Capítulo 4 CAPÍTULO : EL SABOR DE LA TRAICIÓN
Narrado por Mia Petrova
La lluvia caía sobre Atenas con una furia purificadora, pero no había agua en el mundo capaz de limpiar la suciedad que sentía bajo mi piel. Eran las dos de la mañana. Necesitaba aire, o quizás necesitaba ese último gramo de valor que solo encontraba en los cigarrillos que yo misma preparaba con "algo extra". Me escabullí por la puerta acristalada del comedor, moviéndome como una sombra hacia el rincón más oscuro del patio, donde los olivos ofrecían un refugio precario contra la tormenta.
Encendí el cigarrillo con dedos temblorosos. El primer soplo de humo mezclado con la humedad del ambiente me mareó ligeramente. Cerré los ojos, apoyando la cabeza contra el tronco húmedo de un árbol, deseando desaparecer.
—Es una noche muy húmeda para estar aquí fuera, señorita Petrova. Sobre todo para alguien con sus... hábitos.
Me sobresalté tanto que el cigarrillo casi cae de mis dedos. Fernando estaba allí, envuelto en su chaqueta de seguridad impermeable, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Su presencia en el patio trasero, donde se suponía que no debía estar tras la orden de Liam, me revolvió el estómago.
—¿Qué haces aquí, Fernando? —le espeté, intentando que mi voz no delatara el miedo—. Novak te ordenó estar en la puerta principal.
—Novak no es Dios, aunque él crea que sí —respondió, dando un paso hacia mí. Antes de que pudiera reaccionar, extendió la mano y me arrebató el cigarrillo de los labios con un movimiento brusco—. Y esto... esto huele demasiado dulce para ser tabaco turco.
—Dámelo. Ahora mismo —exigí, extendiendo la mano con un arranque de falsa valentía.
Fernando soltó una carcajada seca y elevó el cigarrillo, observándolo bajo la luz tenue de los faroles del jardín. Su mirada volvió a mí, pero esta vez no había solo lascivia; había una amenaza fría, algo depredador que me hizo dar un paso atrás hasta chocar con el árbol.
—¿Sabes qué pasaría si le entrego esto al Presidente? O mejor aún, a Noah —susurró, inclinándose sobre mí—. No solo te encerrarían en Suiza, Mia. Destruirías la carrera de tu padre. Un escándalo de drogas en la familia presidencial justo antes de las elecciones... eso vale mucho dinero.
—Me estás chantajeando —dije, sintiendo cómo el frío de la lluvia calaba en mis huesos—. Eres un miserable.
—No, preciosa. Estoy cobrando una tarifa de silencio —Fernando se acercó más, atrapando un mechón de mi cabello mojado—. El favor de esta mañana... me dejaste en ridículo delante de todos. Me debes una compensación. Y creo que ambos sabemos qué es lo que quiero.
—¡Apártate de mí! —lo empujé con todas mis fuerzas, pero él apenas se movió.
—Si alguien se entera de lo que contiene esto, estás acabada —dijo, guardándose el cigarrillo en el bolsillo de su pantalón con un gesto triunfal—. Pero puedo olvidarme de todo si eres... amable.
Antes de que pudiera gritar, Fernando me sujetó por la nuca y me estampó contra el tronco. Sus labios chocaron contra los míos en un beso violento, invasivo, que sabía a nicotina y desesperación. Luché, golpeando su pecho, sintiendo un asco visceral que me subía por la garganta. Logré apartarlo de un empujón, jadeando, limpiándome la boca con el dorso de la mano.
—¡No vuelvas a tocarme! —le grité, con lágrimas de pura rabia mezclándose con la lluvia.
Pero él no se detuvo. Me agarró del brazo y me atrajo de nuevo hacia él, forzando otro beso mientras sus manos bajaban por mi espalda. En ese preciso instante, una luz potente iluminó el patio.
—¡Sueltala! —la voz de Liam tronó como un cañón, cortando el sonido de la lluvia.
Fernando me soltó de inmediato, pero en lugar de huir, puso la actuación de su vida. Liam apareció desde las sombras del porche, seguido de cerca por Lucas y Matías. Su rostro era una máscara de furia contenida, sus manos cerradas en puños que parecían listos para matar.
—¿Qué demonios significa esto? —gruñó Liam, mirando de Fernando a mí.
—¡Jefe, gracias a Dios que llegó! —exclamó Fernando, fingiendo estar agitado, dándose un paso atrás como si estuviera asustado—. Yo estaba patrullando el perímetro exterior y ella... ella salió de la nada. Estaba llorando, diciendo que se sentía sola, que nadie la quería. Se me lanzó encima, jefe. Intenté apartarla, pero ya sabe cómo es cuando se pone así... está fuera de sí.
Me quedé helada, con la respiración entrecortada. Miré a Fernando con un odio tan puro que me quemaba las entrañas. Vi cómo, con un gesto rápido y sutil, se aseguraba de que el cigarrillo estuviera bien escondido en su bolsillo. Mi secreto era su seguro de vida. Si yo hablaba, él entregaba la prueba a mi padre, y mi vida se acababa.
Miré a Liam. Sus ojos grises estaban fijos en mí, buscando una respuesta, una negación, algo. Pero el peso del secreto me cerró la boca. Si Noah se enteraba de la droga, si mi padre veía ese cigarrillo... no me enviarían a Suiza, me borrarían del mapa.
—Mia, ¿es eso cierto? —la voz de Liam era baja, peligrosa, con una nota de decepción que me dolió más de lo que esperaba.
Lucas y Matías me miraban con desprecio, convencidos por la mentira de su compañero. Para ellos, yo solo era la hija malcriada del Presidente buscando consuelo en los brazos de cualquiera.
No pude decir nada. No podía ganar esta batalla sin perderlo todo. Miré a Fernando una última vez, viendo la chispa de triunfo en sus ojos, y luego miré a Liam. No soporté la intensidad de su mirada, el juicio silencioso que emanaba de él.
Sin decir una palabra, me di la vuelta y eché a correr.
Corrí bajo la lluvia, atravesando el jardín y subiendo las escaleras de la mansión como si los demonios me persiguieran. Mis botas resbalaban en el mármol del salón, pero no me detuve. No paré hasta que llegué a mi habitación y cerré la puerta con doble llave.
Me desplomé en el suelo, abrazando mis rodillas. Estaba temblando incontrolablemente. Fernando me tenía acorralada. Y Liam... Liam ahora pensaba que yo era exactamente lo que los periódicos decían: una mujer desesperada, inestable y capaz de cualquier cosa por un poco de atención.
Me tapé la cara con las manos, sollozando en silencio. El secreto me estaba ahogando, y por primera vez, sentí que las paredes de la mansión se cerraban sobre mí, convirtiéndose en una tumba de la que ni siquiera Liam Novak podría rescatarme.
