Capítulo 7 CAPÍTULO 7: EL TEATRO DE LA PERFECCIÓN
Narrado por Mia Petrova
El despacho de mi padre siempre me ha recordado a un mausoleo. El aire huele a cera de muebles antiguos, a papel viejo y a ese aroma metálico que emana del poder absoluto. Las paredes están cubiertas de mapas de Grecia, de fotografías estrechando manos con líderes mundiales y de estantes llenos de leyes que él mismo ha firmado. No hay un solo rastro de calidez, ni una sola foto familiar que no haya sido posada para una revista de sociedad.
Noah estaba allí, de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas tras la espalda. Parecía el heredero perfecto, el hijo que nunca cometía errores. A su lado, Liam permanecía como una sombra silenciosa, con los ojos grises fijos en la nuca de mi hermano, pero sentía su atención clavada en mí como un alfiler. Mi padre, Konstantin, no levantó la vista de su escritorio cuando entré.
—Siéntate, Mia —dijo él. No fue una invitación, sino una orden directa.
Me senté en la silla de terciopelo frente a él, cruzando las piernas con una elegancia que me costó cada gramo de energía. Sentía el roce del vestido esmeralda contra mis muslos, un recordatorio de la cercanía de Liam hace apenas unos minutos. El silencio se prolongó lo suficiente como para que el tic-tac del reloj de péndulo empezara a sonar como un tambor de guerra.
Finalmente, mi padre deslizó una carpeta de cuero negro sobre la superficie de mármol del escritorio.
—Tu agenda para la próxima semana —sentenció—. Léela.
Abrí la carpeta con dedos que, por milagro, no temblaban. Mis ojos recorrieron las líneas impresas con una rapidez creciente, y sentí cómo la bilis subía por mi garganta.
—Lunes: Gala de la Cruz Roja en el Zappeion. Martes: Inauguración del nuevo ala del hospital infantil. Miércoles: Cena privada con el embajador de Francia. Jueves: Entrevista exclusiva para Vogue Grecia sobre "La vida en la mansión presidencial"... —Cerré la carpeta de golpe, haciendo un ruido seco que resonó en las paredes—. No voy a hacer esto.
—No te estoy preguntando si quieres hacerlo —respondió mi padre, levantando por fin la vista. Sus ojos eran dos piedras frías que no mostraban ni un ápice de afecto—. El país atraviesa una crisis de confianza. Las protestas en el centro de la ciudad están aumentando, y la prensa no deja de hablar de tus "escapadas" nocturnas y de tus altercados callejeros. Necesitamos proyectar una imagen de unidad, de estabilidad. Y tú eres la cara de esa estabilidad.
—¡Soy una persona, no una herramienta de marketing, papá! —exclamé, poniéndome de pie. La rabia me devolvió la fuerza—. No puedes obligarme a sonreír frente a una cámara mientras me siento como si estuviera en una prisión. Ese hospital, esa gala... son solo decorados. No te importa la Cruz Roja, te importan las encuestas del próximo mes.
—Mia, por favor —intervino Noah, girándose hacia nosotros. Su voz era suave, mediadora, la voz que usaba para convencer a los votantes—. Entiende la situación. Si el pueblo ve que la familia presidencial está fracturada, los extremistas ganarán terreno. Esto no es solo por papá, es por el futuro de Grecia.
—¿Y qué hay de mi futuro, Noah? —lo encaré, ignorando la presencia de Liam, aunque sabía que escuchaba cada palabra—. ¿Qué hay de lo que yo quiero? Me habéis puesto un guardaespaldas que me sigue hasta al baño, me habéis prohibido salir de casa sin permiso y ahora queréis que desfile como un perro de concurso. ¡No lo haré!
Mi padre golpeó el escritorio con la palma de la mano, un impacto que me hizo dar un salto.
—¡Basta de caprichos! —rugió Konstantin, poniéndose de pie. Su imponente figura llenó el despacho—. Durante veintitrés años has disfrutado de los lujos, de la educación en las mejores escuelas de Europa, de la protección que este apellido te brinda. ¿Y qué has dado a cambio? Escándalos, vergüenza y dolor de cabeza.
—Yo no pedí este apellido —susurré, sintiendo que las lágrimas de frustración me quemaban los ojos.
—Pero lo tienes. Y mientras vivas bajo este techo y comas de mi mano, harás lo que se te ordene —mi padre rodeó el escritorio con paso lento, deteniéndose justo frente a mí. Su presencia era asfixiante—. La entrevista de la revista Vogue se centrará en tu relación con Emma. Quiero que se os vea juntas, como las mejores amigas que sois. El pueblo ama a Emma, ella es la esposa perfecta, la mujer que toda Grecia admira. Quizás algo de su gracia se te pegue si pasas suficiente tiempo a su lado.
—Emma no es un accesorio, es mi amiga —dije con los dientes apretados.
—Emma sabe lo que está en juego —respondió Noah desde la ventana—. Ella ya ha aceptado. De hecho, está encantada de ayudarte a limpiar tu imagen, Mia. Ella te quiere, pero incluso ella se está cansando de tener que dar excusas por ti cada vez que te encuentran en un estado lamentable.
Miré a Liam de reojo. Él no se movía, pero vi cómo su mandíbula se tensaba cuando Noah mencionó el "estado lamentable". Me sentí humillada, expuesta. Estaban desnudando mi vida frente al hombre que ahora controlaba mis pasos.
—¿Y qué pasa si me niego? —desafié a mi padre, clavando mis ojos en los suyos—. ¿Qué vas a hacer? ¿Meterme en una celda?
Konstantin sonrió, pero no fue una sonrisa amable. Fue la sonrisa de un depredador que sabe que tiene a su presa acorralada.
—No haré nada —dijo con una calma aterradora—. Pero el presupuesto de tu fundación de arte se cortará hoy mismo. Los privilegios de viaje de tus amigos desaparecerán. Y Liam... —señaló con la cabeza hacia el guardaespaldas—. Liam tiene órdenes de usarte como su prioridad absoluta. Si intentas faltar a una sola de estas citas, él te llevará por la fuerza si es necesario. ¿Verdad, Novak?
Liam dio un paso adelante, rompiendo su silencio. Su voz era neutra, pero cargada de una autoridad que me hizo estremecer.
—Mis órdenes son claras, señor Presidente. La seguridad de la señorita Petrova incluye asegurar que cumpla con sus compromisos oficiales sin incidentes.
—¿Lo oyes, Mia? —mi padre volvió a su silla—. No tienes escapatoria. Atenas te está mirando, y vas a darles el espectáculo que esperan. El jueves, a las diez de la mañana, vendrán los fotógrafos. Emma estará aquí a las nueve para que os preparéis juntas. Y el viernes, en la fiesta de caridad, quiero que bailes con los hijos de los ministros. No quiero ver una sola mueca, ni una sola mirada de desprecio.
—Me odias —dije, y esta vez mi voz no tembló. Era una afirmación seca.
