Capítulo 6 Capítulo 6

La conciencia me fue devuelta no por el sonido de una alarma, sino por una sensación de calidez y firmeza excepcionalmente cómoda bajo mi mejilla. Pequeños rasgos de luz se filtraban por los bordes de la cortina eléctrica, pintando rayos dorados en la oscuridad de la habitación. Mis dedos, aún entumecidos por el sueño, acariciaron la superficie bajo ellos. Estaba dura, pero increíblemente cómoda, con un latido constante y tranquilizador que vibraba a través de la tela.

Con un suspiro de satisfacción, me acurruqué aún más contra esa calidez, enterrando mi nariz en lo que olía a limpio, a ese gel de ducha con aroma a madera y cítricos que ya empezaba a resultar familiar...

Madera y cítricos.

Mis ojos se abrieron de par en par, pasando de la confusión somnolienta al puro y absoluto terror en una fracción de segundo.

No estaba abrazando una almohada.

Estaba abrazada al torso desnudo de Vincent. Mi cabeza reposaba directamente sobre su pecho, y su brazo, pesado y firme, estaba rodeándome la cintura, manteniéndome pegada a él como si fuera lo más natural del mundo.

Un grito se formó en mi garganta, un sonido agudo y visceral de pánico y vergüenza que no pude contener. No fue un grito discreto. Fue un alarido que estoy segura que llegó hasta China.

—¡AAAAAAHHHH!

Me levanté de golpe, como si me hubiera electrocutado, las sábanas enredándose en mis piernas. El movimiento fue tan brusco y repentino que Vincent, arrancado de su propio sueño, se incorporó al instante por reflejo. Nuestros movimientos combinados, sumados al shock, tuvieron un resultado inevitable: él perdió el equilibrio y, con un ruido sordo y nada elegante, se fue de espaldas al otro lado de la cama, desapareciendo de mi vista para aterrizar en la alfombra del otro lado.

Yo me quedé jadeando, con una mano en mi corazón, que parecía salirse del pecho, y la otra cubriendo mi boca, como si pudiera empujar el grito de vuelta adentro. El eco de mi propio alarido aún resonaba en la habitación.

Desde el suelo, al otro lado de la cama, se oyó un gruñido ronco, seguido de una voz cargada de confusión y sueño.

—¿Luna? —preguntó Vincent, y su voz sonó áspera, como si el grito le hubiera rasgado la garganta a él también—. ¿Qué... qué diablos ha pasado? ¿Estás bien?

—¡¿Que si estoy bien? ¿por qué me estás abrazando?! —grité, histérica, exigiendo una explicación que me ayudara a entender cómo llegué a esa situación.

Vincent se calmó, miró a su alrededor, sus ojos todavía estaban medio cerrados, se sentó en la cama, con una mano se peino el cabello, tomó aire y lo soltó para calmar su tensión. —Lo siento, creo que estaba muy dormido…

El aire en la cocina era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. La escena del dormitorio colgaba entre nosotros como un espectro, invisible pero omnipresente. Vincent, impecablemente vestido como para una junta directiva, se concentraba en la cafetera con una intensidad que el artefacto no merecía. Yo, por mi parte, intentaba que mis manos no delataran el temblor interno mientras colocaba dos platos en la isla de mármol.

—Café —anunció él, su voz un tono más grave de lo usual. Se volvió sosteniendo la jarra de porcelana.

—Gracias —musité, alargando mi taza.

Fue entonces cuando nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo de más. Un flash de su pecho desnudo, del peso de su brazo alrededor de mi cintura, cruzó mi mente. Mi mano retrocedió instintivamente, como si la taza estuviera al rojo vivo.

El movimiento fue mínimo, pero suficiente.

La taza de café se inclinó, derramando su contenido oscuro y aromático sobre el impecable mármol blanco, formando un charco que se expandió con una velocidad humillante.

—¡Oh, Dios! —exclamé, saltando hacia atrás—. Lo siento, lo siento mucho.

Vincent no dijo nada. Con una calma que me pareció sobrehumana, dejó la jarra y tomó un trapo de cocina. Mientras se inclinaba para limpiar, la tostadora, que él había cargado minutos antes, decidió que era el momento perfecto para lanzar sus dos rebanadas con un ¡pop! metálico.

Las tostadas salieron disparadas como proyectiles. Una aterrizó de nuevo en la tostadora. La otra golpeó a Vincent justo en el antebrazo, que aún estaba limpiando mi desastre.

Él se irguió de golpe, sorprendido. No gritó, pero un leve siseo escapó de sus labios. Se sacudió la tostada y miró su brazo, donde una marca roja empezaba a formarse.

Nos quedamos mirando el caos: el charco de café, la tostada en el suelo, la otra tostada humeando en el electrodoméstico y la marca en su brazo. Y entonces, lo peor. Una risa nerviosa, incontrolable, empezó a burbujear dentro de mí. Me tapé la boca con la mano, pero los hombros me traicionaron, sacudiéndome.

Vincent me miró. Por un segundo, creí ver un destello de esa misma exasperación divertida del día anterior. Pero en su lugar, frunció ligeramente el ceño, buscando la manera de abordar el elefante en la habitación.

—Tal vez —dijo, su voz serena pero un poco ronca—, debimos poner una barrera de almohadas.

La frase, pretendiendo ser una solución práctica y desapasionada, cayó en el silencio con el peso de un ladrillo. Una barrera de almohadas. La imagen de un muro fortificado en medio de la cama king size fue tan gráfica, tan ridículamente clínica, que mi risa nerviosa se congeló al instante, reemplazada por un rubor que me incendió desde la raíz del cabello hasta el escote. Me sentí como una adolescente regañada.

—No... no es necesario —balbucí, mirando fijamente los granos de la mesa de madera.

En ese preciso instante de máxima incomodidad, mi teléfono, que estaba en el sofá de la sala, empezó a vibrar con la tonada específica que había asignado a mi madre.

El alivio y el pánico se mezclaron en mis venas. Un respiro, pensé. Pero... ¿qué le digo?

—Es mi mamá —anuncié, casi corriendo hacia la sala.

—Luna —me detuvo Vincent con su voz. Cuando lo miré, su expresión era seria—. Recuerda. No te esfuerces mucho si no es necesario.

Asentí, tragando saliva. Contestar esa llamada era como pisar un nuevo campo minado.

—¿Hola, mamá?

—¡Luna, cariño! —la voz de mi madre sonó alegre, pero detecté un dejo de cautela—. Que bueno que contestas hija. Sólo quería saber cómo estás. Cómo te sientes…

—Sí, mamá, me siento mucho mejor, solo… los dolores cotidianos —dije, esforzándome por sonar ligera—. Pero me siento mucho mejor…

—¿Y Vincent? —preguntó, bajando un poco la voz—. ¿Es... atento contigo? ¿Te hace sentir segura?

Mi mirada se desvió hacia la cocina. Vincent estaba de pie, con los brazos cruzados, observándome. Me di la vuelta, sintiendo su mirada en mi espalda.

—Por supuesto,  —respondí, y enseguida recordé la mentira, mi supuesta amnesia —. Él es… muy atento, me ayuda mucho aunque no pueda recordar mucho…

—Me alegra, hija —suspiró ella, y noté cómo se relajaba—. Es un buen chico. Y... ¿y Jasper? ¿Cómo está… tu cuñado? ¿Se pasa a verte?

El nombre cayó como una losa. Tu cuñado. Recordé su traición, su cobardía, cómo me había entregado a su amigo para poder correr detrás de no se quien.

—Está bien —dije, y mi voz sonó más fría de lo que pretendía—. Pero no, no lo he visto últimamente.

Hubo una pausa incómoda al otro lado de la línea.

—¿No han hablado? —preguntó mi madre con suavidad—. Sobre... lo sucedido. 

—¿A qué te refieres mamá? —respondí, apretando el teléfono—. Aunque no recuerde muchas cosas, se que jasper es el mejor amigo de mi novio Vincent, no tengo razones para verlo muy seguido

Mi tono fue final. Casi cortante. Era la primera vez que algo de mi verdadera rabia se filtraba en mi personaje.

Mi madre debió de notarlo, porque cambió rápidamente de tema, hablando de cosas triviales antes de colgar. Cuando bajé el teléfono, me sentía agotada. La farsa era un peso que crecía con cada hora que pasaba.

Al volverme, encontré a Vincent apoyado en el marco de la puerta de la cocina, observándome con una expresión que no logré descifrar.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —mentí por enésima vez—. Todo perfecto.

La tensión del desayuno y la llamada de mi madre habían dejado mis nervios hechos trizas. Necesitaba un momento a solas, lejos de la abrumadora presencia de Vincent y del peso de sus mentiras... y de las mías.

La oportunidad llegó cuando él, después de limpiar en silencio los restos de nuestro desastroso desayuno, anunció:

—Voy a ducharme.

Esta vez, noté el sonido definitivo de la llave girando en la cerradura del baño desde el interior. Clack. El sonido resonó en mi corazón. ¿Era por precaución contra una posible intrusión... o era una barrera puesta para mí? La ironía de que me sintiera levemente ofendida por eso, después del grito de esta mañana, no se me escapó.

Apenas el sonido del agua de la ducha comenzó a correr, un ritmo constante y ensordecedor, me transformé. La confusión y la vergüenza se disiparon, reemplazadas por una determinación fría. Me deslicé hasta el sofá, donde había dejado mi teléfono, y con movimientos furtivos, saqué del bolsillo de mis leggings el pequeño objeto metálico que había recogido anoche.

La chapa era fría entre mis dedos. En la penumbra de la entrada, apenas había podido distinguir su forma: rectangular, con bordes redondeados, y un diseño grabado que parecía un animal mitológico, un grifo o algo similar, junto a unas letras estilizadas.

Me acurruqué en un rincón del sofá, lejos de la ventana, y bajé el brillo de la pantalla de mi teléfono al mínimo. La luz azulada apenas iluminaba mis dedos temblorosos. Encendí el navegador y, con el corazón latiéndome en la garganta, escribí en la barra de búsqueda: "logotipo grifo seguridad corporación".

Los primeros resultados fueron genéricos: empresas de logística, sellos de universidades, imágenes de fantasía. Nada que se pareciera. Refiné la búsqueda. "Empresa seguridad privada grifo emblema".

Y entonces, apareció.

No en una página principal prominente, sino en un foro especializado en asuntos corporativos. Una discusión entre usuarios anónimos sobre empresas de seguridad "discretas". Alguien mencionó un nombre: Valkiria Solutions. Y junto al nombre, una pequeña, casi invisible imagen del logotipo.

Mi pulgar se deslizó sobre la pantalla para ampliarla. El aire se atascó en mis pulmones.

Era idéntico.

El mismo grifo estilizado, con las alas desplegadas y las garras extendidas. Las mismas letras góticas entrelazadas que formaban las iniciales "V.S.". No era una coincidencia. La chapa que se le había caído a Vincent pertenecía a Valkiria Solutions.

Una empresa de seguridad privada. No un ladrón de poca monta, no unos chicos jugando una broma. Un profesional.

El terror, un frío que nada tenía que ver con la temperatura de la habitación, me recorrió la espina dorsal. Esto cambiaba todo.

¿Y si Vincent también está conectado con Valkiria?

La idea se plantó como una semilla de hielo. Él era un hombre poderoso, con contactos en muchos niveles. ¿Era posible que esta empresa estuviera trabajando para él? ¿O en su contra? ¿Era por eso que su reacción anoche había sido tan extrema? ¿Porque reconoció la amenaza... o porque reconoció a un colega?

No lo sabía. Y en ese instante tenía que mantenerme alerta

El sonido del agua cesó en el baño.

Con un movimiento rápido, como un animal asustado, cerré todas las pestañas del navegador, apagué la pantalla del teléfono y me guardé la chapa de Valkiria Solutions en el bolsillo, justo en el momento en que la llave de la puerta del baño giraba de nuevo.

Me recliné en el sofá, tratando de imitar una expresión de aburrimiento, de normalidad.

—¿Estás bien?...

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