Capítulo 4 El tiempo corre

Habían llegado a la siguiente pista casi media hora después. El trayecto se había vuelto silencioso, pesado, como si el aire dentro del vehículo también cargara expectativas. Una segunda limusina los esperaba en aquella pista solitaria, una de tantas que el hombre parecía tener siempre a su disposición, lejos de miradas curiosas y rutas comunes.

Isabella estaba inquieta. Demasiado.

Durante el viaje, su mente no dejó de trabajar. Pensó en mil escenarios distintos: qué ocurriría al bajar, qué tipo de lugar sería aquel, qué esperaba realmente de ella ese hombre que hasta hacía unas horas no conocía. Se obligó a respirar con calma, a ordenar sus pensamientos, a no dejar que la ansiedad le arruinara la noche antes de tiempo.

Otra media hora después, las puertas dobles de fierro forjado se abrieron lentamente ante ellos. Eran imponentes, antiguas, con adornos tallados que parecían contar historias propias. Isabella pasó saliva con dificultad. A través de la ventanilla, observó luces a lo lejos, dispersas, casi irreales. El aire cambió al instante cuando descendieron: húmedo, salino, denso. Imaginó que debían estar cerca del mar, aunque no alcanzó a escuchar el rompimiento de las olas.

Y entonces lo vio.

Un jardín amplio se desplegaba frente a una casa que parecía sacada de un sueño moderno: enorme, elegante, casi etérea. Cristal por todas partes. Las rosas rojas dominaban el paisaje, intensas, cuidadas con obsesiva precisión, como si alguien se hubiera asegurado de que cada una floreciera exactamente donde debía.

—Hemos llegado —anunció el hombre.

Para Isabella, él ya tenía una identidad: señor Beckett. Así se había presentado en el avión. Aunque, si era honesta consigo misma, no había absolutamente nada de “señor” en él. Le calculó que iba camino a los cuarenta, aunque podía estar equivocada; había conocido personas que se “comían” los años con una facilidad insultante.

No había dejado de observarlo disimuladamente durante el trayecto. Tenía un atractivo físico indiscutible. Había algo rudo en su presencia, algo peligroso. La forma en la que daba órdenes a su equipo de seguridad dejaba claro que no era un hombre al que se le pudiera fastidiar sin consecuencias. Directo. Dominante. De los que no rodean, van directo a la yugular.

Imaginó, no sin cierta incomodidad, que debía tener muchas mujeres a sus pies.

La puerta del lado de ella se abrió y el chófer le extendió la mano con un gesto educado para ayudarla a bajar. Isabella aceptó. Cuando escuchó la puerta, cerrarse tras de sí, su mirada quedó completamente prendada de la fachada de la casa. Pensó que podría aparecer perfectamente en la portada de una revista de arquitectura de lujo.

Y entonces recordó aquella revista que Stacey había llevado al departamento semanas atrás.

Beckett se colocó a su lado. Notó de inmediato cómo ella absorbía cada detalle frente a ellos. La casa era casi en su totalidad de cristal; desde el exterior podía verse el interior: la gran sala, las escaleras, los pasillos, el recibidor. Tres pisos que se elevaban con una elegancia intimidante.

Él mismo la había diseñado. Lejos de la ciudad. Frente a la playa. Se había enamorado de sus atardeceres y no dudó en comprar el terreno y levantar ahí uno de sus refugios favoritos, quizá el más personal de todos.

Isabella, sin embargo, no pudo evitar pensar en la absoluta falta de privacidad.

«¿Cómo demonios tiene momentos íntimos aquí?», se preguntó.

Su mente traicionera le mostró imágenes que no quería imaginar: cuerpos, piel, gemidos… y una voz interna que no dejaba de repetir ¿alguien estará mirando?

Su estómago se encogió solo de pensarlo.

—Es grande… —murmuró sin dejar de observar la casa.

Un segundo después notó que Beckett estaba demasiado cerca.

«¿En qué momento llegó ahí?»

Sintió calor. Cuando él se movió un poco más, ese calor aumentó, envolviéndola casi por completo.

—Demasiado —respondió él—. Pero no te asustes, se adapta.

Isabella frunció ligeramente el ceño y giró el rostro hacia él, confundida. Pero al notar cómo sus comisuras se curvaban en una sonrisa lenta, descarada, entendió exactamente a qué se refería.

—Me refiero a la casa… —aclaró él, sin perder la sonrisa.

Ella negó, divertida, aunque el rubor ya le había tomado las mejillas.

—¿He dicho lo contrario? —replicó Isabella, consciente de cómo su voz se había suavizado.

—Creí que de… —Beckett tomó su brazo con naturalidad y comenzó a guiarla hacia la entrada.

—La casa se adapta —continuó—. Las paredes de cristal se ahúman por completo. Desde afuera no se ve nada. Privacidad total.

Antes de que Isabella pudiera responder, Beckett le guiñó un ojo, claramente satisfecho por el efecto que sus palabras habían causado. La puerta se abrió, cortando cualquier réplica que ella hubiera querido dar.

—Buenas noches, señor Beckett. Señorita… —saludó la mujer que abrió, con una sonrisa cordial.

Isabella respondió de igual manera, pero por segunda vez en la noche fue consciente de su vestimenta. Bajó discretamente la orilla de su falda corta y acomodó el escote, intentando cubrirse un poco. Beckett, ajeno o fingiendo estarlo, devolvió el saludo a su ama de llaves y avanzó.

La dejó a mitad del pasillo.

Se giró cuando un hombre elegantemente vestido apareció casi de inmediato. Isabella se sobresaltó.

«¿De dónde salió este?»

—Necesito un vestido de noche para la señorita Isabella —ordenó Beckett.

Isabella abrió ligeramente los ojos.

«¿Cuándo aprendió mi nombre?»

—Sí, señor —respondió el hombre con un gesto serio—. ¿Puede venir conmigo, señorita Isabella?

Ella miró a Beckett, dudosa.

—Ve —dijo él—. Niles no come personas.

Luego, dirigiéndose a Niles:

—Que esté lista en media hora. Estaré en el despacho.

Antes de desaparecer, volvió a mirarla.

—Cuando termines, Niles te llevará conmigo. Tenemos que hablar.

Isabella asintió, aunque una sensación extraña se instaló en su pecho.

Siguió a Niles por un largo pasillo que los llevó a la segunda planta y luego a la tercera. Pudo haber usado el elevador, pero él parecía empeñado en mostrarle el lugar. Caminaban en silencio. A su derecha, la pared era completamente de cristal.

Se detuvo sin darse cuenta.

Más abajo, una gran alberca iluminada se extendía junto a camastros y un área de bar. Y más allá… el mar. La luna bañaba las olas lentas, que parecían bailar al llegar a la orilla.

Isabella suspiró.

«¿Cómo será despertar aquí y ver esto de día?»

—¿Señorita Isabella? —la llamó Niles, con discreción.

Ella reaccionó.

—Lo siento —se aclaró la garganta—. La vista es… impresionante. Nunca había visto algo así.

—Por las mañanas lo es aún más —respondió él, sin emoción aparente.

Caminaron hasta otro pasillo con varias puertas. Niles abrió la tercera e hizo un gesto para que pasara primero. Al entrar, la habitación estaba a oscuras, pero poco a poco comenzó a iluminarse, revelándolo todo.

—¡Me quiero morir…! ¡Dios mío! —jadeó Isabella.

Niles pasó junto a ella sin perder tiempo; claramente estaba acostumbrado a ese tipo de reacciones.

La habitación estaba revestida con papel tapiz de líneas doradas y plateadas. Un sillón enorme ocupaba el centro.

«Ahí caben diez personas», pensó.

Sobre él, un candelabro elegante. Aquí no había paredes de cristal.

Había estantes y percheros de pared a pared. Vestidos, zapatos, accesorios… un paraíso de diseñadores exclusivos.

Isabella llevó una mano a su pecho, como si necesitara comprobar que su corazón seguía latiendo.

—¿Talla cuatro? —preguntó Niles, ya revisando vestidos.

—Dos, pero mi… —se detuvo.

Niles alzó la vista.

—¿Su busto?

Isabella asintió, avergonzada.

Él retomó la búsqueda sin comentar nada.

Finalmente, descolgó un vestido negro de un hombro, con pedrería y una caída de tela casi transparente hasta el mármol.

—Este será perfecto.

—Es hermoso… —susurró Isabella al tocarlo.

Pero Niles lo volvió a colgar.

Ella frunció el ceño.

—¿No es de mi talla?

Niles la observó en silencio unos segundos.

—Sus ojos… —murmuró, ahora sí, sorprendido.

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