversación que acababa de oír. Jasper no solo me había traicionado a mí, sino que también había mentido descaradamente a mis padres. Les había vendido esta farsa. "Van a llevar la situación con calma", había dicho. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que él se cansara de su "libertad"? El nivel de su egoísmo era tan… tan grande, que no podía con tanto porque me daban ganas de vomitar.
En ese momento de rabia, la puerta de la habitación se abrió.
Me incorporé de golpe; el corazón me palpitó con fuerza. Era Vincent. Se detuvo en el umbral, con esa elegancia innata que parecía impregnar hasta su forma más simple de moverse. Nos quedamos ahí, con la distancia de la habitación entre nosotros, nuestras miradas enredándose. Lo evitaba, pero al mismo tiempo lo veía; solo quería ver cuál era su reacción ante todo esto, y parece que él hacía lo mismo.
—¿Jasper... se fue? —pregunté, haciendo un esfuerzo por sonar débil y no como si acabara de escuchar cada palabra de su conversación.
Él negó con la cabeza ligeramente. —Sí, ya se fue.
Perfecto, pensé, y una parte de mí, una parte peligrosa que empezaba a despertar, se frotó las manos mentalmente. Ahora estamos solos.
Suspiré profundo. Y entonces, como si nada de lo que estaba pasando no fuera suficiente, mi estómago gruñó. Me mortifiqué al instante, frunciendo el ceño y desviando la mirada hacia la ventana, deseando que el suelo me tragara.
Una sonrisa, pequeña pero genuina, asomó en los labios de Vincent. Era la primera vez que lo veía sonreír de verdad, y el efecto fue desconcertante. Su rostro severo se suavizó, haciéndose casi... approachable.
—Voy a preparar algo de cenar —dijo, su voz un poco más cálida.
—¡No! —protesté demasiado rápido, sintiendo que la vergüenza me teñía las mejillas de rojo—. No es necesario, de verdad. No quiero ser una molestia.
Él se encogió de hombros, un gesto extrañamente casual en él. —No es molestia, Luna. —Mi nombre en su boca fue extraño; siempre era un “señorita Carson”, pero nunca me llegó a llamar por mi nombre, un recordatorio de que, a pesar de todo, éramos dos personas reales atrapadas en esta ficción.
Me quedé mirándolo, sin palabras, y finalmente asentí con la cabeza, vencida por el hambre y por la curiosidad de ver cómo se desenvolvería esto.
Él se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en la puerta, girándose de nuevo. Su mirada se posó en mí, seria otra vez, pero con una consideración nueva.
—Antes de cenar... ¿Quieres tomar una ducha? —preguntó—. Te podría ayudar a sentirte... más tú.
Mis ojos se abrieron de par en par. La sugerencia era tan simple, tan práctica, y sin embargo, tan cargada de implicaciones. Una ducha. Lavar el olor a hospital de mi piel. Sentirme humana otra vez. Era lo único sensato que alguien había dicho en todo el día, y venía de la persona que era, supuestamente, mi novio.
Lo miré fijamente, buscando algún doble sentido, alguna trampa. Pero solo vi una oferta genuina. Asentí lentamente, sin poder articular una palabra.
—Está bien —dijo él—. Las toallas están en el armario. Grita si necesitas algo.
Y con eso, salió, cerrando la puerta suavemente detrás de él.
Me quedé sentada en la cama; su pregunta me hizo eco. "¿Quieres tomar una ducha?".
El baño era tan hermoso e imponente, tan amplio, revestido de mármol gris claro, con accesorios cromados y una ducha de lluvia empotrada en el techo. Todo estaba impecable, ordenado, sin una sola gota de agua fuera de lugar. Por un instante, me sentí como una intrusa. Pero la necesidad de lavarme la semana de hospital y la frustración acumulada pudieron más. Dejé caer la bata y me metí bajo el chorro de agua.
Fue la mejor decisión que pude tomar. El agua caliente cayó sobre mi piel como una bendición, lavando no solo el sudor y el olor a desinfectante, sino también una capa de la tensión que llevaba a cuestas. Cerré los ojos y dejé que el sonido envolvente del agua ahogara mis pensamientos. Por unos minutos gloriosos, solo sentía la sensación física del alivio, un lujo simple que nunca había apreciado tanto. Me sentí cómoda, casi en paz.
Pero, como toda tregua, fue breve. Al salir, envuelta en una toalla suave y con el vapor empañando los espejos, la realidad volvió a aplastarme. Necesitaba ropa.
Abrí la puerta del armario empotrado y contuve la respiración. Era más grande que mi antigua habitación completa. Y allí, dividido, de un lado, camisas impecablemente planchadas, trajes caros y suéteres de lana ordenados por color. Del otro, mis vestidos, mis jeans, mis blusas. Mis pantuflas de dragón descansaban junto a sus zapatos de cuero. Era una escena tan meticulosamente montada que daba miedo. Jasper y Vincent habían pensado en todo. El nivel de detalle era aterrador. ¿En qué momento les dio tiempo de pasar todas mis cosas? ¿Era necesario?
Sacudí la cabeza, elegí algo sencillo: unos leggings y una sudadera holgada. Al salir a la sala, me detuve en seco. Vincent estaba en la cocina, de espaldas a mí, con un delantal oscuro atado a su cintura sobre la camisa. La imagen era tan graciosa que casi solté una risa nerviosa. Vincent Rocha, el presidente de Aethelgard Studios, la empresa de videojuegos más grande del mundo, el hombre cuya mirada daba miedo, estaba cocinando.
Mi mente retrocedió a todas esas veces en la oficina: serio, distante, un muro de profesionalidad. En las salidas con Jasper, siempre en segundo plano, tomando fotos, siendo el amigo silencioso. Nunca lo había visto con una mujer que no fuera yo en contexto laboral. Parecía, como solía bromear Jasper, "alérgico al género femenino".
Él se percató de mi presencia y se volvió. No dijo nada, solo con un gesto señaló la mesa del comedor, donde ya había dos platos blancos e impecables. Sirvió una pasta con una salsa roja que olía a tomates frescos y albahaca, un aroma que le hizo agua la boca a mi estómago hambriento.
Me senté, sintiéndome extrañamente formal. Él colocó el plato frente a mí con un movimiento suave y se sentó al otro lado de la mesa. Comenzó a comer con una elegancia natural, sin hacer ruido. Yo probé un bocado. Estaba delicioso. Increíblemente delicioso.
—Está… increíble —dije, y mi voz sonó más sincera de lo que pretendía.
Él asintió, una sonrisa jugueteó en sus labios antes de desaparecer, y continuó comiendo. Sirvió jugo de naranja en dos copas altas, y el gesto me pareció tan considerado.
Mientras comía en silencio, lo observé. La manera discreta en que llevaba el tenedor a la boca, la calma con la que bebía. Por primera vez, no lo veía como el muro de hielo inexpugnable, ni como el cómplice de mi novio traicionero. Lo veía como un hombre. Un hombre que cocinaba pasta en un delantal y que, por alguna razón retorcida del destino, era ahora el centro de mi universo ficticio.
—¿Cómo te sientes? —La pregunta me salió antes de poder detenerla; dejé el tenedor a un lado.
Vincent se quedó quieto, el tenedor a medio camino de su boca. Me miró, claramente sorprendido por la pregunta.
—¿A qué te refieres?
—No puedo recordarlo —dije, reforzando mi personaje, pero con un dejo de verdadera urgencia—. No puedo recordar… nada. De nosotros. Esto debe ser tan extraño para ti como lo es para mí.
Su mirada se desvió hacia la ventana, como si buscara las palabras correctas. Luego, volvió a mirarme. Extendió su mano lentamente a través de la mesa y la colocó sobre la mía. Su piel estaba caliente, una marca firme y tranquilizadora sobre mi fría incertidumbre.
—Te dije que tomaría esto con calma —dijo; su voz era un susurro grave y serio—. Sé que esto puede parecer difícil. No espero que recuerdes. Pero podemos… podemos hacer recuerdos nuevos.
¿Qué acaba de decir?...
Sus palabras flotaron entre nosotros. Por un instante, olvidé que todo era una farsa; en el fondo, comencé a sentir… a querer que fuera real…
De repente, los ojos de Vincent se desviaron por encima de mi hombro, hacia la enorme ventana del living. Su expresión se transformó por completo. La calma se esfumó, reemplazada por una alerta. Su mandíbula se apretó.
—¿Qué pasa? —pregunté, alarmada por el cambio brusco.
Él no respondió de inmediato. Se levantó con movimientos lentos, sin hacer ruido, y se acercó a la ventana, ocultándose tras el borde de la cortina. Su espalda estaba rígida.
—Luna —dijo, sin volverse a mirarme; su voz era un susurro gélido que me heló la sangre—. Apaga la luz de la cocina. Ahora.
Una gota de sudor frío me recorrió la espina dorsal. Algo estaba mal. Algo muy mal. Con dedos temblorosos, busqué el interruptor.
¿Qué estaba pasando?...
