Capítulo 5 Ecos de una trampa.

Trina Quintero Armone

El silencio en el almacén pesaba como una lápida. Solo se escuchaban los jadeos irregulares de Marcello Antonelli y el goteo constante de agua desde una cañería oxidada. El olor a óxido, sudor, quemado y sangre se mezclaba en el aire denso, pegándose en mi garganta como veneno.

Marcello colgaba de las muñecas, los brazos extendidos por encima de su cabeza, la camisa hecha jirones y la piel marcada por el calor del atizador que le había presionado minutos atrás. Su respiración era un silbido entrecortado, y aún así, en sus ojos seguía brillando un orgullo miserable.

—No… —jadeó, escupiendo un hilo de sangre—. No me vas a matar, Trina… No… a mí.

Me incliné, despacio, hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo. Pude sentir el calor pegajoso de su piel, el temblor involuntario en sus músculos, el miedo contenido bajo su arrogancia podrida.

—No subestimes mi paciencia, Marcello —susurré, y mi voz sonó como un cuchillo raspando metal—. Si sigues respirando, es porque yo lo permito.

Él trató de mantenerme la mirada, pero no pudo. Bajó los ojos, apretando los labios, y por primera vez en años vi el miedo abrirse paso entre sus gestos ensayados.

—Yo… puedo ayudarte —balbuceó—. Puedo… darte a Taras.

Mi respiración se congeló por un instante, aunque no lo mostré. Ese nombre seguía siendo como ácido sobre la piel. Taras Petrov. El hombre que me arrebató todo. El que había ordenado la caída de Dominic.

Me enderecé lentamente, cruzando los brazos, como si evaluara el valor de sus palabras.

—Habla. —Mi tono fue gélido, implacable.

Marcello tragó saliva, la manzana de Adán subiendo y bajando frenéticamente.

—Hay… hay un sitio —jadeó—. Un club privado… en Milán. El "Luce Nero". Taras… siempre va allí con poca seguridad. Se ve con sus amantes allí. Si lo quieres, ahí lo encontrarás.

Sus palabras parecían arrastrarse sobre el suelo antes de llegar a mí. En otra vida, habría dudado, habría buscado la mentira escondida. Pero el hambre de venganza nublaba cualquier rastro de cautela.

Me agaché y apoyé una rodilla sobre el suelo, inclinándome otra vez hacia él.

—¿Y por qué habría de creerte? —murmuré—. ¿Por qué debería pensar que no intentas salvar tu asqueroso pellejo inventando cuentos?

Marcello sonrió con un hilo de soberbia rota, apenas un destello de la víbora que había sido.

—Porque… —tosió, escupiendo sangre sobre el cemento— …porque tú quieres su cabeza tanto como yo quiero vivir. Si Taras te teme, es porque sabe que eres capaz. Pero no puedes alcanzarlo sin información, porque aunque sabes dónde está su base principal, te será difícil llegar a él sin una guerra. Yo… yo puedo darte eso.

Lo observé un segundo más. Sus palabras tenían el sabor de la desesperación, y aún así, había una lógica en ellas que no podía ignorar. Taras se escurría fácil y si de verdad existía una pista para llegar a él sin mucha pelea, debía seguirla… aunque algo, en lo profundo de mi pecho, gritaba que olía demasiado bien para ser cierto.

Me aparté con calma, sacando de mi chaqueta una Glock diminuta. La sentí fría y firme en mi mano, un recordatorio del poder que siempre termina definiendo quién vive y quién muere.

—Supongamos que te creo. —Incliné la cabeza, dejándole creer por un instante que aún tenía oportunidad—. Supongamos que tu información es cierta.

Marcello asintió, frenéticamente, la esperanza, encendiéndose en sus pupilas.

—Entonces me dejarás ir, ¿verdad? —preguntó, como si aún estuviéramos negociando.

Sonreí. No era una sonrisa amable.

—No, Marcello. Solo significa que te dejaré hablar… y después, callar para siempre.

Su respiración se detuvo un segundo, el miedo brillando crudo en su mirada. Dio un tirón inútil a las cuerdas que lo sostenían.

—Trina, no… no puedes hacerme esto… Yo… yo estuve con Dominic, éramos hermanos…

Las palabras se me clavaron bajo la piel, desgarrando la herida que llevaba abierta desde hacía tres años. La ira me subió como un incendio.

—Dominic confiaba en ti —escupí las palabras con veneno—. Y tú lo vendiste como a un perro.

No le di tiempo a responder. Coloqué el cañón contra su frente, sentí el frío del metal mezclarse con el calor febril de su piel… y disparé, aunque en el último momento lo desvié a su pierna mientras gritaba de dolor.

El disparo todavía resonaba en mis oídos como un eco de trueno. Marcello gritaba, el sonido era un alarido animal que rebotaba entre las paredes de concreto. La bala le atravesó el muslo izquierdo y la sangre brotaba a borbotones, tiñendo el suelo bajo sus pies. El olor metálico llenó el aire, mezclándose con el del óxido y el humo de carbón.

Me quedé inmóvil un instante, sosteniendo la Glock con una calma que era solo fachada. Mis manos estaban firmes, mi respiración controlada, pero por dentro… el incendio se extendía.

—Hija de puta… —jadeó Marcello, doblando el cuello hacia mí—. ¡Estás loca! Igualita que tu maldita abuela. —escupió, jadeando, con los ojos inyectados en rabia y miedo.

Mi respiración se detuvo un instante. No porque me doliera, sino porque el recuerdo de esa mujer, la vieja víbora que me marcó con su odio, me encendió una furia que venía de lo más profundo de mi sangre.

Caminé despacio hacia él, arrastrando el sonido de mis botas sobre el concreto, hasta quedar a centímetros de su rostro. Incliné la cabeza y sonreí.

—Cuidado con lo que dices de mí, Marcello. No estás en posición de jugar con fuego.

Él bufó, escupiendo saliva mezclada con sangre.

—Tú no eres mejor que ella. ¡Eres la misma basura! ¡Una perra que cree que manda solo porque Dominic te follaba!

El eco de su voz golpeó las paredes del almacén. La mención de Dominic fue la chispa que encendió todo lo que yo contenía desde hace tres años.

Sin pensarlo, agarré el atizador del tambor ardiente. El hierro estaba incandescente, rojo, vivo, y lo hundí con fuerza en su abdomen.

El grito que salió de Marcello no sonó humano. Fue un rugido áspero, animal, que se desgarró desde sus entrañas mientras el olor a carne quemada llenaba el aire.

—¡Hijo de puta! —aulló, retorciéndose, pero las cuerdas lo mantenían firme.

Me incliné hacia su oído, y mi voz un susurro de filo.

—Te dije que no me compares con ella. Y escucha bien, Marcello… —Lo obligué a mirarme, apretando su mandíbula con fuerza—. No vas a salir de aquí vivo. No importa cuánto grites, no importa cuánto supliques. Lo único que puede hacer la diferencia es cuánto vas a sufrir antes de morir.

El sudor le chorreaba por la frente. Los músculos de su cuello se tensaban mientras intentaba respirar entre jadeos ahogados.

—T-trina… —balbuceó, su voz temblorosa ahora—. No… no tienes idea de lo que estás haciendo. Taras… Taras te está esperando y va a matar…

Sonreí, pero no había humor en mi gesto.

—Sí. Lo sé.

Sus ojos se abrieron de golpe, como si de pronto entendiera que yo ya había visto a través de su falsa negociación.

—¿Creíste que iba a tragármelo? —pregunté, inclinándome sobre él—. ¿Qué te iba a dejar ir para que corrieras directo a contarle a Petrov cada uno de mis movimientos?

Clavé el atizador en el suelo junto a su pierna y el hierro caliente chisporroteó al tocar el cemento húmedo.

—No soy una idiota, Marcello. Si Taras quiere verme en ese club, voy a ir. Pero no por tu “información” —escupí la palabra como si fuera veneno—, sino porque me debe sangre.

Él cerró los ojos con fuerza, respirando agitadamente, mientras un gemido se escapaba entre sus labios partidos.

—No vas a matarnos a todos —susurró—. Porque si te metes ahí, no vas a salir viva. Nadie lo hace.

Reí, suavemente, un sonido bajo y sin alma.

—Marcello, cariño… —Le acaricié el rostro con la punta de mis dedos manchados de hollín—, hace mucho que no estoy viva.

Lo dejé procesar mis palabras, vi cómo el miedo empezaba a consumirlo, cómo el orgullo que había mantenido hasta ahora se desmoronaba pedazo a pedazo.

Di un paso atrás, girando el atizador aún humeante entre mis dedos.

—Vamos a intentarlo otra vez. —Mi voz se volvió un látigo—. Y de tus palabras depende mi trato o mi misericordia. ¿Qué planea Taras? ¿Cómo fue el plan para matar a Dominic? ¿Y quién lo ayudó?

—Yo… —tragó saliva, su respiración era un jadeo roto—. No sé nada de eso… eso lo planeó Salvatore. Solo… solo sé que él… quiere que entres en el Luce Nero… que te confíes…

Lo observé, inclinando la cabeza como un cuervo curioso.

—¿Y qué pasa después? —susurré.

Él dudó. Vi cómo sus pupilas se movían frenéticamente, buscando una salida que no existía.

—Allí te van a esperar… —bajó la voz, casi como si Taras pudiera escucharlo, incluso desde allí—… y no vas a salir de ese club.

Lo agarré del cabello y tiré de su cabeza hacia atrás, obligándolo a mirarme.

—Eso no responde mi pregunta.

Sus labios temblaron. Finalmente, la última capa de resistencia se derrumbó.

—No sé nada, ya te lo dije… —escupió las palabras, con voz ronca—. Aunque quizás se trate de una trampa… 

Me quedé en silencio un segundo. Su respiración se entrecortaba, el sonido áspero llenando el almacén como un tambor lejano.

—Lo sabía… —murmuré, casi para mí misma.

Cerré los ojos por un instante y respiré hondo. La bruma del carbón ardiendo mezclada con el hedor de sangre me envolvía. Todo en mí estaba tenso, como un animal que huele el peligro y, aun así, decide ir directo hacia él.

Me incliné de nuevo, bajando la voz hasta que mis palabras fueron solo un hilo de aire.

—Marcello… si me estás mintiendo… —roceé el cañón de la Glock sobre su mejilla húmeda—… te prometo que no te va a quedar piel suficiente para reconocerte.

Él lo miró con miedo, las lágrimas quemándole los ojos.

—No te miento… lo juro…

Lo solté con brusquedad y él cayó hacia adelante, jadeando, su respiración rota como un vidrio astillado.

Me giré hacia Iván, que esperaba en la penumbra, su sombra imponente recortada contra la luz temblorosa.

—Llévenselo al sótano, quiero que las ratas se alimenten —ordené, con un tono seco.

Marcello levantó la cabeza de golpe, los ojos desorbitados.

—¡No, Trina! ¡Por favor, no me bajes ahí!

Lo miré una última vez, con la calma fría de alguien que ya no tiene alma que perder.

—Relájate, Marcello. —Sonreí despacio—. Si es verdad lo que me dijiste, mueres rápidamente; si no lo es… te arrancaré la piel lentamente. Que no se diga que no te deje escoger tu destino.

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