Capítulo 1 CAPÍTULO 1: CENIZAS EN EL OLIMPO

Narrado por Mia Petrova

El sabor metálico de la sangre en mi labio inferior era lo único que me recordaba que seguía viva. Atenas brillaba a mis pies desde el balcón del club clandestino en El Pireo, una mancha de luces blancas y doradas que parecían burlarse de mi oscuridad. Mis manos temblaban, no de miedo, sino por la ansiedad que me recorría la columna vertebral, gritándome que necesitaba una dosis más para acallar el ruido. Esa maldita voz en mi cabeza que no dejaba de repetirme que todo era mi culpa.

Había sido una noche desastrosa. Lo que empezó como una forma de escapar de la cena benéfica de mi padre terminó en una pelea en el callejón trasero con un traficante que intentó sobrepasarse conmigo. No sabía que era la hija del Presidente hasta que mi seguridad personal —los inútiles que logré despistar hace tres horas— aparecieron disparando al aire. Ahora, el escándalo estaba servido. Seguramente ya había fotos mías circulando en los foros oscuros: la "Princesa de Atenas" con el rímel corrido y los nudillos ensangrentados.

Entré a la mansión presidencial por la puerta de servicio, esperando que el silencio de la madrugada me protegiera. Pero el destino nunca ha sido amable conmigo. En el gran salón, bajo la luz fría de las lámparas de cristal, me esperaba la última persona que quería ver, pero la única a la que siempre acudía cuando el agua me llegaba al cuello: Noah.

Mi hermano estaba sentado en uno de los sofás de cuero, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en un informe. A su lado, Emma, mi mejor amiga y ahora su esposa, me miró con una mezcla de lástima y terror.

—Mírate, Mia —la voz de Noah fue un látigo. No levantó la vista de los papeles—. Otra vez.

—Hola a ti también, hermanito —respondí, intentando sonar sarcástica mientras me apoyaba en la pared para no caerme. El suelo parecía balancearse—. Fue un malentendido. El tipo no sabía quién era yo.

—¡Nadie sabe quién eres porque te escondes en cloacas! —rugió Noah, poniéndose de pie de un salto. Su carisma de político perfecto desapareció, dejando ver al hombre frustrado—. Papá está furioso. Esta vez no podrá taparlo con una donación al orfanato. Hay videos, Mia. Hay gente hablando de que estabas... alterada.

Emma se acercó a mí con cautela, intentando tocar mi brazo, pero me aparté. Su compasión me quemaba más que el odio de mi padre.

—Mia, por favor, dinos qué necesitas —susurró Emma con los ojos empañados—. Estás perdiendo el control. Noah y yo estamos preocupados, no podemos seguir fingiendo que esto es solo rebeldía.

—No necesito nada, Emma. Solo que me dejen en paz —escupí, sintiendo un nudo en la garganta—. Noah, habla con él. Dile a papá que solo fue un altercado. Si él presiona a la prensa, esto morirá en un par de días. Siempre lo hace. Ayúdame, por favor.

Noah se acercó a mí, y por un segundo, esperé que me abrazara, que me dijera que todo estaría bien como cuando éramos niños. Pero sus ojos estaban fríos, distantes.

—No voy a ayudarte esta vez, Mia. De hecho, estoy de acuerdo con él.

El aire se escapó de mis pulmones. Di un paso atrás, golpeándome contra la mesa de mármol.

—¿Qué quieres decir con que estás de acuerdo? —pregunté con la voz quebrada.

—Papá tiene razón. Eres un peligro para ti misma y una amenaza para el gobierno. Ya no eres una adolescente jugando a ser rebelde, tienes veintitrés años y te estás hundiendo en una mierda que nos va a salpicar a todos —sentenció Noah con una dureza que me rompió el corazón—. Hemos tomado una decisión. A partir de mañana, pierdes tu libertad de movimiento. No saldrás de esta casa sin supervisión absoluta.

—¡No pueden hacerme eso! ¡Soy una ciudadana, no su prisionera! —grité, sintiendo cómo las lágrimas de rabia empezaban a caer.

—Eres la hija del Presidente de Grecia, y vas a empezar a actuar como tal o te internaremos en una clínica privada en Suiza donde nadie vuelva a saber de ti —Noah me sujetó por los hombros, obligándome a mirarlo—. No es una amenaza, Mia. Es un hecho. He traído a alguien para que se encargue de ti. Alguien a quien no podrás manipular, ni sobornar, ni seducir.

—¿A quién? ¿A otro de tus soldados sin cerebro? —me burlé, aunque por dentro estaba temblando.

—He llamado a Liam —dijo él, y el nombre resonó en la habitación como una sentencia de muerte.

Me quedé helada. Liam Novak. El mejor amigo de Noah. El hombre que me había ignorado durante años, el que me miraba como si fuera un insecto cada vez que nos cruzábamos en las fiestas de la universidad. El exmilitar que cargaba con más muertos a sus espaldas que medallas en su pecho.

—¿Liam? ¿Estás bromeando? Él me odia —susurré, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche.

—Liam es el único hombre en el que confío mi vida y la de mi familia —respondió Noah, soltándome como si mi contacto le diera asco—. Él no te verá como a una princesa, Mia. Te verá como un objetivo que debe proteger, incluso de ti misma. Estará contigo veinticuatro horas al día. Dormirá en la habitación contigua, irá contigo a cada baño, a cada cena. Si intentas comprar droga, él te detendrá. Si intentas escapar, él te encontrará.

—Noah, esto es demasiado —intervino Emma, mirando a su esposo con desaprobación—. Liam es... es muy duro. Él no entiende por lo que Mia está pasando.

—Precisamente por eso lo contraté, Emma —Noah miró a su esposa y luego volvió a clavarme la mirada—. Mañana a las seis de la mañana, Novak estará aquí. Te sugiero que limpies tu sangre, escondas lo que tengas que esconder y te prepares. Porque tu vida de libertinaje se terminó hoy.

Noah salió del salón sin mirar atrás, dejando un silencio sepulcral. Emma intentó acercarse de nuevo, pero yo ya estaba subiendo las escaleras hacia mi habitación. Me encerré y me desplomé contra la puerta.

Sentía el pecho oprimido. La idea de tener a Liam Novak observando cada uno de mis movimientos, descubriendo la verdad sobre mis temblores y las pastillas que escondía en el doble fondo de mi joyero, era una pesadilla. Él era implacable. Él era el orden, y yo era el caos.

Caminé hacia el espejo y vi mi reflejo. Estaba hecha un desastre. Me pasé la mano por el labio roto y una sonrisa amarga apareció en mi rostro. Mi padre y mi hermano creían que un guardaespaldas iba a domarme. No sabían que cuando no tienes nada más que perder, el peligro se vuelve un juego.

Pero una parte de mí, esa parte que aún recordaba cómo Liam me había mirado la última vez —con una intensidad que me hizo arder la piel—, sabía que esto no sería un juego ordinario. Esto sería una guerra. Y en la guerra, alguien siempre termina de rodillas.

Me acosté en la cama, mirando el techo, esperando que el amanecer no llegara nunca. Pero llegó. Y con él, el sonido de unas botas tácticas resonando en el pasillo, anunciando que mi carcelero había llegado para reclamar su puesto.

Liam Novak estaba aquí. Y yo no sabía si quería matarlo o dejar que me destruyera del todo.

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