Capítulo 4 4

Ahora, esa sí que fue una sorpresa inesperada.

—Agrega a unos cuantos elementos de seguridad más al High Roller Lounge —digo, dándome golpecitos con un dedo en la barbilla mientras pienso—. Asegúrate de que lleven micrófono. Y extendamos la hospitalidad VIP al señor Cartwell. Mantenlo contento y que siga jugando. Solo asegúrate de que cada palabra que suelte quede grabada y transcrita.

Abro la puerta y salgo a la mullida alfombra carmesí de la entrada principal de The Meridian. Tiene un toque a viejo Hollywood del que no estaba seguro al principio, pero después de ver a la gente detenerse a tomarse selfies y seguirla hacia adentro para probar suerte en las tragamonedas, decidí dejarla. Eso sí, me aseguré de que el material no se enganchara con unos tacones de aguja: lo último que necesito es una demanda por lesiones personales en todos los titulares.

Y menos mal, porque no veo a la mujer que está junto al auto. La puerta casi se le estrella encima, pero consigue trastabillar hacia atrás sin caerse.

La ignoro. No pasó nada, no hay daño, y no es mi culpa ni mi problema.

Pero la alcanzo a ver por el rabillo del ojo. Y, al hacerlo, una chispa tenue de reconocimiento se enciende en el fondo de mi mente.

—¿Es de las nuestras? —murmuro a Bambi mientras la ayudo a salir del auto.

Bambi le echa un vistazo rápido y niega con la cabeza.

—No está en nuestra lista.

—Hm.

—¿Quieres que lo investigue? —engancha su brazo con el mío y se acerca, como si estuviéramos compartiendo un secreto íntimo.

—No te molestes. Solo creí reconocerla.

Bambi parece querer insistir, pero lo deja pasar. En cambio, les sonríe con cortesía a los asistentes cuando nos abren las puertas de vidrio y, con un suspiro, se alisa el mono de seda con la mano.

—¿Lista?

No respondo. Simplemente la conduzco hacia la sala principal y dejo que la cacofonía del casino nos envuelva.

Hora de ponerse a trabajar.

3

DEMYEN

Es una noche movida, como debe ser, considerando que es viernes. Día de pago para la gente de a pie: las tragamonedas están más llenas y el dinero fluye de sus manos a las máquinas y a mi bolsillo. Justo como me gusta.

—Señor Zakrevsky.

—Buenas noches, señor Zakrevsky.

—Buenas noches, señor.

Mi nombre llena el aire mientras deambulo por el casino. En mi nómina hay gente de todas las ocupaciones imaginables. No solo escorts, sino meseras de cocteles, bartenders, asistentes, conserjes y demás. Gente que sabe más que suficiente como para no hacer preguntas.

Gente que no tiene nada que ver con la Bratva Zakrevsky.

—¿Con qué le doy inicio esta noche, señor Zakrevsky? —El bartender, Mike, me dedica una sonrisa genuina y prepara un vaso bajo con hielo. Ya sabe lo que estoy a punto de pedir, pero siempre me da la oportunidad de sorprenderlo.

No lo hago.

—Bourbon. Con hielo. Doble.

Ya tengo la bebida en la mano antes de terminar la frase.

Bambi arruga su nariz pecosa mientras yo me lo echo de un trago y saboreo el ardor almibarado que me baja por la garganta.

—El mío lo quiero solo —le dice a Mike—. A temperatura ambiente. Como una persona normal.

Me río y dejo el vaso vacío sobre la barra.

—Júzgame todo lo que quieras. Vivimos en un maldito desierto. El hielo es una bendición.

Mientras espero a que termine su trago, aprovecho para recostarme y recorrer el lugar con la mirada. No busco nada ni a nadie en particular. A veces, simplemente es agradable disfrutar de las vistas y los sonidos del imperio que gobierno.

El mismo imperio que debió haber sido de mi hermano.

Estamos a punto de salir del bar y dirigirnos a la suite de oficinas cuando la voz de una mujer llega a mis oídos.

—… No, gracias. De verdad.

Es la forma en que le tiembla la voz lo que me llama la atención.

—Vamos, nena.

Un tipo con una chaqueta de cuero negra y demasiado gel en el cabello le soba la cintura mientras ella intenta bajarse del taburete. Cuando ella se echa hacia atrás, los dedos de él se aprietan.

—Tengo una habitación arriba. Podemos pasarla realmente bien…

Ella reúne una sonrisa temblorosa e intenta zafarse de su agarre.

—De verdad. Está bien. Estoy bien.

—¡Pero te compré esa bebida!

—No te la pedí.

Hay miedo en sus ojos, pero se está esforzando tanto por ser educada.

El barman empieza a moverse en su dirección, pero le hago una señal sutil para que se detenga.

Yo me encargo.

Bambi se recuesta y pide otro trago, esta vez algo rosa con un popote elegante. Sabe cómo opero. Está lista para disfrutar del espectáculo.

—Buenas noches —me acerco con paso despreocupado a la enredada pareja, con mi mejor sonrisa de anfitrión pegada en la cara—. ¿Cómo la están pasando esta noche?

—Estamos bien, amigo. Todo está bien —el hombre me despacha con un gesto irritado de la mano.

Alzo una ceja.

—¿Sí?

Mi mirada se desliza hacia la mujer. Se ve sacudida, pero fuerza su propia sonrisa.

—Ya me iba —murmura, agarrando su bolso de mano.

—Por favor… quédate —señalo el taburete, pero le dejo el espacio suficiente para que salga corriendo si lo necesita.

Ella no sabe quién soy, pero me recorre de arriba abajo con una mirada rápida, y algo se afloja apenas un poco en su postura.

Antes de que decida salir corriendo, le hago una seña al barman.

—Mike.

Se acerca deslizándose, con el rostro serio aunque los ojos le brillan con travesura. Nos encanta este juego.

—¿Sí, jefe?

—¿Qué está tomando esta hermosa jovencita?

Mike ladea la cabeza hacia el vaso vacío sobre la barra.

—Ron con coca.

Chasqueo la lengua en una reprimenda fingida.

—Oh, no, no, no. Podemos hacerlo mejor que eso.

El tipo manoseador resopla y levanta una mano para interrumpirme, pero lo ignoro. En este momento, él no existe. Y cuando decida prestarle atención, va a extrañar los días en que yo no lo distinguía de un maldito agujero en el suelo.

Me apoyo en la barra y concentro mi atención en la mujer.

—¿Cuál es tu veneno? Lo que sea. Lo que se te antoje. Dilo y es tuyo.

—Escucha, amigo… —el hombre me agarra del brazo.

Y entonces suelta un alarido cuando mi seguridad lo aparta de inmediato.

Sigo concentrado en la mujer. Se sonroja y vuelve a acomodarse en el taburete. Es bonita, se lo concedo. Definitivamente una turista y, por la marca de bronceado en el dedo anular, diría que una divorciada reciente.

—Eh… no sé… —se mete un mechón de cabello detrás de la oreja.

Las puntas están abiertas y sus raíces no se han tocado en meses. No me toma mucho armar la historia de alguien que está ajustando cada centavo solo para sobrevivir a una mala racha. Probablemente esta sea su única oportunidad de respiro antes de volver a la cruda realidad.

—¿Vodka? ¿Tal vez?

Mi sonrisa se ensancha.

—¿Alguna vez has probado el vodka Russo-Baltique?

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