Capítulo 2 El primero de la lista.
Trina Quintero Armone
Le hice una señal a mis hombres.
—Tráiganlo adentro. Y quiero que lo aten de la misma manera en que me tuvo a mí. Con las muñecas atadas del techo, y cada pierna amarrada de un lado.
—Maldita perra, debí destrozarte hasta matarte —gruñó con rabia.
—Pero no lo hiciste… pero no te preocupes porque yo sí lo voy a hacer y te haré pagar cada tortura, cada burla en contra de Dominic.
Las puertas de acero se cerraron con un estruendo detrás de nosotros, como si el propio infierno nos hubiera tragado. El eco de su golpe retumbó en los muros corroídos de la vieja fábrica, sellando el destino de Seamus con un rugido sordo que me heló la sangre… de puro placer.
El hombre intentaba sostenerse de pie, tambaleando, como un animal herido. Sangraba por la nariz, la frente, una ceja rota.
Fue arrastrado con fuerza, sin piedad, hasta el centro del lugar, un círculo de concreto sucio, bajo la tenue luz de una lámpara colgante. Justo como me tuvieron a mí.
Tal y como me desnudaron la voluntad y me hicieron gritar hasta desgarrarme por dentro. Donde aprendí lo que era morir… sin que el corazón dejara de latir.
Ahora era su turno.
Mis hombres empezaron a atarlo, pero el más alto de ellos, un gigante llamado Iván, se acercó con unas cuerdas gruesas.
—Señora, no creo que podamos…
—No me llames, señora. Llámame, Reina —lo interrumpí con voz fría—. Y no me digas que no pueden hacerlo. Si tienen que sacarle los huesos de las manos para que alcance, lo haces. Mientras más sufra, mejor. Con dolor. Con desesperación. Con el alma colgando de un hilo. Iván asintió sin más.
Seamus, que entendió el ruso, comenzó a temblar. Sus ojos se abrieron con pánico. El terror era más honesto que cualquier palabra.
—¿Qué vas a hacerme? —tartamudeó. Me arrodillé otra vez frente a él, sacando de mi bota un par de pinzas.
Las miré. Eran parecidas a las que Seamus usaba en su tortura, pero esta vez, más afiladas, más pulidas.
—Voy a pasarte la factura. El doble. Por cada lágrima que lloré. Por cada golpe que me diste. Y por cada vez que me humillaste no solo a mí, sino a Dominic.
El olor a metal viejo y a humedad llenaba el lugar. Las cuerdas lo levantaron, su cuerpo pendiendo de las muñecas, tal como yo lo hice. Y el dolor… el dolor estaba en su rostro.
—Vas a pagar, McLoughlin. Sin perder tiempo, me acerqué a él, y con las pinzas que llevaba en mi mano, le tomé los dedos de los pies.
—No… por favor, no… —empezó a suplicar, pero no lo escuché.
—Esto es por cada lágrima que derramé —murmuré antes de romperle el primer dedo.
El grito que soltó fue como un relámpago que iluminó la oscuridad. El sonido de sus huesos rompiéndose fue música para mis oídos. Uno por uno.
—No… por favor… detente.
—Y seguiré uno tras otro… por la burla hacia Dominic, por acabar con él de esa manera tan cobarde.
Y así fui rompiendo el segundo. Y el tercero. Y el cuarto. Y el quinto.
Cada grito era una confirmación. Cada lágrima era una victoria.
—Por favor… basta… te daré lo que quieras…
Me acerqué a él, con el cuchillo en la mano, y lo miré con desprecio.
—Ya no quiero nada de ti. Solo tu alma.
Me fui a su mano derecha. El miedo era palpable en sus ojos. Se retorcía, intentaba escapar, pero no había salida. Uno por uno.
—Maldita… eres el mismísimo diablo —logró decir, la voz quebrada por el dolor. Me reí.
—¿Diablo? ¿Y tú quién eres, McLoughlin? ¿Acaso no fuiste tú el que me hizo ser así? ¿Acaso no fuiste tú el que me hizo rogar por la muerte, cuando yo ni siquiera sabía lo que significaba? Y si ahora soy el diablo… es porque tú y tus malditos amigos me hicieron arder. Y ahora, Seamus, tú vas a arder conmigo.
Así que esta vez tomé el cuchillo y rompí los botones de su camisa, y luego deslicé lentamente el cuchillo por su pecho, disfrutando de sus gemidos de miedo. La hoja dejó una delgada línea roja al recorrer su piel.
—Esto es por todas las veces que me hiciste gritar y por conspirar en contra de Dominic —susurré.
Con un movimiento rápido de muñeca, corté más profundamente. Seamus gritó de dolor mientras la sangre brotaba del corte. No me detuve. Lo corté metódicamente, recreando las cicatrices que él me había dejado hacía tantos años.
La sangre goteaba de mis guantes. Sus gritos eran un coro para la danza de la venganza. Pero yo ya no oía nada. Estaba en paz. Y con cada corte y tortura que le daba, sentía que mi alma, poco a poco… volvía a ser mía.
—Por favor... —suplicó entre sollozos. —Lo siento... Haré lo que sea...
Hice una pausa, con la hoja suspendida sobre su carne temblorosa. Por nada del mundo estaba considerando mostrar misericordia, y menos cuando recordé el rostro de Dominic.
La forma en que me había mirado antes de que lo dejara. Cómo se sintió cuando murió solo, entrampado por hombres como Seamus.
Mi vacilación se desvaneció. Clavé el cuchillo profundamente, girándolo mientras Seamus gritaba.
—Tus disculpas no significan nada—, gruñí. —Tu vida no significa nada. Solo eres la primera ficha de dominó en caer.
Di un paso atrás, admirando mi obra. Seamus colgaba flácido de sus ataduras, con la sangre goteando sin cesar sobre el cemento. Sus ojos estaban vidriosos por el dolor y el terror.
—¿Quién es el siguiente? —preguntó con voz ronca. —¿A quién más persigues?
Sonreí con frialdad.
—A todos los que participaron en la muerte de Dominic. Oleg, Nadia, Taras, Salvatore. Quemaré sus imperios hasta los cimientos y bailaré sobre sus cenizas.
Seamus se rio débilmente, con un sonido húmedo y ahogado.
—Estás loca. Te destruirán, ellos no son estúpidos… si no pudo Dominic con ellos, menos podrás tú.
—Quizás estoy loca —admití. —Pero yo tampoco soy estúpida, y me llevaré conmigo a tantos como pueda. Empezando por ti. Trae lo que tengo preparado.
Iván dio un paso adelante, con un soplete en su mano carnosa. Los ojos de Seamus se abrieron con horror cuando la llama se encendió con un silbido.
—No... por favor... ¡Te diré todo lo que sé! —gritó—, los lugares donde puedes encontrarlos, pero no me sigas torturando.
Pero era demasiado tarde para negociar. Demasiado tarde para la piedad. Además, yo sabía dónde estaba cada uno de ellos.
Tomé el soplete de las manos de Iván y lo acerqué a la carne de Seamus. Sus gritos agonizantes resonaron en la fábrica abandonada mientras su piel burbujeaba y se carbonizaba.
Respiré el olor acre de la carne quemada, sin sentir nada más que una fría satisfacción. Esto era solo el principio. Mi venganza acababa de empezar.
El olor a carne quemada se mezclaba con el sudor y el miedo en el aire. Seamus ya no gritaba, solo emitía sonidos guturales, como un animal destrozado por dentro. Su piel, antes pálida, ahora estaba marcada con líneas rojas y negras, cicatrices que contarían su derrota incluso después de su muerte.
Me acerqué una vez más, el soplete aún rugiendo en mi mano.
—¿Sabes lo peor de todo, McLoughlin? —pregunté, inclinándome para que mis palabras le llegaran claras—. Dominic murió pensando que yo no lo amaba, que lo abandoné para dejarlo morir. Y eso… eso es algo que nunca podré perdonar. Ni a ti, ni a los demás, ni a mí misma.
Sus ojos, hinchados y llenos de lágrimas, intentaron enfocarse en mí.
—Él… él te llamó —logró balbucear—... mientras moría.
Un latigazo de dolor atravesó mi pecho. ¿Mentira? ¿Verdad? Ya no importaba. Dominic estaba muerto, y nada de lo que dijera este hombre cambiaría eso.
—Demasiado tarde para intentar salvarte —murmuré, apretando el mango del soplete con más fuerza—. Pero si quieres hacer algo útil antes de irte al infierno… dime una cosa. ¿Quién dio la orden final? ¿Quién decidió que Dominic tenía que morir?
Seamus tragó saliva, su respiración entrecortada. Sabía que no tenía escapatoria, pero el instinto de supervivencia aún brillaba en su mirada.
—Salvatore le pidió a Taras que lo matara —susurró—. Fue él. Él dijo que… que Dominic era demasiado peligroso vivo.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Salvatore. El más despiadado de todos. El que siempre se escondía detrás de sus sicarios y a quien no le importó ni sus propios sobrinos.
—Gracias por el dato —dije con una sonrisa helada antes de presionar el soplete contra su costado.
Los gritos que soltó fueron ensordecedores.
Horas después
El cuerpo de Seamus ya no era más que un saco de carne sin vida, después de horas de torturas, colgando de las cuerdas como un recordatorio de lo que le esperaba a cualquiera que se interpusiera en mi camino.
Mis hombres trabajaban en silencio, limpiando todo rastro de nuestra presencia. Iván se acercó, sus enormes manos manchadas de sangre seca.
—¿Qué hacemos con él, Reina? —preguntó, sin mostrar emoción alguna.
—Quemen el lugar —ordené, quitándome los guantes ensangrentados—. Que no quede ni rastro y a él envíenselo a Taras como anticipo de lo que les espera.
Él asintió y se alejó para cumplir mis órdenes.
Mientras salía de la fábrica, la primera luz del amanecer comenzaba a filtrarse entre los edificios abandonados. Respiré hondo, sintiendo el aire frío limpiar mis pulmones del hedor a muerte.
Esto solo era el principio.
Seamus había sido el primero.
Pero Salvatore… él sería el último.
Y cuando llegara el momento, no habría soplete ni cuchillo que bastara.
Lo haré sufrir como nadie ha sufrido antes.
Por Dominic. Por Elizaveta. Por mí. Por todo.
