
Propiedad del diablo Sinclair
GVSTELLARISS · Completado · 201.2k Palabras
Introducción
Capítulo 1
El sonido de las ruedas metálicas contra el piso de mármol fue la sentencia de Katie. No hubo música, ni flores, ni invitados vitoreando a los recién casados. Solo el silencio sepulcral de la mansión Sinclair y el eco rítmico de la silla de ruedas acercándose a la habitación matrimonial.
—Mírate —la voz de Leonard Sinclair cortó el aire como una hoja de afeitar—. Un vestido de seda blanca para una novia que fue subastada como ganado. ¿Realmente crees que habrá una noche de bodas, Katie?
Katie se aferró al borde del ventanal, sintiendo el frío del cristal en su espalda. Leonard detuvo su silla a escasos centímetros de ella. Aunque estaba sentado, su presencia llenaba el espacio con una autoridad asfixiante. Sus ojos oscuros, antes llenos de la ambición que lo llevó a la cima del mundo empresarial, ahora estaban nublados por un odio que parecía dirigido a todo lo que respirara.
—No espero amor de ti, Leonard —logró decir ella, forzando una firmeza que no sentía.
—¿Amor? —Leonard soltó una carcajada seca que no llegó a sus ojos—. No te equivoques. No te traje a esta casa para amarte. Te traje porque tu padre me debía veinte millones de dólares y tú eras lo único de valor que le quedaba en su inventario de fracasos. Desde hoy, no eres más que un adorno en mi mansión. Mi propiedad registrada bajo la ley Sinclair.
Leonard estiró la mano con una velocidad que Katie no pudo prever. Sus dedos, fuertes y gélidos como el acero de su silla, se cerraron alrededor de su mentón, obligándola a mirarlo de frente.
—Regla número uno, esposa mía: nunca me mires con lástima. Prefiero tu odio mil veces antes que tu piedad —escupió él, apretando el agarre—. Ahora, quítate ese vestido. No quiero nada en mi vista que me recuerde a este estúpido contrato matrimonial.
Katie sintió que el pulso le martilleaba en los oídos. La mirada de Leonard bajó por su cuello, no con el deseo de un esposo, sino con el escrutinio de un dueño que revisa una mercancía defectuosa.
—¿Te vas a quedar ahí como una estatua? —insistió Leonard, su voz bajando a un susurro peligroso—. ¿O es que el precio que pagué no incluye obediencia inmediata?
—No soy una mercancía, Leonard.
—Para el banco, eres un activo. Para tu padre, fuiste una moneda de cambio. Y para mí... —él soltó su rostro con un gesto de desprecio— eres el recordatorio de que incluso los Sinclair podemos comprar basura si el precio es el adecuado.
Leonard giró su silla con un movimiento brusco, dándole la espalda. Katie observó sus hombros anchos, tensos bajo la tela de su traje de diseñador. Sabía que el accidente de hacía dos años no solo había roto sus piernas; había destrozado al hombre que una vez fue portada de todas las revistas de negocios. Ahora, ese genio de las finanzas se dedicaba a coleccionar deudas y almas rotas.
—Tu ropa está en el vestidor del fondo —dijo él sin mirarla—. No esperes que te asigne una habitación propia. Dormirás aquí, donde pueda vigilar que no te escapes con lo poco que queda de la dignidad de tu familia.
—¿Me vas a tener como a una prisionera?
—Te voy a tener como a una Sinclair. Que en tu caso, es exactamente lo mismo.
Katie caminó hacia el vestidor, sintiendo que el peso del vestido de novia le impedía respirar. Cada paso era una humillación. Al entrar en el pequeño cuarto lleno de trajes oscuros y el aroma a tabaco caro de Leonard, se apoyó contra la pared. Las lágrimas amenazaban con salir, pero recordó las palabras de su madre antes de la boda: "No llores frente a él, Katie. Los hombres como Leonard Sinclair se alimentan del miedo".
Se deshizo de la seda blanca, dejando que el vestido cayera al suelo como una piel muerta. Se puso un camisón de satén oscuro, sencillo y frío. Cuando salió de nuevo a la habitación, Leonard estaba frente a un monitor, revisando gráficos de bolsa que parpadeaban con una luz azulina, dándole un aspecto espectral.
—Siéntate —ordenó él, señalando el borde de la cama.
Katie obedeció en silencio. El colchón era excesivamente suave, una ironía cruel comparado con la dureza del hombre que tenía delante.
—Mañana a primera hora firmarás los documentos de transferencia de los viñedos de tu padre —dijo Leonard, manteniendo la vista en la pantalla—. Una vez que la propiedad sea mía, tu familia recibirá el primer pago del rescate financiero.
—¿Rescate? Lo llamas como si fueras un héroe —se burló ella con amargura.
Leonard detuvo su actividad y la miró por encima del hombro. El resplandor azul de la pantalla resaltaba las líneas duras de su mandíbula.
—Soy el hombre que evitó que tu padre saltara de un puente esta mañana, Katie. Si eso no me hace un héroe en tu mundo de fantasía, al menos debería hacerme el dueño de tu gratitud.
Él impulsó su silla hacia ella. La cercanía física era abrumadora. Leonard se detuvo tan cerca que sus rodillas casi rozaban las piernas de Katie.
—No me mires así —gruñó él—. No intentes buscar al hombre que aparece en Google. Ese Leonard murió en una carretera de Suiza. El que tienes delante no tiene paciencia para tus berrinches de niña rica.
—Sé perfectamente quién eres, Leonard Sinclair. Eres un hombre que tiene miedo de que alguien descubra que sigue siendo humano.
El silencio que siguió fue denso. Leonard estrechó los ojos. Por un segundo, Katie creyó ver una chispa de algo más que rabia en sus pupilas, pero desapareció tan rápido como llegó.
—Humano es una palabra que ya no me aplica —respondió él, su voz volviéndose plana y letal—. Ahora, métete en esa cama. Y ni se te ocurra tocarme durante la noche. No soporto el contacto de alguien que ha sido comprado.
Leonard se alejó hacia el baño de la suite, dejándola sola con el eco de sus palabras. Katie se deslizó bajo las sábanas de seda fría, mirando hacia el techo alto de la mansión. Sabía que esta era solo la primera noche de una guerra de desgaste. Leonard Sinclair quería romperla para sentirse poderoso en su propia debilidad, pero ella no se lo pondría fácil.
Minutos después, la luz del baño se apagó. Escuchó el sonido de Leonard acomodándose en el otro extremo de la inmensa cama. La distancia física entre ellos era de apenas un metro, pero el abismo emocional era infinito.
—Katie —susurró él en la oscuridad.
Ella no respondió, conteniendo la respiración.
—No creas que el hecho de que no pueda caminar significa que no puedo destruirte. Si intentas jugar conmigo, te arrepentirás de haber nacido.
Katie cerró los ojos, sintiendo el frío de la habitación calar en sus huesos. La "Novia del Diablo Sinclair" acababa de entrar en su infierno, y el fuego apenas comenzaba a arder.
Últimos capítulos
#161 Capítulo 161 Epílogo
Última actualización: 5/29/2026#160 Capítulo 160 Eternidad Sinclair
Última actualización: 5/29/2026#159 Capítulo 159 El último sacrificio
Última actualización: 5/29/2026#158 Capítulo 158 El laberinto de los Moore
Última actualización: 5/29/2026#157 Capítulo 157 El código de Caín
Última actualización: 5/29/2026#156 Capítulo 156 Venganza de plata
Última actualización: 5/29/2026#155 Capítulo 155 El regreso a Libertia
Última actualización: 5/29/2026#154 Capítulo 154 La sombra del diablo
Última actualización: 5/29/2026#153 Capítulo 153 El despertar de los gemelos
Última actualización: 5/29/2026#152 Capítulo 152 La herencia de la sangre
Última actualización: 5/29/2026
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