Capítulo 2 CAPÍTULO 2: EL PROTOCOLO DE LA DESNUDEZ
Narrado por Mia Petrova
El sol de Atenas entraba por los ventanales con una insolencia que me taladraba las sienes. Apenas había dormido tres horas, y el efecto de la última pastilla que tomé a escondidas se estaba desvaneciendo, dejándome los nervios a flor de piel. Me di una ducha larga, dejando que el agua hirviendo intentara lavar la sensación de derrota que Noah me había dejado la noche anterior. Salí del baño envuelta solo en una toalla de seda blanca, confiada en que mi habitación seguía siendo mi santuario.
Sin embargo, al abrir la puerta que conectaba con mi sala privada, me quedé petrificada.
Allí estaba él. Liam Novak.
Estaba de pie junto a la ventana, revisando su reloj táctico con una expresión de absoluta indiferencia. No estaba solo; tres hombres del equipo de seguridad presidencial, tipos que yo conocía de sobra y que siempre bajaban la cabeza al verme, estaban dispuestos en semicírculo recibiendo órdenes. El contraste era ridículo: Liam parecía una escultura de granito rodeada de simples humanos. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo de su torso y unos pantalones cargo que gritaban "peligro".
Decidí que la mejor defensa era un buen ataque: la indiferencia total.
Caminé hacia mi vestidor, ignorando la presencia de los cuatro hombres como si fueran muebles nuevos. Sentía la mirada de Liam quemándome la espalda, una presión física que me hacía querer cubrirme más, pero me obligué a mantener la barbilla en alto. Los otros guardias desviaron la vista de inmediato, incómodos, pero Liam no parpadeó. Su mirada recorrió mis hombros descubiertos y mis piernas húmedas con una frialdad profesional que me hirió el orgullo.
—Buenos días, señorita Petrova —dijo Liam. Su voz era profunda, un barítono que vibró en el aire—. Llegas diez minutos tarde para tu primera revisión de seguridad.
—Esta es mi casa, Novak —respondí sin girarme, manteniendo un tono de voz gélido—. Y en mi casa, el tiempo corre cuando yo lo digo. Además, no recuerdo haberte dado permiso para entrar en mis aposentos privados.
—Tu hermano me dio las llaves de cada cerradura de este palacio. Incluida la de tu conciencia, si es que te queda algo de eso —replicó él. Escuché un leve carraspeo de uno de los guardias. Liam se giró hacia ellos—. Revisen el perímetro del balcón. Ahora.
Mientras los hombres se movían con torpeza, yo me detuve frente a un espejo de cuerpo entero. Pero entonces, la vi.
En la esquina del marco dorado, una cucaracha enorme, de esas que parecen tener armadura y planes de dominación mundial, comenzó a trepar rápidamente. El pánico, ese terror irracional que no podía controlar ni con drogas ni con sarcasmo, se apoderó de mí.
—¡Aaaah! ¡Quita eso! ¡Quítalo! —grité, perdiendo toda la compostura de princesa.
El insecto voló —porque, por supuesto, tenía que volar— directo hacia mis pies. Mi cerebro se desconectó. Olvidé la toalla, olvidé mi odio, olvidé que estaba rodeada de hombres armados. Solo vi un lugar seguro y sólido en medio del caos.
Me lancé hacia Liam.
Salté sobre él con una agilidad que no sabía que poseía, rodeando su cintura con mis piernas y enterrando mi rostro en su cuello. Liam, por puro instinto de soldado, me atrapó en el aire, sus manos grandes y firmes sujetando mis muslos para que no me cayera. El calor que desprendía su cuerpo era embriagador, un aroma a madera, pólvora y algo puramente masculino que me mareó más que cualquier sustancia.
—¡Mátala! ¡Liam, por el amor de Dios, mátala ahora mismo! —chillaba yo, apretándome contra él.
Sentí una vibración en su pecho. Liam se estaba riendo. No era una carcajada sonora, sino una vibración ronca y burlona.
—¿La heredera de la nación, la mujer que desafía a la policía de El Pireo, tiene miedo de un insecto de dos centímetros? —su voz estaba cargada de un sarcasmo cruel. Sentí sus manos apretar mis piernas, y por un segundo, la tensión no fue de miedo, sino de algo mucho más oscuro y eléctrico.
—¡No es gracioso, Novak! —le grité al oído, sintiendo cómo mi corazón golpeaba contra sus costillas.
—Es hilarante, Mia. Eres patética —dijo él, soltando una mano para señalar a los guardias, que estaban paralizados mirando la escena con los ojos como platos—. ¿Ven esto? Esta es la amenaza que tengo que proteger. Una niña que salta a los brazos de un extraño por una cucaracha.
La burla en su voz me devolvió la realidad como un balde de agua fría. La rabia sustituyó al miedo en un parpadeo.
—¡Suéltame, imbécil! —le espeté, empujando su pecho con todas mis fuerzas para bajarme.
Me impulsé hacia atrás con tal violencia y brusquedad que Liam, que no esperaba ese arrebato de fuerza, me soltó de golpe. Pero el desastre estaba escrito. El nudo de mi toalla de seda, mal hecho por la prisa y debilitado por mi salto acrobático, cedió por completo en el aire.
Sentí el roce de la seda deslizándose por mi piel como una caricia traicionera.
Me quedé de pie, jadeando, en medio de la habitación. La toalla yacía en el suelo, como un charco blanco a mis pies. No llevaba nada debajo. Absolutamente nada. El aire acondicionado de la habitación golpeó mi piel desnuda, enviando un escalofrío por todo mi cuerpo.
El silencio que siguió fue absoluto, denso, casi doloroso.
Los tres guardias de seguridad se quedaron petrificados. Sus rostros pasaron del asombro al rojo carmesí en un segundo, y como si hubieran recibido una descarga eléctrica, se giraron al unísono hacia la pared, mirando los cuadros como si fueran la cosa más interesante del mundo.
Pero Liam no se giró.
Él se quedó allí, a menos de un metro de mí. Sus ojos grises, antes burlones, se oscurecieron de inmediato, transformándose en dos pozos de tormenta. Su mirada no fue rápida; fue un recorrido lento, posesivo y hambriento por cada curva de mi cuerpo, desde mis pechos que subían y bajaban por la respiración agitada, hasta el triángulo de vello oscuro y la curva de mis caderas.
Por un instante eterno, no fui la hija del Presidente ni él mi guardaespaldas. Éramos solo un hombre y una mujer consumidos por una electricidad estática que amenazaba con hacer arder la habitación.
—Vaya... —susurró Liam. Su voz ya no era burlona. Era áspera, cargada de una tensión sexual tan pura que sentí que mis rodillas flaqueaban—. Parece que la princesa tiene más secretos de los que pensaba mostrar hoy.
Recuperé el sentido de la realidad y el bochorno me golpeó con la fuerza de un camión. Me agaché a una velocidad récord, recogí la toalla y me cubrí, temblando de una mezcla de furia y una excitación que me negaba a reconocer.
—¡Lárguense! ¡Fuera de aquí ahora mismo! —grité, señalando la puerta con una mano mientras sostenía la seda contra mi pecho con la otra.
Los guardias salieron casi corriendo, tropezando entre ellos en su afán por escapar de la furia —y la tentación— de la hija del Presidente. Pero Liam se tomó su tiempo. Se acercó un paso más, lo suficiente para que pudiera sentir el calor de su aliento.
—Mañana a las seis, Mia. Asegúrate de que el nudo de la toalla sea más fuerte —hizo una pausa, bajando la voz hasta que solo yo pudiera oírlo—. O no te pongas nada. Ahorrarás tiempo de todas formas.
Me dedicó una última mirada cargada de una promesa pecaminosa y salió de la habitación con paso firme, dejándome allí, desnuda bajo la seda y con el corazón martilleando contra mis costillas. Sabía que esto era el principio del fin. Liam Novak no solo iba a vigilar mis pasos; iba a destruir cada una de mis defensas hasta que no quedara nada más que el deseo puro entre nosotros.
Me dejé caer en la cama, escondiendo el rostro entre las almohadas. El problema no era la cucaracha. El problema era que, por primera vez en mi vida, alguien me había hecho sentir más viva estando desnuda y humillada que con todas las drogas de Atenas corriendo por mis venas.
