
Réquiem de Pecado - Un Romance de la Mafia
nicolefox859 · Completado · 317.2k Palabras
Introducción
y me encontré con un hombre desnudo, recién salido de la ducha.
Ahora estoy embarazada de su hijo.
Debí irme en cuanto lo vi.
Era demasiado hermoso para ser real.
Llegué hasta la mitad del camino hacia la puerta…
y entonces vio exactamente lo que yo intentaba ocultar.
—¿Quién te hizo esto? —dijo cuando alcanzó a ver los moretones—. Déjame arreglarlo.
Debí haber dicho que no.
Pero, ¿la verdad? Me merezco un poco de suerte del universo.
Y si quiere darme esa suerte en la forma de un ángel de oscuridad hermoso, de casi un metro ochenta…
bueno, no le voy a hacer el feo.
Pero nada en esta vida viene sin condiciones.
Mi ángel me regala una noche salida del cielo…
Aunque, cuando llega la mañana, se convierte en un demonio.
Y no en cualquier demonio.
Este demonio sabe de dónde vengo.
Quién soy.
Lo que he hecho.
Y está decidido a hacerme pagar por todo.
Capítulo 1
CLARA
Esto no puede estar pasando.
Debí volverme loca de repente, porque no hay forma en el infierno de que de verdad esté viendo a esta máquina parpadear esa palabra enorme frente a mí.
Jackpot.
La tragamonedas está sonando con alarmas alegres pero escandalosas para celebrar; eso explica por qué tantas cabezas se han volteado hacia mí para mirar. Algunos se ven emocionados por mí; otros se ven frustrados.
La mayoría se ve furiosa.
Una en particular, una señora mayor con pants y una riñonera, está mascullando maldiciones tan intensas que casi se le salen las dentaduras postizas. No puedo culparla: hacía apenas unos momentos se había levantado de este mismo asiento.
Pero no escucho nada de eso.
Ni a la abuela maldiciendo, ni los susurros, ni las campanitas y pitidos que anuncian el golpe de suerte que he estado rogando recibir toda mi vida. Estoy un poco ocupada tratando de reconstruir lo que hice para asegurarme de que esto no sea algún delirio febril que estoy teniendo tirada en una zanja.
La cosa es esta: yo no apuesto. Apostar es para gente que no tiene nada que perder, y yo…
Espera. Retiro eso.
Nunca había apostado antes, porque apostar es para gente que no tiene nada que perder, y yo siempre he tenido demasiado en juego.
Eso cambió esta noche.
Esta noche, mientras iba rengueando hacia un turno nocturno en mi segundo trabajo, sirviendo tragos como mesera de cocteles en uno de los clubes nocturnos más exclusivos de Las Vegas, me di cuenta de que literalmente no tenía nada que perder.
Nada tangible, al menos.
Siempre he estado quebrada. Trabajo horas largas y duermo muy pocas solo para juntar a duras penas suficiente dinero y tiempo para mi hija. Willow apenas tiene cinco años, y merece tener a su mamá presente y activa en su vida diaria. Por eso empecé a tomar turnos de noche tan seguido como fuera posible: para poder estar con ella, atender sus necesidades emocionales, aunque apenas pudiera costear las prácticas.
Martin prometió cuidarnos. Prometió cuidarme incluso antes de que quedara embarazada, en realidad, y su cancioncita bonita solo se volvió más fuerte conforme mi vientre crecía. Cuando sostuvo a nuestra recién nacida en brazos por primera vez, las lágrimas le corrían por la cara mientras juraba que cuidaría de nosotras por el resto de nuestras vidas.
Por supuesto que le creí. ¿Quién no? No era solo mi novio y mi algo-así-como, ya-lo-haremos-eventualmente-prometido; también es un oficial del Departamento de Policía de Las Vegas.
Por eso empecé a sospechar cuando sus promesas se quedaron en nada apenas unos pocos meses después del parto.
Se suponía que yo me quedaría en casa, algo en lo que los dos estuvimos de acuerdo. Él no gana seis cifras ni de lejos, pero está a punto de ascender a detective y los bonos que ha recibido han sido suficientes para mantenernos a flote.
Al menos, eso creía yo. Hasta que, de repente, sentí que me estaba ahogando.
La primera vez que me golpeó fue cuando pregunté por qué solo me daba treinta dólares para hacer las compras.
La segunda vez fue cuando le pregunté por los vagos y ominosos “Avisos finales” que aparecían en el buzón como un reloj.
La tercera vez que me abofeteó fue a oscuras, porque nos habían cortado la luz.
He podido quitarle importancia cada vez por su trabajo. El estrés que tiene encima, ¿y en esta ciudad? Es suficiente para hacer que la Madre Teresa perdiera los estribos. Siempre estaba mortificado por lo que había hecho y se pasaba los días siguientes adorándome como a una diosa. Me daba un poco más para el súper, y los Avisos finales desaparecían. Arreglaba lo de la electricidad: un simple malentendido, algo en la oficina de facturación que habían archivado mal.
O eso decía.
Pero nada de eso duraba demasiado.
La cuarta vez que me golpeó fue cuando le dije que conseguí un trabajo. Se lo tomó como una ofensa a su identidad de proveedor, una señal de que yo no confiaba en él. Un “movimiento rastrero, de mierda, feminista para emascularme, para cortarme los putos huevos”, fueron sus palabras exactas.
La verdad es que estaba harta de buscar en Google ochenta formas distintas de cocinar papas. Estaba harta de fingir que no desayunaba solo para racionar la avena y que alcanzara para Willow. Estaba harta de estar harta de ser demasiado pobre como para ser mamá.
Empecé mesereando en una de esas cadenas grandes donde hacen que todos los meseros canten una versión tonta de “Feliz cumpleaños”, pero pronto entendí que el dinero de verdad estaba en la vida nocturna. Nunca pondré un pie en un club de striptease, no me malinterpretes, pero las meseras de cocteles aun así ganan muchísimo más que las del restaurante de hotcakes.
Al final convencí a Martin de que era una buena idea. Más dinero, menos preguntas.
Eso no significaba que hubiera dejado de pegarme.
No le gusta cómo me rocío perfume en el pelo largo para sacarles mejores propinas a los ejecutivos borrachos que lo inhalan cada vez que me inclino sobre los sofás de cuero para servirles sus cocteles. No le gusta cómo los uniformes de poliéster se me pegan a las curvas, o cómo me muestran las piernas, o cómo dejan el escote a la vista para cualquier idiota con un billete de cinco dólares quemándole en el bolsillo.
Si es algo que él siente que va a tentar a los hombres a mirarme, a Martin lo pone de los nervios.
Y es muy eficiente a la hora de hacérmelo saber.
El club nocturno donde trabajo actualizó hace poco el vestuario y mi nuevo uniforme llegó ayer. Es una tela color champaña con lentejuelas, con los costados fruncidos, un escote profundo para lucir las tetas, y tirantes tipo toga en cada hombro para mantener todo en su lugar.
En alguien menos exuberante, quizá llegaría justo por encima de la rodilla. Pero en mí se queda a la mitad del muslo. Hay un par de tacones a juego que se supone que debemos usar mientras estamos en la pista, pero la gerencia nos animó a llevar zapatos planos para los descansos y los trayectos. Qué considerados.
Martin me dejó clarísimo lo que pensaba de mi nuevo look cuando llegó a casa y me encontró probándome los zapatos. Esta vez, no le importó que Willow estuviera ahí mismo, a mi lado.
Pero a mí sí me importó.
Así que cuando me dio una bofetada tan fuerte que casi me caigo del sofá —cuando escuché los gritos aterrorizados de Willow—, decidí en ese mismo instante que ya era suficiente.
—¿Y qué vas a hacer, eh? ¿Qué carajos vas a hacer? —se rio de mí.
No le importaba que yo estuviera hirviendo de rabia.
No le importaba que lo fulminara con la mirada desde abajo con un odio asesino en los ojos ni que nuestra hija estuviera sollozando y encogiéndose para alejarse de él.
—¡No vas a salir de esta casa vestida como una puta de dos dólares!
Cuando vio mis lágrimas, Martin inclinó la cabeza hacia un lado con una compasión burlona.
—Awww, ¿te dolió? Lo siento, nena…
Willow hipaba entre sollozos y lo miró de reojo hacia arriba.
—¿Papi?
—¡Cállate! —le rugió.
No sé qué me pasó, aparte de un instinto maternal puro. Solo sé que un momento estaba en el sofá, con la cara ardiéndome por la bofetada…
y al siguiente estaba lanzándome por el aire hacia él.
Me estrellé contra Martin con tanta fuerza que tropezó con el sillón reclinable y los dos nos desplomamos al suelo, en un montón doloroso de brazos y piernas.
No perdí tiempo comprobando si estaba herido. Me puse de pie de un salto, me di la vuelta, agarré a Willow y corrí con ella a su habitación. En cuanto me aseguré de que la puerta estaba cerrada con llave, la envolví en mis brazos y nos mecimos juntas en su camita.
Seguramente te estás preguntando: ¿por qué no llamé a la policía?
Respuesta: porque Martin es la policía.
Apreté a mi hija contra mí mientras sus puños golpeaban la puerta de su cuarto. Fuerte. Furioso. Violento. Le besé las lágrimas mientras seguían cayendo. Necesitaba que supiera que estoy aquí. Que siempre voy a estar aquí. Que nunca voy a dejar que crezca en el infierno que yo tuve que soportar.
Con el tiempo, pudo dejar de hipar lo suficiente como para cantar juntas nuestra canción favorita, sobre arcoíris y ensoñaciones y pajaritos azules que vuelan a lugares que solo podemos imaginar.
Con el tiempo, los golpes se fueron volviendo un llamado insistente.
Con el tiempo, sus gritos se derritieron en disculpas y súplicas.
Y con el tiempo, por fin, se fue.
Esperé hasta oír el portazo de la puerta principal y hasta que el sonido de su auto se perdió por la carretera antes de atreverme a moverme de la cama. Luego, cuando supe con certeza que ya no estaba, metí unos cuantos cambios de ropa para Willow en su mochila y llamé a mi mejor amiga para decirle que por fin estaba pasando.
Nos íbamos.
Roxy entró en la entrada de autos a toda velocidad menos de diez minutos después. Apostaría todo lo que he tenido en mi vida a que se pasó cada semáforo en rojo de camino.
Saludó a Willow como siempre, ocultando la preocupación en sus ojos detrás de una sonrisa radiante.
—¡Hola, preciosa! ¿Quieres noche de chicas? ¡Tengo pizza, helado y tres tipos de refresco!
—¡Sí!
Con los ojos todavía hinchados, Willow prácticamente se lanzó al SUV de Roxy.
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