Capítulo 8 Una cita con luciérnagas

—¡Espera! —lo interrumpí justo cuando salíamos de su oficina.

Viggo se detuvo en seco. Caminaba delante de mí, con pasos largos y apresurados, como si necesitara salir de allí lo antes posible. Se giró para mirarme.

—¿Sí? —respondió, con una voz mucho más tranquila que la de minutos atrás.

—¿A dó...

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