
Prohibido enamorarse de Vincent.
sofi sanz · En curso · 204.1k Palabras
Introducción
Obligada a sostener el engaño, Luna se muda con Vincent, un hombre de intenciones indescifrables que la atrapa en un juego de seducción y peligro donde las líneas entre la actuación y el deseo real comienzan a borrarse. Pero mientras Luna lidia con la traición y la ardiente atracción por su supuesto captor, descubre una verdad mucho más aterradora: el choque no fue un accidente. Alguien dentro de su propio círculo planeó su muerte y está listo para terminar el trabajo. En un laberinto de mentiras y pasiones prohibidas, Luna deberá descubrir en quién confiar antes de que el asesino vuelva a atacar.
Capítulo 1
El zumbido del proyector chocaba con la exposición de Ana. En la sala de juntas de Aethelgard Studios, Luna trazaba círculos en su cuaderno de notas, disimulando que su mente estaba en otra parte, contando las horas para salir de ahí.
"—...lo que necesitamos para Reign of Ashes II es expandir el arco del personaje de Kaelen. El primer juego fue un éxito por su mundo, pero los jugadores se enamoraron de su redención," —explicaba Ana, bajo la supervisión firme de la Jefa de Ideas y Seguimiento de Proyectos, Luna. Por fuera, era una mujer muy profesional. Por dentro, contaba los minutos para la cena que tenía con su novio Jasper en ese nuevo restaurante italiano al que tanto le insistía.
Llevaban juntos desde la universidad una vida construida a medias: el apartamento cómodo, las rutinas dominicales, la promesa de una boda para el año próximo. Era la imagen de la felicidad, enmarcada y colgada en la pared.
De repente, una voz grave cortó sus pensamientos. —Está perfecto. El enfoque de Ana es el correcto. La reunión ha terminado; quiero los avances para el lunes.
Era Vincent. El Ceo de Aethelgard Studios y, crucialmente, el mejor amigo de Jasper. Sus miradas se encontraron por un segundo. Siempre era así: un intercambio profesional, un asentimiento respetuoso. Fuera de la oficina, apenas unas palabras corteses en las cenas que compartían. Él era un muro de seriedad impenetrable de 32 años; ella, un torbellino de 24 que había aprendido a contenerse a su alrededor.
Al ver la hora en su teléfono, el pánico dulce de la anticipación la recorrió. ¡Se iba a hacer tarde! Recogió sus cosas a toda prisa, esbozó una sonrisa general de despedida y corrió hacia el estacionamiento.
Dentro de su auto, el mundo exterior desapareció. El edificio de Aethelgard Studios se convirtió en una mancha brillante en el espejo retrovisor y con él, todo el estrés que había guardado toda esa semana debido al lanzamiento de un nuevo juego.
Puso su lista de reproducción de pop a todo volumen y cantó a gritos. La batería electrónica y una melodía pegajosa llenaron el habitáculo, ahogando el rumor del tráfico. Luna golpeaba el volante al ritmo de la música; su voz, un poco desafinada pero llena de pura alegría, se elevaba sin ningún pudor.
—¡Y no me importa lo que digan! ¡Esta noche es nuestra! —canturreó, riendo de sí misma cuando olvidó la letra y la reemplazó por un “la-la-la” entusiasta.
Recordó su noche con Jasper, así que comenzó a planear mentalmente el vestido que se pondría. —Okay, Luna, —se dijo a sí misma, bajando un poco el volumen como si fuera a tener una conversación seria. —El vestido verde esmeralda. Sin dudas. Es el que a Jasper más le gusta. —Hizo una pausa, esbozando una sonrisa pícara frente al parabrisas. —Aunque con ese escote… quizás lleguemos tarde al restaurante, —pensó, y una risita escapó de sus labios. Se imaginó la mirada de Jasper, esa mezcla de admiración y posesividad que a veces le lanzaba, y una oleada de calor le recorrió el cuerpo. Esta cena era importante. Él había insinuado que tenía una “sorpresa” y, con la boda en el horizonte, su imaginación volaba. ¿Una joya? ¿El viaje de sus sueños? O simplemente una noche perfecta, como las que solían tener antes de que los negocios de su padre lo absorbieran por completo.
La emoción le pintaba las mejillas de rojo. Se miró fugazmente en el espejo retrovisor y se vio radiante. Los ojos le brillaban; el cabello negro enmarcaba su rostro con una energía casi eléctrica. Era la anticipación de la felicidad, esa certeza de que la vida, en ese momento exacto, estaba yendo por el camino correcto. Cada semáforo en verde era una bendición, cada canción que sonaba era la banda sonora de su historia de amor.
El semáforo se puso en rojo frente a ella. Frenó con un suspiro teatral, impaciente por continuar su camino hacia esa felicidad. Tarareaba la siguiente canción, sus dedos tamborileando en el volante. Cuando la luz cambió a verde, fue la primera en arrancar, una sonrisa amplia y confiada aún bailando en sus labios, completamente ajena a la sombra que se cernía sobre ella a toda velocidad.
Fue entonces cuando el mundo estalló. El impacto fue un trueno de metal retorcido y cristales estallando. Un monstruo de acero, una camioneta que se había saltado el rojo a toda velocidad, embistió su lado del conductor. La fuerza fue tan brutal que su pequeño auto salió despedido, girando en una danza macabra antes de estrellarse contra el asfalto con un chirrido final y ominoso.
Lo último que recordó fue el sabor del polvo de la bolsa de aire y un silencio repentino y aterrador…
.
—Jasper…
Minutos, o quizás horas después, los sonidos regresaron primero: sirenas lejanas que se acercaban, voces urgentes, el crujido de sus puertas siendo forzadas. La sensación de ser movida con cuidado, de una luz cegadora contra sus párpados cerrados. Luego, la oscuridad la reclamó de nuevo…
Hospital del Norte
La conciencia regresó gota a gota. Un zumbido en los oídos. Un dolor sordo y generalizado que anclaba cada músculo a la cama. El olor antiséptico del hospital le picó en la nariz antes de que lograra abrir los ojos. Tenía una cánula de oxígeno y un suero conectado al brazo.
Una figura con el rostro borroso se inclinaba sobre ella. —Amiga, ¿puedes oírme? Soy yo, Kat...
Katherine. Su mejor amiga. La voz era un hilo familiar que tiraba de ella hacia la realidad.
Luna parpadeó, forzando la vista a enfocar. Allí estaba Katherine, con el rímel corrido y los ojos enrojecidos. Un alivio inmenso inundó a Luna. Al menos alguien familiar estaba aquí.
—Kat... —logró susurrar, pero su amiga la interrumpió, apretándole la mano con fuerza.
—¡Dios mío, estabas tan pálida! Jasper está hecho un desastre, no ha parado de llamarme... —Katherine soltó un sollozo tembloroso. —Cuando me enteré del accidente... creí que te habías... ¡No importa! Lo importante es que estás bien.
Luna intentó sonreír para calmarla. Siempre tan dramática, pensó. Y entonces, una idea. Brillante, traviesa, impulsiva, una chispa de su antigua personalidad asomándose a través del dolor, encontró su momento perfecto. ¿Por qué no fingir que sufrió de amnesia? Qué mejor manera de jugar primero con su mejor amiga. Sería la prueba de fuego para su actuación.
Frunció el ceño, con una expresión de genuina confusión. Retiró su mano de la de Katherine con suavidad.
—Lo siento... —dijo, haciendo que su voz sonara débil y extrañada. —¿Yo... yo te conozco?
El efecto fue instantáneo. El rostro de Katherine se descompuso. El dolor y la preocupación fueron reemplazados por una incredulidad absoluta.
—¿Luna? —preguntó, su voz apenas un hilo. —No... ¿Qué estás diciendo? Soy Katherine, ¡tu Kat!
Luna negó lentamente, disfrutando secretamente del dramatismo de la situación. Espera a que se lo cuente a Jasper, se va a poner histérico, pensó.
—No recuerdo... —murmuró, desviando la mirada como si estuviera abrumada.
Katherine se puso de pie de un salto, la silla chirrió contra el piso. —¡Enfermera! ¡Doctor! —gritó, corriendo hacia la puerta. —¡Algo le pasa, no me reconoce!
En ese momento de caos, la puerta se abrió y apareció la figura de bata blanca. El médico entró, seguido de cerca por Jasper y Vincent, cuyos rostros mostraban una preocupación profunda al escuchar los gritos de Katherine.
Una figura de bata blanca estaba a su lado, revisando una tabla. —¿Señorita Carson? —dijo el médico al ver sus párpados abrirse. —¿Cómo se siente?
—¿Qué... qué pasó? —logró articular, su voz era un hilillo de aire. Cada palabra le recordaba el dolor en las costillas.
—Tuvo un accidente de tránsito. Un choque bastante fuerte. ¿Me puede decir si siente algo específico, aparte del dolor general? —sacó de su bolsillo una linterna y la apuntó en ambos ojos.
—Duele... todo, —confesó, tratando de sentarse con mucho cuidado.
—Doctor, dice que no me recuerda…
—Es normal. Tiene contusiones múltiples y una conmoción cerebral, —Respondió el doctor, mirando una carpeta abierta con un par de hojas dentro. —Aunque los exámenes indicaron que no hay nada roto, un accidente puede causar otros tipos de traumas, entre ellos: pérdida de memoria. Descansará aquí esta noche para ver su avance. —El médico anotó algo y se dirigió hacia la puerta. —Volveré en unos minutos.
—¡Doctor espera pero qué pasará!... —Katherine lo siguió detrás estérica. —¿Está seguro de los resultados?...
Cuando el médico abrió la puerta, el corazón de Luna dio un vuelco. Allí, en el pasillo, con el rostro pálido y desencajado por la preocupación, estaban Jasper y Vincent. Al verla despierta, los ojos de Jasper se iluminaron con un alivio desesperado.
En cuanto la puerta se cerró, Jasper irrumpió en la habitación, llegando directamente a su cama. —Amor, Dios mío, ¿estás bien? ¡Me asustaste hasta la muerte! —Su voz temblaba.
Y entonces, la idea pasó otra vez por su cabeza.Sería divertido verlo sufrir un poco, rogarle que lo recordara. Sería una anécdota graciosa más tarde que tocaran con mucho humor.
Luna fingió una confusión profunda, apartando su mano de la de él con debilidad. —¿Amor? ¿Mi... mi novio?
La reacción de Jasper no fue la que ella esperaba. No hubo pánico, ni súplicas. Su rostro se congeló por una fracción de segundo, y luego, de sus labios se dibujó una sonrisa extraña, casi... calculadora. Un brillo nuevo y frío apareció en sus ojos.
—¿Yo? No, no, cariño, —dijo, su voz recuperando una calma repentina y alarmante. —Yo no soy tu novio. Lo siento, fui muy impetuoso. Es que estaba tan nervioso… —Hizo una pausa dramática y luego se volvió hacia Vincent, que estaba en la puerta, observando la escena con una expresión de total desconcierto.
Jasper le hizo una seña imperceptible con la cabeza, un movimiento rápido y urgente. —Tu novio es él, —dijo Jasper, señalando a Vincent con el mentón. —Vincent, discúlpame por adelantarme. Es que... no sabría qué hacer sin mi cuñada favorita. No tendría a quién molestar.
El mundo de Luna se detuvo.
¡¿CUÑADA?!
Su mirada, ahora llena de un pánico muy real, se clavó en Vincent. Él parecía haber sido golpeado por un rayo. Sus ojos, normalmente tan impasibles, estaban abiertos de par en par, mirando a Jasper con una furia muda e interrogante. Pero, con una frialdad que heló la sangre en las venas de Luna, Vincent recogió el guante. Con pasos lentos y deliberados, se acercó a la cama.
Su mirada se encontró con la de ella. Y en la profundidad de esos ojos oscuros, Luna no vio la confusión que esperaba. Vio algo más peligroso, más intenso. Algo que hizo que se le encogiera el estómago.
—¿Amor?
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