Capítulo 5 Capítulo 5
El mundo se redujo a esa orden…
—Apaga la luz de la cocina. Ahora.
Encontré el interruptor y la habitación quedó en completa oscuridad. Me quedé paralizada en medio de la cocina, pegada a la isla de mármol como si fuera un escudo. No me atrevía a respirar.
Al otro lado de la sala, la silueta de Vincent se recortaba contra la luz que filtraban las cortinas. Estaba inmóvil como un centinela, todos sus músculos en tensión, su atención completa puesta en lo que fuera que había visto —o creía haber visto— al otro lado del cristal.
Luego, con un movimiento tan sigiloso que apenas percibí el zumbido, su mano se deslizó hacia un panel en la pared. Presionó un botón y el suave rumor de las cortinas eléctricas descendió. Una vez que la ventana estuvo completamente sellada, Vincent se volvió. Sus ojos escanearon la sala. No me vio de inmediato, agachada tras la isla de la cocina.
—¿Luna? —me llamó.
Al oír mi nombre, algo se destensó dentro de mí. Me puse de pie con cuidado; las piernas aún estaban débiles. Subí lentamente de mi escondite y noté que algo inesperado sucedió en el rostro de Vincent. Sus cejas fruncidas se relajaron. Una chispa de diversión iluminó sus ojos oscuros. Llevó una mano a su boca, se frotó los labios con los nudillos e hizo un leve esfuerzo por contener lo que era, inconfundiblemente, el principio de una sonrisa.
—¿Estás bien? —preguntó, y pude detectar un temblor de risa contenida en su voz.
—¿Qué... qué pasó? —logré articular, ignorando su reacción y abrazándome a mí misma para dejar de temblar—. ¿Quién estaba ahí?
Él negó con la cabeza, desviando la mirada hacia la ventana ahora cubierta. —Nada. Probablemente solo unos chicos. Vieron la luz y pensaron en gastarnos una broma.
¿Una broma? ¿Una simple broma hizo todo esto? No. No le creí. Estaba mintiendo. De la misma manera pulida y convincente con la que yo mentía sobre mi memoria, él mentía sobre la sombra en la ventana.
—No parecía una broma. —Lo desafié, buscando buscando algo que me dijera que estaba mintiendo.
Su sonrisa se desvaneció por completo, y la máscara de la seriedad volvió a su lugar. —Estás alterada por el accidente, es normal. Tu mente puede jugarte malas pasadas.
¿Jugarme malas pasadas? Qué irónico que seas tú el que me diga esto.
—Sí... —Murmuré, bajando la cabeza —. Quizás tengas razón.
Mientras él se acercaba para revisar la cerradura de la puerta principal, mi mirada barrió el suelo de la entrada. Y entonces lo vi. Un pequeño destello metálico junto al zócalo, justo donde él había estado parado hace unos minutos. Sin pensarlo, como un piloto automático, me agaché con la excusa de ajustarme el bajo del pantalón y cerré el puño alrededor del objeto frío.
Me incorporé, el corazón latiendo ahora por una razón completamente diferente. Deslicé la mano en el bolsillo de mis leggings, sintiendo el borde afilado de la pequeña chapa contra mis dedos.
Después de asegurar la puerta con llave, Vincent regresó a la mesa. Su expresión era impenetrable, pero la tensión en sus hombros delataba la alerta que aún no se disipaba.
—¿Quieres seguir? —preguntó, señalando con la cabeza los platos a medio comer.
Asentí, aunque el hambre había sido reemplazada por un nudo de nervios. Nos sentamos y retomamos los cubiertos, pero el momento de conexión se había roto. El silencio ya no era cómodo, sino cargado de preguntas sin respuesta.
¡Ding-dong!
El timbre de la puerta sonó. La mano de Vincent, que descansaba junto a su copa, se cerró de golpe. Una sombra de profundo fastidio cruzó su rostro antes de que la máscara de la neutralidad volviera a colocarse en una fracción de segundo.
—Espera aquí —ordenó, levantándose con una calma que parecía forzada.
Mi corazón se aceleró con un presentimiento horrible. Lo observé caminar hacia la puerta y abrirla solo lo necesario, sin desbloquear la cadena de seguridad. No pude ver quién estaba del otro lado, pero escuché una voz que me erizó la piel. Una voz dulce, melosa y que conocía demasiado bien.
—Hola, Vincent. ¿Todo bien? —saludó Katherin con una inocencia perfectamente calculada—. Es que Jasper dejó olvidados sus zapatos de tenis en mi auto después de nuestro partido ayer. Y como pasaba por aquí... pensé en traérselos. ¿Puedo pasar?
¿Un partido de tenis? ¿Ayer? La frase resonó en mi interior. Jasper no jugaba al tenis. O al menos, nunca lo había hecho conmigo. Mis uñas se clavaron en las palmas de las manos, ahogando un gemido.
Vincent carraspeó de manera forzada e hizo un leve movimiento con la cabeza, señalando hacia donde yo estaba sentada. Katherine se asomó un poco y su mirada se encontró con la mía. Por un instante, su rostro se puso blanco y sus ojos se abrieron de par en par.
Pero entonces, una sonrisa amplia se extendió por su rostro, borrando cualquier rastro de sorpresa. Ignorando por completo el gesto de advertencia de Vincent, empujó suavemente la puerta.
—¡Luna! ¡Qué bueno verte sentada, comiendo! —exclamó con una energía que sonó falsa. Entró sin ser invitada, con la extroversión de quien cree tener todo el derecho, y se dirigió directamente a mí.
Antes de que pudiera reaccionar, me envolvió en un abrazo apretado que me dejó rígida. Olía a un perfume nuevo, pero… ese perfume… se me hacía muy familiar, a uno que Jasper me había regalado hacía unos meses; estaba segura de que era el mismo.
—Hola... —Logré balbucear.
—¿Y bien? ¿Cómo te sientes, cariño? —tomó asiento en la silla que Vincent había dejado vacía.
—Me siento un poco mejor, gracias —respondí automáticamente, mientras mi mente gritaba: ¿Jasper pasó ayer contigo? ¿Por qué? ¿Desde cuándo juegan al tenis juntos?
Vincent se había quedado de pie en la entrada de la sala, cruzado de brazos. Su mirada era un iceberg dirigido hacia la nuca de Katherine. La energía en la habitación se había vuelto pesada. Hasta Katherine, en su burbuja de falsedad, lo sintió. Su sonrisa se volvió un poco tensa.
—Bueno, creo que es mejor que me vaya —dijo, levantándose con un suspiro exagerado—. No quiero interrumpir su noche.
Luna asintió, sin poder articular una palabra de despedida.
Vincent no le dio la oportunidad. En el momento en que Katherine se dirigió a la puerta, él la abrió y, con un movimiento brusco, la cerró de golpe detrás de ella, sin siquiera un "adiós", dejándola con el saludo a medio formar en los labios.
El sonido del portazo resonó en el apartamento.
—Es muy tarde para recibir visitas —dijo, disfrazando su evidente molestia con Katherine como una simple preocupación por mí—. Necesitas descansar, no soportar... intrusiones. —Vincent se volvió hacia mí; su expresión era una mezcla de irritación y algo que no pude descifrar.
Asentí lentamente, confundida. Aunque recordaba que Vincent nunca fue social y menos con mujeres, su reacción había sido más que simple incomodidad. Había sido grosero, casi hostil. Y no entendía por qué. Para el mundo, Katherine era mi mejor amiga. Su actitud no encajaba.
Después de que Kathe se fuera y nos dejara solos, la tensión en la sala se volvió muy incómoda. La tensión con Vincent era ahora una barrera. Sin decir ni media palabra, cada uno recogió su plato y, en un silencio, nos retiramos a la habitación.
Él entró primero al baño. El sonido del agua al correr se convirtió en el zumbido de fondo. Me senté en el borde de la cama, sintiéndome como una intrusa en mi propia piel. Los nervios me recorrían de punta a punta.
¿Qué haría cuando Vincent saliera?
Una cosa era fingir una relación en público, otra muy diferente era compartir una cama. Una cosa era dormir junto a Jasper, el hombre con el que había compartido mi vida durante años, y otra era acostarme al lado de Vincent Rocha, un hombre con el que solo había intercambiado saludos profesionales y una que otra mirada. Nunca una risa genuina, nunca una confidencia, nunca… algo más.
Me levanté y comencé a caminar de un lado a otro de la habitación, mis pasos silenciosos sobre la alfombra gruesa. Mi corazón era un tambor en mi pecho. Recordé las palabras de Jasper en la sala de estar, el único consuelo en este desastre: "No la toques". Al menos eso era una regla clara. Una frontera que, supuestamente, ninguno de los dos cruzaría.
De repente, el sonido del agua se cortó.
Mi cuerpo se puso en alerta máxima. Miré de golpe hacia la puerta del baño. Sabía que saldría en cualquier momento. Con el corazón desbocado, me apresuré a meterme bajo las sábanas, dándome la vuelta de modo que quedara de espaldas a todo y de frente a la enorme ventana, que ahora era un espejo negro de la ciudad. Cerré los ojos con fuerza, fingiendo un sueño profundo.
Oí el leve chirrido de la puerta del baño al abrirse. Un vapor cálido y el aroma de su gel de ducha —madera y algo cítrico— invadieron la habitación. Contuve la respiración.
A través de mis pestañas entreabiertas, y gracias al reflejo que la oscuridad de la ventana proporcionaba, pude verlo. Vincent tenía una toalla blanca envuelta en su cadera. Mi mirada, traicionera, se deslizó por su espalda. Era ancha, fuerte, con los músculos dorsales bien definidos que se movían bajo la piel mientras se secaba el cabello con otra toalla. Sus brazos, tonificados y poderosos, no eran los de un hombre que solo se sentaba frente a una computadora.
De repente, en el reflejo, vi que él volvía la cabeza hacia la cama. Hacia mí. Mi corazón se detuvo. ¿Me había descubierto? Pero su mirada fue breve. Debió de pensar que ya estaba dormida.
Y entonces, con un movimiento natural, dejó caer la toalla que lo cubría.
Me tensé por completo, paralizada. Allí, en el espejo oscuro de la ventana, estaba su silueta completa. Sus piernas eran firmes y musculosas, la figura de un atleta. La visión fue tan fugaz como impactante. Un rubor ardiente me subió por el cuello hasta las mejillas, y supe que, a pesar de la oscuridad, me estaba sonrojando.
Él se dirigió al armario, se puso un bóxer negro con movimientos eficientes y luego se acercó a la mesita de noche. Tomó un control y un suave zumbido llenó la habitación; estaba ajustando el aire acondicionado. Luego, con otro botón, la cortina eléctrica descendió completamente, sellándonos del mundo exterior, convirtiendo el reflejo en una simple pared opaca.
De repente, sentí el peso de su cuerpo hundiendo el colchón a mi lado. Todos mis nervios se dispararon de nuevo. Me hice más pequeña, contrayendo cada músculo, fingiendo una pesadez en la respiración que no sentía. ¿Haría algo? ¿Se acercaría?
Las luces se apagaron, sumiéndonos en una oscuridad absoluta.
Y entonces, sentí que él también se daba la vuelta, de espaldas a mí.
Un suspiro de alivio, tan profundo que casi me atraganto con él, escapó silenciosamente de mis pulmones. Después de unos minutos, cuando su respiración se volvió lenta y regular, me atreví a girar la cabeza con disimulo. Vincent estaba allí, a menos de un metro de distancia, una presencia grande y quieta en la penumbra, dándome la espalda. Una barrera de respeto en medio del caos.
La tensión se fue disipando, reemplazada por una oleada de pensamientos aún más vertiginosos. ¿Por qué? ¿Por qué Jasper, el hombre que juró amarme para siempre, que planeaba una vida a mi lado, me había hecho esto? ¿Por qué esta actitud de repente, este deseo de "libertad" que valía más que nuestros años juntos?
Las lágrimas, calientes e silenciosas, asomaron por fin y mojaron la almohada. Ya no era solo por la farsa o el miedo. Era por la traición. Y por la confusión de saber que, en medio de todo este infierno, la persona que seguía las reglas, que me ofrecía un espacio seguro aunque fuera ficticio, era el hombre de espalda a mí en la cama.
Mientras tanto, a las afueras del edificio. La lluvia fina comenzaba a empañar el parabrisas de una camioneta negra, estacionada en la penumbra entre dos árboles, como una sombra más. En su interior, un hombre de rostro anguloso y manos callosas sostenía un teléfono contra su oído. La luz de la pantalla iluminaba brevemente una cicatriz que le recorría el mentón.
Al otro lado de la línea, una voz distorsionada, fría y metálica por un modificador de voz, dijo algo. El hombre en la camioneta apretó el puño libre.
—Sí, jefe. Lo sé. Pero el conductor del otro auto sí murió. Ella... la chica... sobrevivió.
Escuchó la respuesta, un susurro cargado de impaciencia y furia contenida. Sus ojos, sin embargo, no se despegaban del piso donde se encontraba el departamento de Vincent.
—Pero hay nuevas noticias —agregó, y su tono cambió ligeramente, adoptando un dejo de curiosidad malsana. Con la mano libre, tomó una carpeta manila que descansaba en el asiento del copiloto. La abrió, revelando fotografías de Luna saliendo del hospital, su rostro pálido y desorientado. —Al parecer... perdió la memoria. No recuerda nada, señor.
Hubo un silencio prolongado al otro extremo de la llamada. Luego, la voz distorsionada emitió unas órdenes cortantes y precisas.
El hombre asintió, aunque nadie podía verlo.
—Entendido, jefe.
Colgó el teléfono y lo dejó caer sobre el asiento con desdén. No soltó la carpeta. Sus dedos, sucios de grasa, pasaron una hoja. Debajo de las fotos de Luna, había un informe médico y un recorte de periódico sobre su accidente. Pero lo que realmente le hizo esbozar una sonrisa torcida y lenta fue otra foto, una mucho más antigua y descolorida, que había estado buscando.
La levantó hacia la tenue luz. En ella se veía a un hombre más joven, con una sonrisa que ya no existía. El hombre de la camioneta miró la foto, luego dirigió su mirada de nuevo hacia la ventana ahora ciega del departamento de Vincent.
Susurró para sí mismo, y su voz era un rumor cargado de una promesa siniestra:
—¿Con que perdiste la memoria, Luna Carson?... Veamos... —sus dedos acariciaron la foto antigua— ...qué tanto olvidaste.
Apagó la luz interior de la camioneta y se fundió por completo con la oscuridad, una amenaza latente que respiraba justo afuera de la puerta.
