Capítulo 4 La nueva cacería.

Trina Quintero Armone

Después de dejar mis amenazas ante el propio cuartel de los Petrov, partí hacia Milán y aquí estoy. El olor de esta ciudad siempre me ha parecido falso. Perfume caro, piel tratada, autos lustrados… un disfraz que cubre la podredumbre real. Aquí, la gente muere igual que en las fábricas oxidadas de Moscú; solo que lo hacen envueltos en seda.

Marcello Antonelli era uno de ellos. Un hombre que olía a traición antes incluso de abrir la boca. Él se escondía tras una fachada de hombre correcto, incluso contrataba con el Estado italiano, pero tras bastidores dirigía a uno de los reductos más crueles de la mafia.

Y yo confieso que he estado soñando durante estos últimos tres años en ponerle la mano encima. Tres malditos años sintiendo la textura de la sangre en mis guantes, la misma que le arrancaría de la piel. Tres años imaginando la forma en que sus ojos, llenos de ese brillo arrogante que engañó a Dominic, se llenarían de miedo cuando me viera.

Pero cuando ahora que lo tengo tan cerca, no siento satisfacción. Si no un nudo frío retorciéndome el estómago.

La máscara que llevaba puesta esa noche me cubría medio rostro, lo justo para mantener mi identidad oculta hasta llegado el momento. Había usado un vestido negro de seda, ceñido como una segunda piel. Una trampa. Nadie sospecharía que bajo la tela llevaba una Glock diminuta, oculta como una promesa de muerte.

Desde el balcón del salón principal, observé el corazón de la decadencia: el palacio Antonelli iluminado con cientos de lámparas de cristal. Champaña, risas, música de cuerda… Todos esos buitres con trajes de  Brunello Cucinelli, Loro Piana, Kiton, y Brioni que creían que el dinero los hacía intocables.

Entre ellos, Marcello.

Sonreía, rodeado de políticos y banqueros, con la misma facilidad con la que había sonreído frente a Dominic la última vez que lo vimos. La última vez que confió en él.

Tragué veneno disfrazado de saliva. Dominic lo había querido como a un aliado. Yo lo odiaba como a un enemigo.

Mi voz interior susurró la verdad que me consumía: "Por tu culpa lo perdí."

Respiré hondo, ajusté el auricular diminuto en mi oído.

—Posiciones —murmuré, apenas moviendo los labios.

El murmullo crujió en la línea.

—Todo listo, Reina. Salidas bloqueadas —contestó Iván desde el exterior.

Sonreí, aunque por dentro el vacío ardía. Reina. La palabra me quedaba grande y, al mismo tiempo, se había vuelto mi piel. Dominic me enseñó a sobrevivir, pero ellos me obligaron a convertirme en esto. En alguien capaz de incendiar un mundo entero para cobrar una deuda.

Un camarero se acercó con una bandeja de copas. Tomé una sin mirarlo, bajé las escaleras con paso calculado. No podía temblar. No podía mostrar nada.

Marcello giró la cabeza en ese instante, como si el instinto le gritara que algo estaba fuera de lugar. Nuestros ojos se cruzaron a través de la multitud, y aunque no podía reconocerme con la máscara, vi cómo se tensaban sus hombros. Lo olí desde aquí: miedo disfrazado de soberbia.

Me acerqué con una sonrisa tibia, la copa balanceándose entre mis dedos.

—Signor Antonelli —susurré, inclinando apenas la cabeza—. Un placer.

Él tomó mi mano y la besó como un depredador que no sabe que está a punto de convertirse en presa.

—El placer siempre es mío, signorina… ¿Cómo se llama?

—Llámame Helena —mentí, con voz suave.

Se rió con esa arrogancia viscosa que recordaba tan bien.

—Helena. Bella como su nombre. No la he visto antes.

"No te preocupes, pronto me verás mientras te torturo”, pensé.

Jugamos el juego durante unos minutos. Él me ofreció champaña, me habló de sus “negocios legítimos”, de sus contactos en Taras Petrov, incluso dejó caer el nombre de Dominic como si nunca hubiera traicionado a un hombre que lo llamó familia.

Cada palabra era un puñal clavándose bajo mis costillas.

Cuando lo escuché reír, algo dentro de mí se quebró.

"Dominic también reía contigo, maldito bastardo."

Me obligué a mantener la compostura, aunque mis dedos picaban por tomar la Glock y atravesarle la frente allí mismo, frente a todos. Pero no. Marcello no moriría rápido. No le daría ese lujo.

Me incliné hacia él, acercando mis labios a su oído.

—Hay alguien que quiere hablar contigo —susurré en italiano, apenas un soplo.

Él frunció el ceño, curioso.

—¿Quién?

—Es una sorpresa que te va a encantar —le dije con una expresión de picardía.

Vi el desconcierto en su rostro, pero mi mano ya estaba en su muñeca. Lo conduje hacia la salida lateral, donde dos de mis hombres esperaban vestidos de seguridad. Todo fue rápido, limpio, quirúrgico. Nadie sospechó nada.

Lo sacamos de la gala y lo metimos en un auto negro que rugió hacia el norte de la ciudad. El trayecto fue un silencio cortante, roto solo por la respiración agitada de Marcello. Miraba a todos lados, buscando salidas invisibles.

—¿De qué se trata esto? —gruñó, intentando mantener la calma.

No respondí. Lo dejé pudrirse en sus dudas.

El miedo, cuando se cuece lento, sabe mejor.

Llegamos a un almacén abandonado, uno de esos esqueletos industriales que olían a óxido y humedad. Las lámparas colgaban, la pintura se descascaraba, y cada eco parecía un susurro de ultratumba.

Mis hombres lo arrastraron hasta el centro del lugar. Lo ataron de manos y pies, colgándolo como a un animal que va al matadero.

Marcello comenzó a maldecir, a gritar mi nombre falso, a exigir explicaciones. No dije nada. Solo caminé despacio hacia él, el taconeo de mis botas resonando en el concreto como un metrónomo de muerte.

Cuando estuve frente a su cara sudorosa, me quité la máscara.

El silencio que siguió fue mejor que cualquier grito. Vi cómo su arrogancia se derrumbaba de golpe.

—Trina… —balbuceó, incrédulo.

Sonreí, pero era una sonrisa hecha de cuchillas.

—Hola, Marcello. ¿Me extrañaste?

Retrocedió, intentando soltarse de las cuerdas, jadeando como un animal acorralado.

—¿Por qué? Yo no le hice nada… Diminic era mi amigo. Yo no tengo nada que ver con esos babosos.

Me incliné, tan cerca que nuestras respiraciones se mezclaron.

—Eres tan cínico. Y no te preocupes, tus amigos van a saber que opinas de ellos… porque esto lo estoy grabando —lo dije en tono triunfal

Él cerró los ojos, intentando recomponerse, pero ya no podía ocultar el temblor en su mandíbula.

—Trina, escúchame… yo… yo no tuve opción. Taras… 

—¿Taras te ordenó? ¿Te obligó?. Eso no me importa, pero en tu caso tuviste opción —escupí las palabras con veneno—. Y elegiste traicionar a Dominic.

El nombre de Dominic en mi boca hizo que la sangre se le escapara del rostro.

—No hables de él —susurró, con voz rota.

—Oh, vamos, Marcello. Si pudiste traicionarlo, al menos ten las pelotas de decir su nombre.

Tomé su barbilla con fuerza, obligándolo a mirarme a los ojos.

—Hoy vas a pagar cada sonrisa falsa. Cada palabra. Cada bala que no detuviste.

Me alejé, sacando un encendedor plateado de mi chaqueta.

—Bienvenido al infierno, Marcello —murmuré—. Y créeme… no has visto nada aún.

Encendí la llama y dejé que bailara ante los ojos aterrorizados de Marcello. Su rostro estaba pálido y el sudor le perlaba la frente al darse cuenta de la gravedad de su situación. Saboreé su miedo por un momento antes de hablar.

—Sabes, Marcello, he tenido mucho tiempo para pensar en este momento —dije con voz baja y fría. —Para planear exactamente cómo te haría sufrir por lo que hiciste.

Di vueltas lentamente a su alrededor, pasando la llama por su costosa chaqueta. Él se apartó, pero las cuerdas lo mantenían sujeto.

—Por favor, Trina —suplicó. —Puedo explicarlo todo. Ser tu aliado… por favor no me vayas a hacer lo que le hiciste a Seamus.

Yo sonreí con una expresión divertida, me acerqué al oído y le susurré.

—No te preocupes… te prometo que no te haré lo mismo… será diferente.

Le agarré del pelo y le eché la cabeza hacia atrás para que me mirara. Tenía los ojos muy abiertos por el pánico.

—Voy a hacerte sentir dolor —le susurré. 

Y con eso, tomé un atizador que estaba en un tambor con carbón ardiendo, lo presioné contra su piel y escuché sus gritos.

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