Capítulo 6 CAPÍTULO 6: EL FILO DEL DESEO Y LA AMENAZA
Narrado por Mia Petrova
La mañana llegó con una luz grisácea y fría que se filtraba por las pesadas cortinas de mi habitación. Me dolía todo el cuerpo; la humedad de la lluvia de anoche parecía haberse instalado en mis huesos, y el vacío en mi estómago por no haber comido se mezclaba con el temblor de mis manos. Necesitaba mi cigarrillo. Necesitaba esa calma artificial que Fernando me había arrebatado.
Me puse un vestido de seda color esmeralda, algo que me hiciera sentir poderosa aunque por dentro me estuviera desmoronando, y salí al balcón privado de mi suite. No pasaron ni cinco segundos antes de que la puerta se abriera de golpe sin que nadie llamara. No necesitaba girarme para saber quién era. El aire de la habitación se cargó instantáneamente con esa electricidad estática que solo Liam Novak traía consigo.
—No te di permiso para entrar —dije, dándole la espalda mientras me abrazaba a mí misma para ocultar el temblor de mis dedos.
—Se acabaron los permisos, Mia —su voz era como el crujido de la grava bajo unas botas militares. Escuché cómo cerraba la puerta y echaba el pestillo. El sonido metálico me hizo saltar el corazón—. No dormí anoche pensando en la escena patética del jardín. Y sé que tú tampoco lo hiciste.
Se acercó hasta quedar a pocos centímetros de mi espalda. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, ese olor a jabón neutro y fuerza bruta que me mareaba.
—¿Qué quieres, Liam? Si vienes a sermonearme sobre mi "conducta inapropiada" con los guardias, ahórratelo. Ya escuchaste a Fernando. Soy una chica solitaria y desesperada. ¿No es eso lo que todos quieren creer?
—Mírame cuando te hablo —ordenó él. Me sujetó del brazo y me giró con una firmeza que no admitía réplicas.
Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, como si realmente hubiera pasado la noche en vela. Me escaneó el rostro, deteniéndose en mis labios, que aún se sentían sucios por el contacto de Fernando, y luego en mis ojos.
—Mientes —sentenció—. Fernando es un tipo rastrero, pero tú... tú eres una Petrova. Tienes el orgullo más alto que el Partenón. No te lanzarías a un tipo como él solo por soledad. Hay algo más. ¿Qué te tiene tan asustada que prefieres dejar que él manche tu nombre antes que decir la verdad?
—No estoy asustada —mentí, aunque mi voz tembló. Traté de zafarme de su agarre, pero él apretó más, obligándome a quedar pegada a su pecho—. Déjame ir, Novak. Tu trabajo es vigilar mi seguridad física, no mi moral.
—Mi trabajo es eliminar cualquier amenaza, y ahora mismo, la amenaza más grande que tienes está sentada en tu cabeza —Liam dio un paso más, acorralándome contra la barandilla de piedra del balcón—. Vi cómo te miraba. Vi cómo te besó. Eso no fue un encuentro consensuado, Mia. Fue una agresión. ¿Por qué no lo denunciaste? ¿Qué tiene él que te obliga a callar?
—¡Nada! ¡No tiene nada! —grité, golpeando su pecho con mis puños. Las lágrimas de frustración empezaron a agolparse en mis ojos—. ¡Solo déjame en paz! ¡Tú no sabes lo que es vivir en esta familia! Un solo error, un solo desliz que manche la imagen de "perfección" de mi padre, y mi vida se acaba. ¡No entiendes nada!
—¡Entonces haz que lo entienda! —rugió él, sujetando mis dos muñecas con una sola mano y elevándolas sobre mi cabeza, inmovilizándome contra la pared fría—. Estoy harto de tus juegos, de tus silencios y de ese olor dulce que llevabas encima anoche. ¿Es eso, verdad? ¿Drogas? ¿Fernando te pilló con algo y ahora te tiene bajo su bota?
El silencio que siguió fue atronador. Mi respiración se volvió errática. Estábamos tan cerca que nuestras narices se rozaban, y podía ver el pulso acelerado en su cuello. La rabia en sus ojos empezó a transformarse en otra cosa, en una intensidad abrasadora que me cortó el aliento.
—Si es así, dímelo —susurró Liam, y esta vez su voz no era una orden, sino una súplica ronca—. Dime qué tiene él y yo me encargaré. Lo enterraré tan profundo que nadie encontrará sus huesos. Pero deja de mentirme, Mia. Me estás volviendo loco.
—¿Por qué te importa tanto? —le pregunté, con la voz apenas audible. Mis ojos bajaron a sus labios, que estaban a milímetros de los míos—. Se supone que me desprecias.
—Te desprecio —admitió él, su aliento acariciando mi boca—. Desprecio que te destruyas. Desprecio que seas tan terca. Pero me muero por dentro cada vez que imagino a otro hombre tocándote. Me quema la sangre pensar que ese imbécil puso sus manos sobre ti.
El mundo exterior desapareció. Solo existíamos nosotros dos, el viento frío de Atenas y una tensión sexual que había dejado de ser una chispa para convertirse en un incendio forestal. Liam bajó la mirada a mi boca, y vi cómo sus pupilas se dilataban hasta devorar el gris de sus ojos. Sus dedos se aflojaron en mis muñecas, pero no me soltó; sus manos bajaron por mis brazos hasta acunar mi rostro con una delicadeza que me rompió por dentro.
Yo cerré los ojos, inclinándome hacia él. Quería ese beso. Necesitaba que él borrara el rastro de Fernando, que me hiciera sentir algo que no fuera culpa o ansiedad. Sus labios rozaron los míos, una caricia eléctrica que hizo que mis rodillas flaquearan. Estábamos a punto de cruzar la línea, de romper cada regla, de entregarnos a una pasión que nos destruiría a ambos...
¡Clac!
El sonido seco de un golpe en la puerta de la suite rompió el hechizo. Nos separamos bruscamente, como si nos hubieran arrojado agua helada. Liam se giró, su rostro transformándose instantáneamente en una máscara de frialdad letal, mientras yo me abrazaba a mí misma, tratando de recuperar el aire y la cordura.
Liam caminó hacia la puerta y la abrió de un tirón.
Era Fernando.
Llevaba su uniforme impecable y una expresión de falsa sumisión que me hizo querer vomitar. En sus ojos, sin embargo, brillaba una chispa de malicia absoluta. Sabía que nos había interrumpido. Sabía que algo estaba pasando.
—Siento interrumpir, jefe —dijo Fernando, echando una mirada rápida por encima del hombro de Liam hacia donde yo estaba, de pie en el balcón, todavía agitada—. Pero el Presidente y el señor Noah están en el despacho principal. Quieren ver a la señorita Petrova de inmediato. Parece que ha surgido un "asunto urgente" relacionado con la seguridad del evento de mañana.
Fernando hizo una pausa deliberada y me dirigió una sonrisa gélida.
—Ah, y señorita Petrova... —añadió, metiendo la mano en su bolsillo y jugueteando con algo que yo sabía perfectamente qué era—. Me tomé la libertad de revisar el patio esta mañana por si había dejado algo olvidado anoche. No encontré nada... por ahora. Pero será mejor que bajemos ya. No queremos que su padre se impaciente, ¿verdad?
Liam se tensó de tal manera que pensé que se lanzaría sobre él en ese mismo instante. Sus hombros eran una línea rígida de músculo y furia.
—Yo la llevaré, Fernando —dijo Liam, con una voz que prometía violencia—. Tú regresa a tu puesto. Y recuerda lo que te dije anoche sobre las distancias.
—Como usted diga, jefe. Solo cumplía con mi deber de informar —Fernando hizo una pequeña inclinación de cabeza, cargada de burla, y se retiró por el pasillo.
Liam se giró hacia mí. Sus ojos ya no tenían rastro de la ternura de hace un momento, solo una determinación sombría.
—Baja. Pero no te acerques a él —me advirtió—. No sé qué cartas tiene, pero voy a descubrirlo, Mia. Y cuando lo haga, espero que estés preparada para las consecuencias de lo que casi sucede aquí.
Salí de la habitación sin decir nada, con el corazón en la garganta. Sabía que la reunión con mi padre y Noah no sería buena. Pero lo que más me aterraba no era el regaño de mi padre, sino el hecho de que Liam Novak acababa de descubrir mi mayor debilidad: que lo deseaba tanto como a la sustancia que me estaba matando
