Capítulo 3 Los cobardes actúan peor cuando tienen miedo.

Trina Quintero Armone

Luego de acabar con Seamus, me quedé a observar mi obra con admiración, como un artista cuando pinta un nuevo cuadro, porque eso era para mí lo que acababa de hacer. 

No había ni un mínimo de arrepentimiento en mí, lo perdí cuando dejé a Dominic y decidí volver con mi familia, y aunque todos a mi alrededor me decían que es lo correcto porque de haberme quedado habría muerto, sin embargo, yo seguía sin perdonármelo.

Así que allí seguí parada, mientras la nieve cubría el techo del almacén como una manta de silencio. Desde mi posición en la colina, lo veía todo. El humo subía hacia el cielo gris, mientras las instalaciones del galpón abandonado ardían por dentro, consumiendo cualquier rastro de lo que allí pasó. Cualquier rastro… excepto el que yo elegí dejar.

A mi lado, Iván sostenía la caja de madera negra. Reforzada. Sellada. Fría. Donde estaba lo que quedaba de Seamus McLoughlin, una mano destrozada con el anillo de su organización, parte del rostro carbonizado, y una nota escrita con su propia sangre.

“El mío murió explotado por ustedes… y ahora yo mato a uno de ustedes ardiendo y así los mataré uno a uno. Este es solo el comienzo. Reina Sangrienta”.

—¿Ya está en camino? —pregunté, sin quitar la vista del fuego.

—Sí, Reina. Lo llevará uno de los nuestros, con pasaporte falso. Nadie podrá rastrearlo hasta aquí.

Asentí. Una parte de mí ardía como ese fuego. Pero no era suficiente. Aún no. Seamus había sido solo el primer ladrillo que decidí arrancar del imperio podrido que levantaron sobre los cadáveres de la familia materna de Dominic, pero faltaban más. Muchos más.

Todos olerían el miedo, pero ya tenía preparado mi próxima víctima. Tariel, el padre de la puta traidora, el traidor más repugnante, sería el siguiente en oler el miedo.

Cerré los ojos un segundo. El viento helado me azotaba el rostro, pero lo que me mantenía despierta era el calor de una promesa: a Dominic no lo lloraría con flores, sino con fuego. Con sangre. Con el terror reflejado en los ojos de cada uno de los que le hicieron daño.

No habrá paz hasta que ellos conocieran el infierno, el lugar donde yo los llevaría.

Taras Petrov

—¡Taras! ¡Tiene que ver esto!

El grito de mi hermano me sobresaltó. Apenas eran las siete de la mañana y ya tenía el estómago revuelto. Había dormido mal. Soñé con nieve y sangre. Con voces en ruso que susurraban nombres que no quería volver a oír.

Salí de mi habitación, aún en bata de seda, y bajé las escaleras hacia la entrada principal. Allí, en el suelo de mármol, había una caja negra. Mis hombres la rodeaban como si fuese una bomba.

—¡¿Qué mierda es eso?! —pregunté, aunque el miedo ya se me trepaba por la nuca.

—No vino con remitente. La dejó un mensajero. No dijo una palabra.

Me acerqué. El aire parecía pesar más. ¡Como si el tiempo se hubiese hecho más lento! Me agaché, abrí los seguros de la caja, y al levantar la tapa… el mundo se me volcó en el estómago.

Un rostro que apenas se reconocía. Piel chamuscada. Una lengua colgando. Y en un rincón, una mano rota como una rama de árbol tras una tormenta. La nota, pegada al interior de la tapa, escrita con un trazo agresivo, decía:

“El mío murió explotado por ustedes… y ahora yo mato uno de ustedes ardiendo y así los mataré uno a uno. Este es solo el comienzo. Reina Sangrienta”.

Mis dedos se crisparon. Sentí un sudor helado bajar por mi espalda.

—¿Esto es una broma? —pregunté, mirando a los presentes. Nadie respondió.

—Es Seamus —murmuró uno de mis hombres, pálido—. El anillo… es el suyo.

Y entonces lo entendí.

El demonio despertó.

La maldita zorra.

Trina.

La pequeña muñeca rota de Dominic. La mujer que habíamos dado por muerta, o peor, destruida. Volvía. Y lo hacía vestida de Reina.

—¡Reúnan a todos! —grité—. Cierren los accesos. Quiero el nombre del mensajero. Rastreen la ruta de entrega. Hackeé las cámaras. Quiero saber cómo carajo llegó esto aquí.

Mis hombres se movieron con la urgencia del terror. Sabían lo que significaba una caja negra enviada de esa manera.

Sabían que era una declaración de guerra.

Fui hasta mi despacho, cerré la puerta y me serví un vaso de vodka. Necesitaba calmarme. Pero la imagen de Seamus… su rostro quemado, su mano deshecha… me perseguía como un augurio.

—¿Cómo mierda lo logró? —murmuré para mí mismo.

Me senté, respirando con dificultad.

Había subestimado a Trina. Había pensado que era una chica inocente, incapaz de cometer un acto tan atroz, pero al parecer me había equivocado.

La creímos rota. Creímos que sin Dominic se escondería, se desvanecería entre las sombras. Pero no. Volvió convertida en algo peor que nosotros. En algo que no teme mancharse las manos.

¿Y lo peor?

Que ella no quiere poder.

Quiere venganza.

—Mierda… —susurré, sirviéndome otro trago con manos temblorosas.

El eco del miedo comenzaba a colarse por las grietas de mi imperio. Uno de los nuestros había caído. Y no era cualquiera. Seamus era el perro de pelea más salvaje que teníamos, nuestro mayor aliado, incluso uno de los más despiadados. Si Trina pudo con él, eso quería decir que no estaba sola.

Y si no estaba sola…

Entonces alguien más planea lo que viene.

Alguien que conoce nuestros secretos.

Alguien que nos odia tanto como ella.

Y eso, eso sí que me jodía y mucho.


Al día siguiente, en horas de la mañana, el salón estaba lleno, pero nadie hablaba. No había brindis, ni risas, ni el aroma a tabaco caro que normalmente flotaba como símbolo de poder y celebración.

Solo había tensión, miedo y silencio. Ese silencio pesado que se clava entre las costillas y te recuerda que alguien ya no volverá.

Seamus.

La imagen de su rostro calcinado seguía grabada en la parte de atrás de mis párpados. Cada vez que parpadeaba, lo veía. Cada vez que respiraba, olía la amenaza.

Me pasé una mano por la barba y luego dejé el vaso vacío sobre la mesa redonda, donde solo nos sentábamos los hombres más temidos de la mafia. Salvatore King, Marcello Antonelli, Luan Gashi, Tariel Vólkova, Iván Dragunov, el viejo Dmitri Pavlov, mi hermano Oleg, Nadia y yo. Las paredes estaban reforzadas. Las cámaras apagadas. Ni una palabra saldría de aquí sin mi permiso.

—¿Alguien quiere explicarme cómo mierda la mocosa de Trina Armone sigue viva… y nos está cazando? —gruñí.

Nadia cruzó las piernas con elegancia. Llevaba un vestido rojo sangre, como si hubiera venido de una maldita ópera y no a discutir el inicio de nuestra posible caída.

—¿Viva? No solo está viva, Taras. Está más despierta que todos nosotros. Seamus no era fácil de atrapar —dijo, con una ceja alzada—. Y menos de quedar así. ¿Viste cómo estaba? Eso no lo hace una víctima. Lo hace un depredador.

—¿Y desde cuándo dejamos que las putas cobren venganza con cajas sorpresa? —espetó Iván, bebiendo directo de la botella.

—Desde que acabamos con Dominic  Ivankov —dijo Pavlov, sin levantar la vista—. Les dije que verificáramos que esa mujer estuviera muerta y no pudiera darle un heredero a ese hombre. Pero claro, nadie escuchó. 

—Pensamos que había muerto con la explosión, esa era la idea —expresó Oleg.

—¿Quién iba a creer que esa niña inocente y bonita que parece una muñequita se iba a convertir en un monstruo? —dijo Loan.

—Era de esperarse. ¿Se les olvida de quién es nieta? Nada más y nada menos que de Genoveva Quintero, esa mujer ha sido el monstruo más grande de todos los tiempos —declaró Salvatore.

Apoyé los codos sobre la mesa. La lámpara sobre nuestras cabezas oscilaba ligeramente, como un péndulo que medía el tiempo que nos quedaba.

—Quiero nombres. Quiero direcciones. Si alguien la ha visto, si alguien la ha tocado, si alguien ha oído siquiera su nombre, me lo dicen ahora. Nadia se inclinó hacia mí, su voz como una cuchilla envuelta en terciopelo.

—No te va a atacar así. No como un soldado. Lo va a hacer como lo hacen los fantasmas. Un nombre por vez. Un mensaje por vez. Seamus fue solo su presentación.

—¿Y tú cómo lo sabes? —pregunté, entornando los ojos.

—Porque si yo fuera ella… haría exactamente eso.

Silencio.

—¿Y a ti no te preocupa? —disparé—. Tú escapaste cuando tu padre te buscó y dejaste a Dominic allí, tú también eres responsable de firmar la sentencia.

—Por supuesto que me preocupa —respondió, encendiendo un cigarrillo con la calma de una mujer que se sabe culpable, pero inalcanzable—. Por eso estoy aquí. Porque no quiero ser la siguiente caja negra en llegar a la puerta de nadie.

Pavlov soltó una carcajada seca.

—¿Y si ya no grita? ¿Y si ahora es ella la que hace gritar a los demás?

—Entonces, más razón para cortarle la lengua.

Nadia me miró. Por primera vez, sin burla.

—No has entendido nada, Taras. Esto no es solo venganza. Es guerra. Una guerra silenciosa. Ella no quiere solo matarnos. Quiere destruirnos desde dentro. Que sangremos por dentro antes de morir.

Me puse de pie nervioso.

—Entonces, necesitamos un plan —dije, golpeando la mesa con el puño—. La atraparemos. Y la haremos gritar. Como gritó en aquel sótano. 

Salvatore le dio una calada a su cigarrillo mientras me miraba.

—Tengo un plan… pongámosle precio a su cabeza, para que no pueda seguir atacándonos, porque así tendrá que dedicar tiempo a correr para salvar su vida, que perseguirnos a nosotros… quizás alguno de sus hombres se vea tentado y termine traicionándola.

—Me parece perfecto… la muy zorra conocerá un poco de su propia medicina.

Y entonces… sonó el teléfono del salón.

Un teléfono que nadie usaba. Un fijo rojo, solo conectado a una línea privada.

El corazón me dio un vuelco.

—No contestes —susurró Pavlov—. Podría estar trazada.

Demasiado tarde.

El auricular se levantó solo, como si alguien más lo hubiera hecho desde el otro lado.

Y entonces, la voz.

Trina.

—Buenas noches, caballeros… y Nadia. ¿Están cómodos?

Un escalofrío recorrió la sala.

—¿Dónde estás, perra? —rugí.

—Tan cerca como tu respiración. Pero no te preocupes, Taras… por ahora solo quería decirles que me encantó la reunión. Aunque esa lámpara oscilante… debería ajustarse mejor. Me está estorbando la vista desde aquí.

Todos miramos hacia arriba. Y la lámpara dejó de oscilar. Como si alguien la hubiese tocado.

—Veremos quién de ustedes es el siguiente… De tin marín de do pingüé, cúcara mácara títere fue —cantó soltando una carcajada escalofriante.

Corrí a la ventana. Afuera, el edificio vecino tenía una ventana entreabierta. Un resplandor fugaz. Un lente. Un humo. ¿Un cigarro?

Disparo.

La bala rompió el vidrio, pero ya no había nadie.

—¡CIERREN EL PERÍMETRO! —grité.

Pero sabía que ya era tarde.

Ella ya había estado allí.

Ya había tomado nota de todos.

Y lo peor era que… nos había escuchado.

Nos había visto temblar.

Trina Quintero Armone

Desde el tejado, vi el caos expandirse como una mancha de sangre en tela blanca. Me quité el auricular del oído, guardé el lente telescópico, y me incorporé.

Ya sabían que venía por ellos.

Y eso me daba ventaja.

Los cobardes actúan peor cuando tienen miedo. Cometen errores. Y yo… yo solo necesitaba eso.

Un error.

Uno.

Porque cuando lo cometieran, yo iba a estar ahí, lista para arrancarles el corazón por la espalda.

Con mi propia mano, si es posible.

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