Capítulo 7 Un recordatorio
—De nada, preciosa —Rody Wallace articuló las palabras con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Cuando te canses de Cameron Beckett... o si él no cumple con tus expectativas, recuerda que yo puedo estar disponible para ti en cualquier momento.
Beckett, que había permanecido en silencio hasta ese momento, fulminó a Rody con una mirada cargada de una ira palpable, una advertencia silenciosa pero inequívoca de que si continuaba con ese juego, habría consecuencias. Era una mirada que prometía problemas, un aviso de que la paciencia tenía un límite. Rody, lejos de sentirse intimidado por la amenaza latente en los ojos de Beckett, simplemente le guiñó un ojo con descaro, como si desafiara abiertamente su autoridad, y luego volvió a dirigir su atención hacia Isabella, ignorando por completo la hostilidad que emanaba de Beckett.
—Puedes llamarme Rody —le dijo a Isabella con una sonrisa encantadora, una sonrisa que buscaba cautivarla y establecer una conexión personal—. Para los amigos… solo Rody. Es más cercano, más íntimo, ¿no crees?
Luego, como si la conversación hubiera terminado, se giró sobre sus talones y se perdió entre un grupo de hombres elegantemente vestidos de etiqueta, entre los que destacaba un jeque de renombre, un hombre de gran riqueza y poder, dejando tras de sí una estela de irritación y tensión en el aire. La osadía de Rody había dejado una marca, un recordatorio de la rivalidad que existía entre él y Beckett.
Beckett, sintiendo una oleada de celos y posesividad, apretó la mano de Isabella con más fuerza de la necesaria, casi con brusquedad, y la condujo con determinación hacia el pasillo al fondo del salón, alejándola de la mirada de Rody y de la multitud. Ella se quejó en un susurro ahogado, sintiendo el dolor punzante en su mano debido al agarre apretado, y tiró discretamente de su mano cuando finalmente se detuvieron al final del pasillo, fuera del alcance de las miradas curiosas. Se la sobó suavemente, molesta por la repentina demostración de fuerza de Beckett y por la forma en que la había tratado como una posesión.
—Estoy… —intentó decir, buscando una explicación o una disculpa por el dolor.
Pero él no la dejó terminar la frase. Su frustración y enojo eran demasiado intensos para permitir una conversación racional.
Beckett volvió a tirar de ella, esta vez con menos suavidad, llevándola hasta la terraza que se extendía más allá del salón. Las cortinas blancas y vaporosas ondeaban suavemente con la brisa fresca de la noche, creando un ambiente romántico que contrastaba fuertemente con la tensión que se palpaba entre ellos. La música llegaba amortiguada desde el interior del salón, proporcionando una banda sonora suave a su confrontación. Estaban solos, aislados del mundo exterior, atrapados en su propio drama personal.
La ira lo estaba consumiendo por dentro, carcomiendo su razón y nublando su juicio. La simple presencia de Rody y su evidente interés en Isabella habían encendido una llama de celos que amenazaba con destruirlo.
Ahora Rody también estaba interesado en ella. Siempre había sido así, desde que eran niños. Todo lo que Cameron Beckett tenía, Rody Wallace lo quería, ya fuera un juguete, una oportunidad o, lo que era peor, una mujer. Primero Clarissa. Beckett había luchado con uñas y dientes por esa relación, invirtiendo tiempo, energía y emociones… y aun así se la habían arrebatado frente a sus narices, dejando una cicatriz profunda en su corazón.
¿Ahora Isabella? ¿Rody intentaría arrebatarle también a Isabella?
No. No lo permitiría. Esta vez, Cameron Beckett no cedería.
Se aseguró de que no hubiera nadie cerca, comprobando cuidadosamente que estaban completamente solos y que nadie podía escuchar su conversación. Cuando confirmó que estaban solos, explotó, liberando la furia reprimida que se había estado acumulando en su interior.
—¡Que sea la última vez que hablas con otro hombre sin mi permiso! —escupió las palabras con veneno, su voz cargada de desprecio—. ¡Te estoy pagando generosamente para que seas mi acompañante, no para que hagas amigos y coquetees con otros hombres! ¡Recuerda exactamente lo que eres! ¡ERES UNA PROSTITUTA!
Las palabras cayeron como un golpe seco, resonando en el silencio de la noche y golpeando a Isabella con una fuerza devastadora.
Isabella abrió los ojos con sorpresa e incredulidad, sintiendo como si le hubieran abofeteado. El corazón le martilló el pecho con fuerza, amenazando con salirse. Sintió como si le hubieran robado el aire de los pulmones, dejándola sin aliento y vulnerable. Aquella frase brutal la arrancó de golpe del espejismo de la noche, de la ilusión de normalidad y conexión que había estado disfrutando hasta ese momento.
Hasta hacía unos minutos era simplemente Isabella. Una mujer.
La mujer que amaba la cocina y disfrutaba creando nuevos platos.
La que había tenido la oportunidad de conocer a su chef favorito y compartir una conversación interesante.
La que se había sentido hermosa, interesante y vista por alguien que no la juzgaba por su profesión.
Arrugó el entrecejo, tratando de controlar la oleada de emociones que la invadía. Las palabras se agolparon en su garganta, filosas como cuchillas, listas para salir y atacar a Beckett donde más le dolía. Estuvo a nada de golpearlo con toda su fuerza, de arrancarse todo lo que llevaba puesto en ese momento, el vestido, las joyas, la máscara de acompañante, y largarse corriendo, huyendo lo más lejos posible de ese hombre y de esa situación.
Pero la cruda realidad la detuvo en seco.
Estaba desnuda sin ese vestido, tanto literal como figurativamente.
Sin dinero, sin recursos, sin independencia.
Sin saber exactamente dónde estaba, en un país extranjero y desconocido.
Sin un avión privado esperando para llevarla de regreso a casa.
El collar de seguridad seguía oculto en su sostén de encaje, un recordatorio constante de su situación y de su dependencia de Beckett.
Renta y pasaje, se recordó a sí misma con amargura. Tenía que cumplir con esa noche, al menos hasta que pudiera asegurar su futuro con ese cheque en blanco.
Respiró hondo varias veces, tratando de calmar su respiración y controlar sus emociones.
Cuando Beckett abrió la boca para seguir hablando, probablemente para descargar aún más su ira o para intentar justificar su comportamiento, Isabella levantó la mano entre ambos, exigiendo silencio con un gesto firme e inequívoco. Él se detuvo en seco, sorprendido por su repentina audacia.
Ella entendió, con una claridad dolorosa que le atravesó el alma, que no estaba allí como una acompañante real, una mujer que acompañaba a un hombre por placer o por compañía. Si lo fuera, si realmente la viera como una compañera, él jamás le habría gritado esas palabras hirientes y degradantes. Estaba allí por trabajo, era simplemente una empleada, una pieza más en su elaborado juego.
Su rostro se suavizó, forzadamente, ocultando la tormenta de emociones que rugía en su interior.
—Lo siento —dijo con una calma que le costó construir, una calma que era solo una fachada—. No volverá a ocurrir, señor Beckett. Asumo toda la responsabilidad por mi error.
El impacto de sus palabras fue inmediato y profundo.
Beckett sintió una punzada de culpa y remordimiento en el pecho, como si le hubieran clavado un puñal. Se pasó ambas manos por el rostro con frustración, avergonzado por su comportamiento y por la forma en que había tratado a Isabella. Eso no era él, no era así como se suponía que debía actuar.
¿Qué demonios me pasa?, se preguntó a sí mismo, sintiéndose perdido y confundido.
Había crecido escuchando a su madre hablar de respeto, de cuidado, de delicadeza en el trato con las mujeres. Le había enseñado a valorar la dignidad y la individualidad de cada persona. Y aun así, esa parte primitiva, celosa y torpe de su personalidad había salido a la superficie sin permiso, dejándolo avergonzado y arrepentido.
Tomó aire profundamente, tratando de recuperar la compostura y de encontrar las palabras adecuadas para disculparse.
—Te pido disculpas —empezó con sinceridad—. No debí decir esas cosas…
Isabella negó con la cabeza suavemente, interrumpiéndolo antes de que pudiera continuar. No quería escuchar sus disculpas vacías.
—No tiene por qué disculparse —respondió con una voz suave pero firme—. No ha dicho una mentira, ¿verdad? Estoy trabajando por una noche. Gracias por recordármelo y por sacarme de un lugar que no me correspondía. Ahora sé exactamente cuál es mi lugar.
La mirada que le dirigió fue distinta a la de antes. Directa, penetrante, despojada de cualquier ilusión o esperanza. Ya no había rastros de la joven ilusionada que había conocido al principio de la noche.
Beckett se sintió expuesto, vulnerable, como si Isabella pudiera ver a través de él y conocer sus secretos más oscuros.
—Sí tengo por qué disculparme —dijo, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro casi inaudible—. Fui grosero, cruel y absolutamente injusto contigo. Que lleves dos días trabajando en esto… no significa que seas eso que dije, ¿o sí?
La forma en que lo dijo, en voz baja, cercana, casi íntima, le erizó la piel a Isabella. Un escalofrío le recorrió la espalda, haciéndola temblar ligeramente. Tragó saliva con dificultad, tratando de controlar su reacción física a la proximidad de Beckett.
Beckett dio un paso más, acortando aún más la distancia entre ellos. Demasiado cerca. Sus ojos bajaron lentamente a sus labios, deteniéndose en su curva suave y tentadora.
No la había besado aún, a pesar de la atracción palpable que existía entre ellos.
Y quería hacerlo desesperadamente.
Quizá para disculparse por su comportamiento abominable.
Quizá para compensar el daño que le había causado con sus palabras hirientes.
Quizá simplemente porque la deseaba más de lo que quería admitir, una necesidad que lo consumía por dentro.
Se inclinó lentamente hacia ella, acercando su rostro al suyo.
Isabella reaccionó a tiempo, instintivamente. Giró el rostro ligeramente, evitando el beso en los labios. El beso terminó en su mejilla, tibio, contenido, un roce fugaz que dejó una huella imborrable.
Beckett se tensó al instante, sintiendo el rechazo como una bofetada. Se apartó bruscamente, molesto consigo mismo por haber intentado algo que no estaba permitido. Isabella alzó la vista y sostuvo su mirada, sin mostrar ninguna emoción.
—Recuerde una de mis reglas, señor Beckett —dijo con firmeza, su voz clara y decidida—: no besos en la boca. Limitémonos a lo que vine a hacer y terminemos esta noche lo antes posible. No lo olvide… soy una prostituta.
Las palabras le apretaron el pecho a Beckett como un puño invisible, dejándolo sin aliento.
Beckett lo había provocado, la había humillado y la había reducido a su profesión. Se lo merecía, era el resultado de sus propias acciones.
Pero aun así, a pesar de todo el dolor y la humillación, el deseo seguía ahí, latente, incómodo, persistente, negándose a desaparecer.
Antes de desaparecer por completo de la vida de Isabella, al menos por esa noche, lo supo con una certeza absoluta que le recorrió cada fibra de su ser:
Besaria esa boca, sin importar las consecuencias.
Porque todos tienen un precio, una debilidad que puede ser explotada.
Y ella… no sería la excepción a esa regla. Estaba convencido de que, tarde o temprano, encontraría la forma de romper sus barreras y de hacerla ceder a sus deseos.
