Capítulo 7 Capítulo 7

Me quedé tiesa. Congelada. Modo disimulando, me repetí. Actúa normal. Tienes amnesia. No recuerdas nada. Ni siquiera recuerdas lo incómodo que es esto.

Entonces, oí el clic de la puerta del baño. Se abrió.

Entré en pánico. Giré la cabeza bruscamente hacia la ventana, fingiendo una concentración absoluta en los coches que pasaban abajo. Adopté mi mejor pose de "no estoy haciendo absolutamente nada". Pero mi pierna derecha me traicionó, iniciando un temblor rítmico contra el suelo. Un tic nervioso que odiaba.

Vincent salió. No necesité mirarlo para saberlo; el vapor cálido de la ducha invadió la habitación, cargado con el aroma de su jabón.

Se detuvo. Podía sentir sus ojos fijos en mi nuca.

—¿Estás bien?

Su voz era grave y me hizo saltar.

—¡Sí! —mi respuesta fue demasiado aguda, demasiado rápida—. Sí, sí, estoy bien. ¿Por qué no lo estaría?

Fue entonces cuando cometí el error de girarme.

Se estaba secando el cabello oscuro con una toalla pequeña, pero era la otra toalla la que acaparó toda mi atención. Una toalla blanca, húmeda, colgada peligrosamente baja de sus caderas, cubriendo solo lo esencial.

Mi mirada bajó sin permiso. Agua goteaba de su pecho, trazando un camino sobre un abdomen tonificado. Mi cerebro, en un acto de traición instantánea, hizo la comparación. Jasper era delgado, elegante; su definición de ejercicio era un cardio ligero por las mañanas en el parque para "mantener la línea". Vincent... Vincent era diferente. Su cuerpo estaba trabajado, no de forma exagerada, sino funcional. Sólido.

Me puse nerviosa. Sentí un calor subir desde mi pecho hasta mis orejas. Aparté la mirada de inmediato, fijándola en un punto inexistente en la pared.

Él no dijo nada. Hubo un segundo de silencio donde juraría que vi, por el rabillo del ojo, la más leve curva en la comisura de sus labios. Un gesto minúsculo, no hecho para que yo lo viera, sino para sí mismo. Mi evidente incomodidad le causaba gracia.

Para mi alivio, se dio la vuelta, dándome la espalda.

Empezó a caminar hacia el armario. Y entonces, sus manos se movieron hacia el nudo de la toalla que lo cubría.

Comenzó a desatarlo.

—¡¿Qué estás haciendo?! —grité, mi voz rebotando en las paredes.

Vincent se volteó de golpe, agarrando la toalla antes de que cayera. Me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza.

—Me voy a cambiar —dijo, con una obviedad exasperante.

—¡Ok, ok! —tartamudeé, sintiendo un nuevo tic, esta vez en mi párpado—. ¡Pero espera a que salga!

No esperé su respuesta. Prácticamente corrí hacia la puerta de la habitación. Salí y cerré la puerta tras de sí, aunque mi impulso era dar un portazo, la cerré con un cuidado exagerado.

Cuando llegué a la sala, me dejé caer en el sofá, soltando el aire que estaba conteniendo. Mi corazón latía con fuerza. La imagen de su espalda seguía grabada en mi retina. Recordé haber visto algo allí... un tatuaje. La tinta oscura dibujaba un ave, cubriendo su omóplato. Sí, un ave fénix, con las alas desplegadas. Le quedaba... le quedaba inquietantemente bien.

De tanto pensar en él, en el tatuaje, en los músculos de su espalda, sentí que la cara me ardía. Me puse roja, allí sola, en mitad de la sala.

Sacudí la cabeza, tratando de controlar mis pensamientos. Concéntrate, Luna. Tienes problemas más grandes que el torso de Vincent.

Unos minutos después seguía sentada en el sofá, intentando procesar. Sacudí la cabeza, obligando a la imagen del tatuaje del fénix a disiparse. Concéntrate, Luna. Hay cosas más importantes.

Justo entonces, la puerta de la habitación se abrió. Me tensé, pero esta vez, Vincent salió completamente vestido. Llevaba una ropa que, de alguna manera, lograba ser cómoda y elegante al mismo tiempo: un pantalón de algodón de un suave color pastel y una camisa negra de algodón, estilo cuello tortuga y mangas largas.

Me vio allí, absorta en mis pensamientos. Se acercó y se sentó en el otro extremo del sofá, dejando un espacio considerable entre nosotros.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Me quedé pensando en la pregunta. ¿Cómo me siento? Confundida. Atrapada. Furiosa con Jasper. Asustada por "Valkiria Solutions". Y, si soy honesta, ridículamente nerviosa por el hombre sentado frente a mí.

Debo haberme tardado demasiado, porque él corrigió:

—Me refiero a tu estado físico.

—Ah. —Me aclaré la garganta—. Mejor. Me siento mejor. Ya no siento tanto dolor en el cuerpo.

Vincent asintió, pareciendo satisfecho con la respuesta.

—Tus padres me llamaron esta mañana —dijo casualmente.

Mi cabeza se giró hacia él.

—¿Mis padres? ¿Te llamaron a ti?

—Sí. Querían saber si era posible que fuéramos a verlos. Les dije que todo dependía de cómo te sintieras.

Mi sorpresa era genuina. ¿Mis padres habían hablado con él? ¿Y por qué?

—Me siento bien —dije, casi automáticamente—. Podríamos ir a verlos.

—De acuerdo —respondió él—. Entonces te espero. Compraré los boletos del tren.

Asentí y me levanté con cuidado, dirigiéndome de nuevo a la habitación.

En cuanto cerré la puerta, mi mente se disparó. ¿Por qué mis padres habrían llamado a Vincent y no a mí? No tenía sentido. Acababa de hablar con mi madre hacía un instante por mensaje y no me había mencionado nada. ¿Estaba él organizando cosas a mis espaldas?

Me dirigí al armario.

La realidad del viaje me golpeó. Tendríamos un momento a solas en el auto para ir a la estación. Estaríamos juntos en el tren de ida a la casa de mis padres. Y al llegar... ¿cómo reaccionarían ellos a mi "pérdida de memoria"? ¿Y qué dirían al ver que Jasper no estaba a mi lado? ¿Qué excusa íbamos a darles?

Respiré hondo. Un problema a la vez.

Busqué en la ropa que habían traído para mí. Encontré un conjunto decente: unos pantalones anchos de lino y una blusa de seda, algo no tan extravagante pero sí hermoso y, sobre todo, adecuado para el campo y el calor de la casa de mis padres.

Agarré una maleta pequeña y metí algo de ropa para dormir, un conjunto cómodo para caminar y algo de ropa para regresar. Si lo pensaba bien, un poco de aire fresco, lejos de la ciudad y de este apartamento, me haría bien. Necesitaba espacio para pensar en medio de todo el caos en que se estaba convirtiendo mi vida.

Una vez lista, me hice un peinado recogido y limpio. Me puse unos lentes de sol, tomé mi pequeña maleta y salí.

Vincent me esperaba sentado en el sofá, con sus propias cosas listas a su lado. Estaba hablando por teléfono, con el ceño fruncido.

—No, tienen que revisar de nuevo el presupuesto. Es inaceptable —decía, con su voz de CEO.

Entonces levantó la vista y me vio.

Se detuvo a mitad de la frase. Su expresión cambió. Los ojos grises, normalmente analíticos, me recorrieron de arriba abajo con una admiración que no se molestó en ocultar.

—Tengo algo que atender ahora —le dijo a la persona al otro lado de la línea, y colgó sin esperar respuesta.

—Estás muy hermosa, Luna —dijo, su voz tranquila.

El calor volvió a subir a mi cara. Logré esbozar una pequeña sonrisa, pero me aseguré de mantener mi expresión seria.

Ding-dong.

El timbre de la puerta sonó, rompiendo la tensión. Vincent y yo miramos hacia la entrada. Él frunció el ceño, claramente no esperaba a nadie.

Se levantó con calma y caminó hacia la puerta. La abrió.

Parado en el pasillo, con una sonrisa radiante y peligrosa estaba Jasper sus ojos sumergidos en el teléfono, al ver a Vincent rápidamente lo saludo.

—Buenos días, mejor amigo —esbozó una sonrisa como si hubiera conseguido algún premio. —¿Saldrás?

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