Capítulo 3 CAPÍTULO 3: EL PESO DE LAS MIRADAS

Narrado por Mia Petrova

El silencio en la mansión era más denso que de costumbre, una masa viscosa que se me pegaba a la piel y me hacía sentir pequeña. Después del desastre de la mañana, no tuve el valor de mirarme al espejo, y mucho menos de vestirme con algo que no fuera un chándal gris demasiado grande y una sudadera que me tragaba entera. Me sentía expuesta, como si la desnudez frente a esos hombres hubiera arrancado la última capa de protección que me quedaba.

Me refugié en el gran salón, hundida en el sofá de terciopelo azul, con la mirada clavada en la televisión. No estaba viendo nada realmente; las noticias sobre la crisis económica en la zona euro eran solo ruido de fondo para evitar el ruido de mis propios pensamientos. A mi lado, en la mesa de centro, un plato de fruta picada y yogur que Emma me había enviado se marchitaba lentamente. No tenía hambre. El nudo en mi estómago, esa mezcla de abstinencia y vergüenza, no dejaba espacio para nada más.

A unos metros, apostados en las esquinas del salón como gárgolas modernas, estaban los tres subordinados de Liam: Matías, Lucas y Fernando.

La dinámica entre ellos era fascinante de una manera retorcida. Matías y Lucas actuaban como si yo fuera una mancha en la pared. Sus ojos recorrían la habitación, la puerta y las ventanas, ignorándome con una frialdad profesional que casi agradecía. Para ellos, yo era un mueble caro que debían vigilar. Pero Fernando... Fernando era diferente.

Cada vez que movía la pierna o me acomodaba el cabello, sentía su mirada. No era la mirada de Liam —aquella que quemaba con una intensidad oscura y desafiante—, la de Fernando era una mirada furtiva, aceitosa, cargada de una lascivia que me hacía hervir la sangre. Sabía que estaba recordando lo que vio esta mañana. Sabía que en su mente, yo ya no era la hija del Presidente, sino un cuerpo que había estado a su merced por un error estúpido.

—¿Te pasa algo, Fernando? —solté de pronto, sin apartar los ojos de la pantalla. Mi voz sonó más rota de lo que quería.

El guardia se tensó, pero no apartó la vista de inmediato. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, asomó en su rostro.

—Nada, señorita Petrova. Solo cumplo con mi deber de vigilarla —respondió con un tono que pretendía ser respetuoso, pero que goteaba ironía.

—Vigilarme no significa desvestirme con los ojos cada vez que parpadeo —le espeté, girándome para enfrentarlo.

Matías y Lucas intercambiaron una mirada rápida, pero permanecieron en silencio. Fernando soltó una pequeña risa seca, cruzándose de brazos.

—Creo que está exagerando, señorita. Quizás los nervios por lo de esta mañana la están haciendo imaginar cosas. Estamos aquí para su seguridad, nada más.

—Sé lo que veo —insistí, sintiendo cómo el temblor en mis manos regresaba. Necesitaba una pastilla. Necesitaba que este día terminara—. No me mires así.

—¿Así cómo? —Fernando dio un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio personal—. Solo soy un profesional haciendo su trabajo. Si usted decide saltar desnuda frente a un equipo de hombres, no puede culparnos por tener ojos. Pero de ahí a que yo la esté mirando "de más"... me parece que tiene el ego un poco alto, incluso para ser una Petrova.

—Es un imbécil —susurré, sintiendo la impotencia cerrarse en mi garganta. Si iba con mi padre o con Noah a quejarme, dirían exactamente lo mismo: que soy una dramática, que estoy paranoica por las sustancias, que "yo me lo busqué".

En ese momento, el sonido de unas botas pesadas contra el mármol anunció la llegada de la tormenta. Liam entró al salón con una carpeta en la mano y ese aura de autoridad que parecía absorber todo el oxígeno del lugar. Se detuvo en seco, sus ojos grises escaneando la escena en un segundo. Notó mi postura defensiva, el plato de comida intacto y la expresión de suficiencia que Fernando no pudo borrar a tiempo.

—¿Hay algún problema aquí? —preguntó Liam. Su voz era un gruñido bajo que hizo que Matías y Lucas se pusieran aún más rectos.

—Ninguno, jefe —se apresuró a decir Fernando, recuperando su posición—. La señorita Petrova está un poco sensible hoy. Dice que la miro mucho. Ya sabe cómo es... el estrés de ser ella.

Liam caminó hacia el centro del salón, ignorando a Fernando por un momento para clavar sus ojos en mí. Me sentí pequeña bajo su escrutinio. No quería que él me defendiera, no quería deberle nada.

—¿Es cierto eso, Mia? —preguntó Liam, dando un paso hacia el sofá.

—¿Qué importa? —respondí, escondiendo mis manos temblorosas bajo mis muslos—. Según tus hombres, exagero. Según mi hermano, estoy loca. Haz lo que quieras, Novak. Al fin y al cabo, solo soy tu "objetivo", ¿no?

Liam no respondió de inmediato. Se giró hacia Fernando con una lentitud que resultaba aterradora. El ambiente en el salón cambió drásticamente; la temperatura pareció bajar diez grados.

—Fernando —dijo Liam. Su tono era peligrosamente suave.

—¿Sí, jefe?

—A partir de ahora, estás fuera del equipo de rotación interna. Te quiero en la puerta principal, bajo la lluvia si es necesario. No volverás a entrar en esta planta de la mansión.

Fernando abrió la boca, indignado. —¡Pero jefe! Solo estaba bromeando, ella es la que...

—Ella es la hija del Presidente y la mujer que yo estoy custodiando —lo cortó Liam, dando un paso hacia él que obligó al otro hombre a retroceder—. Si tus ojos no pueden mantenerse en el perímetro y se desvían hacia donde no deben, te los arrancaré antes de que vuelvas a parpadear. ¿He sido claro?

—Sí, señor —masculló Fernando, rojo de la rabia y la humillación.

—Lárgate. Matías, Lucas, acompañen a este idiota a su nuevo puesto y asegúrense de que entienda que la próxima vez no será un cambio de puesto, sino una entrega directa a la policía militar por insubordinación.

Los tres hombres salieron del salón en un silencio sepulcral. Me quedé a solas con Liam. El tic-tac del reloj de pared parecía un martillo. No sabía qué decir. Mi orgullo me pedía que lo insultara por entrometerse, pero mi corazón latía con una gratitud extraña que me asustaba.

—No necesitaba que me salvaras, Novak —dije finalmente, aunque mi voz me traicionó y sonó débil.

Liam se acercó y, sin pedir permiso, se sentó en la mesa de centro, justo frente a mí, obligándome a mirarlo. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus ojos grises.

—No te estaba salvando, Petrova. Estaba haciendo limpieza —respondió, echando un vistazo al plato de comida—. Come algo. Estás pálida y te tiemblan las manos. Si te vas a desmayar, prefiero que sea por la adicción y no por falta de glucosa. Es más fácil de manejar.

—Eres un animal —le espeté, aunque tomé un trozo de manzana solo para tener algo que hacer con las manos.

—Y tú eres una mentirosa —replicó él, bajando la voz—. Estás muerta de miedo, no por la cucaracha ni por Fernando, sino porque sabes que yo soy el único que te ve de verdad. Sé que tienes algo escondido en esa habitación, Mia. Sé que anoche no dormiste. Y sé que ese chándal es solo una armadura para que no note cuánto deseas que te toque otra vez.

—Te odias a ti mismo por desearme —le dije, recuperando un poco de mi veneno—. Porque soy todo lo que desprecias. Soy el caos que tu disciplina no puede controlar.

Liam se inclinó hacia adelante, atrapando mi barbilla con sus dedos, obligándome a sostenerle la mirada. El contacto eléctrico me recorrió todo el cuerpo, encendiendo un fuego que nada tenía que ver con las drogas.

—Tienes razón —susurró contra mis labios, tan cerca que su aliento me embriagó—. Te desprecio. Desprecio tu debilidad y tu apellido. Pero eso no va a impedir que te rompa si vuelves a desafiarme de la manera en que lo hiciste esta mañana. Porque la próxima vez que te quedes desnuda frente a mí, no habrá guardias para salvarte de lo que voy a hacerte.

Se puso de pie bruscamente, dejándome sin aliento y con el sabor de su promesa en el aire.

—Come, Mia. Mañana salimos de la casa. Y vas a necesitar todas tus fuerzas para lo que viene.

Salió del salón sin mirar atrás, dejándome sola con mi plato de fruta y un deseo prohibido que empezaba a doler más que la propia adicción. Liam Novak no era mi protector; era el verdugo de mi cordura.

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