Capítulo 5 CAPÍTULO 5: EL FILO DE LA DUDA

Narrado por Liam Novak

La lluvia me azotaba el rostro, pero el frío del agua no era nada comparado con el incendio que sentía en las venas. Cuando vi a Mia contra ese árbol, envuelta en las sombras con Fernando, algo dentro de mi cráneo hizo clic. No fue el instinto de protección de un guardaespaldas; fue algo mucho más primario, más oscuro. Fue la rabia de un hombre que ve cómo alguien toca lo que, bajo ninguna circunstancia, debería ser tocado.

Cuando ella salió corriendo, empapada y temblorosa, quise seguirla. Quise atraparla por los hombros y obligarla a mirarme para saber si ese brillo en sus ojos era miedo o culpa. Pero me quedé allí, con los pies clavados en el barro, mientras el silencio solo era interrumpido por el golpeteo del agua y la respiración agitada de Fernando.

—Maldita sea... —Fernando se limpió la boca con el dorso de la mano, fingiendo una conmoción que me revolvió las tripas—. Jefe, yo... lo siento. Intenté pararla, de verdad.

Me giré hacia él lentamente. Matías y Lucas se mantenían a un par de metros, quietos como estatuas, pero podía notar su incomodidad.

—¿Intentaste pararla? —pregunté. Mi voz era un susurro gélido, el tipo de voz que usaba en los interrogatorios antes de que todo se volviera sangriento.

—Sí, señor. Usted la conoce —Fernando soltó una risa nerviosa, acomodándose la chaqueta—. Salió de la nada. Estaba... rara. Empezó a decir que nadie en esta casa la entiende, que su hermano es un dictador y que usted es un bloque de hielo. Se me lanzó al cuello, Liam. Me besó con una desesperación que daba miedo. Me decía: "Fernando, sácame de aquí, haz que me olvide de todo".

—¿Y por qué no la apartaste de inmediato? —intervino Matías, con el ceño fruncido—. Eres un profesional, se supone que sabes manejar a un civil alterado.

—¡Lo hice! —exclamó Fernando, mirando a Matías y luego volviendo a mí con ojos suplicantes—. Pero es la hija del Presidente, joder. Si la empujo demasiado fuerte y se cae, soy yo el que termina en la cárcel. Estaba tratando de calmarla cuando ustedes aparecieron. Jefe, escuche... sé que esto es un lío.

Fernando dio un paso hacia mí, bajando la voz en un tono de falsa camaradería que me hizo querer romperle la mandíbula.

—Mire, no quiero problemas. No le diré nada a nadie sobre esto. No voy a presentar quejas por acoso laboral ni a armar un escándalo con el sindicato de seguridad. Sé que Noah es su amigo y no quiero ponerlo en una situación difícil —hizo una pausa, fingiendo una preocupación honesta—. Pero tenga a esa niña lejos de mí. En serio. Es peligrosa. Ella es la que busca, la que tienta. No me gustaría que me volviera a poner en una posición donde mi carrera dependa de sus caprichos sexuales.

Apreté los puños bajo la lluvia. Había algo en su tono, una nota de suficiencia que no encajaba. Pero Mia no había dicho nada. No se había defendido. Solo había huido con la mirada de alguien que carga con el peso del mundo.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —le pregunté a Fernando, entrecerrando los ojos.

—Es la verdad, jefe. Lucas y Matías vieron cómo estaba ella —Fernando señaló hacia la casa—. Estaba fuera de sí. Yo solo soy una víctima de sus juegos de niña rica y aburrida. Manténgala vigilada, Novak. Por su propio bien y el de su equipo.

—Vete a la puerta principal —le ordené, mi voz sonando como el crujido de un hueso—. Ahora. Y si vuelvo a verte en el patio trasero o cerca de los aposentos de la señorita Petrova antes del amanecer, te sacaré de aquí en una bolsa de lona.

Fernando asintió rápidamente, lanzando una última mirada de triunfo contenida hacia los otros dos guardias antes de desaparecer bajo la lluvia.

—¿Le cree, jefe? —preguntó Lucas una vez que nos quedamos solos.

—No creo en nada que no pueda ver con mis propios ojos —respondí, aunque la duda me corroía—. Matías, revisa las cámaras de seguridad del patio. Quiero saber cuánto tiempo estuvieron ahí fuera antes de que llegáramos. Lucas, quédate en el pasillo de la planta alta. Nadie entra, nadie sale.

—Entendido, señor.

Caminé hacia la mansión, ignorando el frío. Mi mente era un campo de batalla. Conocía a tipos como Fernando; eran oportunistas, mediocres que se alimentaban de la debilidad ajena. Pero también conocía a Mia. Sabía que era una mujer rota, que buscaba escapes en lugares peligrosos. ¿Realmente se había lanzado a los brazos de un guardia solo por un momento de atención?

Subí las escaleras de dos en dos, mis botas dejando un rastro de agua y barro en la alfombra cara. Me detuve frente a la puerta de su habitación. Podía escuchar su respiración entrecortada al otro lado, un sollozo ahogado que intentaba ocultar.

Apoyé la mano en la madera fría. Quería derribar la puerta. Quería sacudirla y preguntarle por qué se quedaba callada, por qué dejaba que un tipo como Fernando hablara así de ella. Pero recordé su mirada en el patio. No era la mirada de una seductora; era la mirada de alguien atrapado en una red de mentiras.

—Mia —dije en voz baja. El nombre se sentía extraño en mi boca, demasiado suave para un hombre como yo.

No hubo respuesta, solo el silencio repentino de quien aguanta la respiración.

—Sé que no estás dormida —continué, apoyando la frente contra la puerta—. Fernando dice que tú lo buscaste. Dice que te le lanzaste encima porque te sentías sola.

Escuché un movimiento brusco al otro lado, como si se hubiera levantado del suelo.

—¿Y le crees? —su voz llegó amortiguada, cargada de una amargura que me atravesó el pecho—. Por supuesto que le crees. Todos le creen a los que dicen que soy una basura. Vete al diablo, Novak. Déjame en paz.

—Si no te defiendes, le estás dando la razón —le espeté, sintiendo que la rabia volvía a subir por mi garganta—. ¿Por qué no dijiste nada ahí fuera? ¿Por qué te quedaste callada como si tuvieras una soga al cuello?

—Porque no importa lo que yo diga —gritó ella, y esta vez pude oír el borde del llanto—. ¡Nada de lo que yo diga tiene valor en esta casa! ¡Vete! ¡Vigila la puerta y asegúrate de que no me escape, que es para lo único que te pagan!

Golpeé la puerta con el puño una sola vez, un impacto seco que hizo vibrar el marco.

—No me pagan para que me mientan en la cara, Mia. Mañana vamos a hablar. Y más vale que tengas una mejor explicación que el silencio, porque no voy a dejar que un imbécil como Fernando maneje mi equipo a base de chismes de cama.

Me di la vuelta y me alejé por el pasillo, pero mi mente seguía en esa habitación. Había algo más. El olor dulce que había en el aire del patio no era solo lluvia y perfume. Era el olor de la autodestrucción.

Fernando escondía algo en el bolsillo cuando se fue, un gesto rápido que mis ojos entrenados no pasaron por alto. Mia no lo estaba besando por soledad; lo estaba besando por necesidad, o quizás por miedo.

Entré en mi habitación, que estaba justo al lado de la suya, y me quité la camiseta empapada. Me senté en el borde de la cama, mirando la pared que nos separaba. Mi misión era protegerla, pero ¿cómo proteges a alguien que prefiere quemarse viva antes que pedir ayuda?

—Mañana, pequeña princesa —susurré para la oscuridad—. Mañana vamos a quemar todas las mentiras.

Me acosté, pero el sueño no llegó. Solo la imagen de su piel desnuda bajo la toalla y la expresión de terror en sus ojos bajo la lluvia, una combinación que me estaba volviendo loco y que amenazaba con destruir la poca disciplina que me quedaba.a

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