Capítulo 6 Trampa en movimiento.
Taras Petrov
El humo del cigarro danzaba frente a mí como un espectro satisfecho. Era denso, arrogante, y tenía esa forma altiva que solo tiene el humo cuando se sabe dueño del aire.
Afuera, la nieve comenzaba a golpear los ventanales con la terquedad de un recuerdo que no quiere irse. Moscú estaba helado. Como yo. Como ella.
—¿Ya se lo dijiste? —pregunté sin volverme, la voz baja, contenida, cargada como un arma, aún sin disparar.
El hombre que me acompañaba, un imbécil que apenas sabía respirar sin permiso, asintió.
—Sí, Pakhan. Marcello prometió darle la dirección del club en Milán. El Luce Nero.
Exhalé despacio, viendo cómo el humo se fundía con la ventana empañada. La trampa estaba en marcha. Y si Trina tenía un mínimo de sangre en las venas y vaya, si la tenía, iría; allí estaban esperando para atraparla.
—¿Y? —murmuré, disfrutando del retorcido placer de prolongar el suspenso—. ¿Mordió el anzuelo?
—Al parecer lo hizo, salió de donde tiene a Marcello y subió al coche, tiene hombres siguiéndola. Ella seguramente está convencida de que lo encontrará usted allí.
Sonreí. No con los labios. Con los ojos. Con el alma envenenada que habitaba en mis costillas como un demonio satisfecho. Esa mujer… esa mujer me fascinaba. No por belleza. No por poder. Me fascinaba porque no sabía rendirse. Era una cicatriz viva. Una maldita llama ardiendo en una iglesia de gasolina.
—Trina Quintero Armone... —susurré su nombre como si fuera un maleficio. O una oración torcida—. La hija del demonio. La perra más peligrosa que ha parido la mafia.
—¿Quiere que movamos a los hombres hoy mismo?
—Quiero que todo esté listo esta noche —le corté—. Francotiradores en las alturas. Explosivos en los ductos de ventilación. Tres hombres disfrazados de clientes. Una puta que la haga sentir segura. Y un violinista tocando algo fúnebre. Que entre creyendo que puede ganar. Que entre sintiéndose reina… y que salga como polvo.
El silencio se alargó. El tipo tragó saliva.
—¿Y si no va sola?
—Mejor. Así mueren más. Que los mate el teatro. Que se ahoguen en su propio asombro cuando comprendan que no hay salida. Aunque a ella la quiero viva… tengo unas ganas de saber. ¿Por qué Dominic se enloqueció de ella?
Me giré con lentitud, dejando que mis pasos retumbaran en el mármol.
—Pero si llega a morir de una vez —expresó el hombre.
Me acerqué a él, tan cerca que podía oler su miedo. Sabía a ajo barato y sudor viejo.
—Te dije que no quiero que muera. Si ella muere, tú también mueres porque la quiero ver sufriendo, despotricando que se odie más de lo que me odia a mí.
Él asintió frenético.
—Lo haremos, señor. Todo estará bajo control.
Me alejé, recogí una copa de vodka y la vacié de un solo trago. El líquido ardió en mi garganta como si me tragara mi propia rabia. No importaba. Ya no quedaba parte de mí que no fuera veneno.
—¿Y de las otras? ¿Alguna noticia?
—¿Otras?
Le lancé una mirada tan afilada que tropezó con sus propias palabras.
—Irina. Elizaveta. ¿Qué parte de “rastrea todo” no entiendes? Quiero a ese par de traidoras en mi presencia, quiero hacerles pagar, haberme retado.
Se tensó. La mención de esas dos siempre causaba eso. Porque hasta mis hombres sabían que ellas eran más que piezas en un tablero. Eran cicatrices que no sanaban.
—Aún nada, señor —respondió, la voz temblorosa—. Es como si la tierra se las hubiese tragado, aunque recibimos información de que probablemente se encuentren en Nueva York, con alguien que las está protegiendo.
—¿Quién?
—Aún no sabemos. Pero podría estar relacionada con los hombres de Dominic.
Me acerqué como una tormenta y estrellé la copa contra la pared. El estallido fue como una carcajada de cristal.
—¿Estás diciéndome que un par de mocosas están jugando a esconderse… y ustedes, con todos tus recursos, no puedes encontrarla?
—N-no, señor. Estamos buscándola. Día y noche. Pero…
—¡Pero nada! —grité, ahora sí, dejando que el demonio se asomara desde el fondo de mi pecho—. Irina es mi sangre. Y Elizaveta… ¡Esa maldita bastarda me pertenece y tiene que pagar! No tiene ni puta idea de lo que le espera.
Volví al ventanal. Cerré los ojos. Respiré hondo. Me obligué a recordar que yo era el fuego, no la chispa. El volcán, no el temblor. Taras Petrov no se quebraba. Él quebraba.
—Quiero informes cada dos horas —dije, al fin, más calmado—. Si no hay noticias, mátenme a alguien. Así sabrán que no me he vuelto ciego. O sordo.
El tipo asintió con un temblor y se retiró con la velocidad de quien teme que lo muerdan los muros. Me quedé solo otra vez.
El silencio se instaló como un cadáver cómodo.
Me senté en mi sillón, el de cuero negro, el que huele a poder y sangre. Encendí otro cigarro. Dejé que el humo se elevara.
—Tres años… —murmuré—. Tres jodidos años creyendo que esa perra era parte de los muertos. Tres años cuidando cada paso, teniendo el control y ahora…
Me reí. Una carcajada seca y hueca.
—Ahora viene a mí. Solita. Como una loba a punto de parir odio.
Me incliné hacia el escritorio. Sobre la madera, una foto. Ella. Trina. Con el pelo empapado de sangre ajena. Los ojos verdes que ya no sabían llorar. La boca abierta, gritando algo que la cámara no capturó, pero que yo escuché igual: venganza.
—Te prometo un final hermoso, Trina. Un escenario digno de ti. Con luces, con fuego, con gritos de fondo. Pero no será rápido. No, amor mío. Será lento, crudo, inolvidable y solo después de disfrutar de tu cuerpo.
Aplasté el cigarro en la fotografía. El rostro de ella se arrugó bajo la ceniza.
—Nos vemos en Milán, preciosa —murmuré a la imagen con una sonrisa. Porque esta vez no iba a dejarla escapar.
La fotografía se arrugó bajo mis dedos mientras la aplastaba con el puño. El rostro de Trina desapareció, pero sus ojos desafiantes seguían ardiendo en mi mente. Tiré la foto destrozada a un lado y me serví otra copa de vodka, que me bebí de un trago amargo.
La trampa estaba tendida. Pronto, esa zorra caería en ella, creyéndose muy lista. Pero yo sabía más que ella. Sabía cómo quebrantar su espíritu, cómo hacerla suplicar por la muerte antes de acabar con ella.
Cerré los ojos e imaginé sus gritos resonando en el club. La idea me provocó una excitación de anticipación. Esta vez no habría escapatoria. Esta vez saborearía cada momento de su sufrimiento al mismo tiempo que me la follaba.
—Disfruta de tu última noche de libertad, Trina—, murmuré a la habitación vacía. —Mañana serás mía.
Sonreí para mis adentros mientras la imaginaba destrozada, dominada, ensangrentada y llena de mi semen a mis pies. Sí, mañana sería un día muy bueno.
