Capítulo 2 La Primera Sesión

(POV: Dimitri Kane)

La carpeta estaba abierta sobre mi escritorio. Anya Crowe. Veinticinco años.

En la foto, tenía los labios entreabiertos en esa media sonrisa que claramente dice “pruébame si te atreves”.

Joder. Era más bonita en persona que en la foto que Ronan me había mandado hace meses, cuando todavía fingía que era solo “una chica cualquiera”.

Cerré la carpeta de golpe. No necesitaba verla otra vez. Me sabía cada detalle de memoria.

Ronan la había cagado. Y ahora era tiempo de cagarlo a él.

Robó dos millones en efectivo de la caja fuerte del club, se largó con ella pensando que era amor verdadero, y dejó un rastro de sangre y deudas a su paso, que casi me cuesta la guerra con los Valtieri.

Mi propio hijo.

Ahora Ronan estaba desaparecido. Y ella… ella venía hasta mí, buscando “sanar”.

Ironía del carajo.

Me recosté en la silla de cuero, giré el anillo de plata en el dedo meñique. El que me recordaba que la debilidad puede matarte, y que yo no iba a volver a ser débil.

El que llevaba desde que enterré a mi mujer.

Sonó el intercomunicador.

—Doctor Kane, su cita de las diez está aquí. Anya Crowe.

—Hazla pasar.

Me miré rápido en el reflejo del vidrio de la ventana: traje gris oscuro, camisa blanca abierta en el primer botón, cicatriz fina en la mandíbula que nunca se borró del todo.

Parecía exactamente lo que era: un hombre al que no le gusta tener que pedir permiso.

La puerta se abrió. Y ahí estaba ella.

Más pequeña de lo que esperaba. Metro sesenta y cinco, tal vez. Llevaba jeans ajustados, botas negras, un suéter gris que le quedaba un poco grande.

El cabello castaño lo tenía suelto, todavía húmedo por la lluvia de afuera. Y estaba ese olor a calle mojada y a algo dulce debajo. Vainilla, quizás.

O miedo.

—Buenos días, Anya. Soy el doctor Kane. Pasa, siéntate.

Le señalé el sillón frente al mío. No el diván. No quería que se sintiera como una típica paciente.

Quería que se sintiera expuesta.

Ella dudó un segundo. Miró alrededor: a la estantería con libros de psicología que nunca leí del todo, la planta que Viktor regaba porque yo olvidaba, y la ventana con vista a la ciudad detrás de mí.

Luego se sentó. Piernas cruzadas y manos en el regazo. Intentando parecer tranquila.

Yo me senté despacio. Abrí la libreta en blanco. No iba a escribir nada. Solo quería que viera el bolígrafo entre mis dedos. Que se fijara en mis manos.

—Cuéntame por qué estás aquí.

Ella tragó saliva. Miró mis ojos un segundo y los bajó.

—Necesito ayuda. Con… ¿alguien? Bueno, con una relación que… se salió de control.

Su voz era baja, ronca. Como si hubiera gritado mucho últimamente.

—¿Quieres hablar de él?

Asintió. Los dedos se le apretaron en el regazo.

—Se llamaba Ronan. Ronan Kane.

Lo dijo como si el apellido no significara nada. Como si no supiera que era mi sangre.

Mantuve la cara neutra. Pero por dentro sentí el pulso acelerarse.

—Kane —repetí, como si lo oyera por primera vez—. Interesante apellido, ¿no? Pero es muy común aquí. Sigue.

Ella respiró hondo.

—Era… intenso. Al principio me encantaba. Pero después… empezó a controlarme en todo. Con sus celos y sus gritos. Una vez me agarró del brazo tan fuerte que tuve moretones una semana. Y aún así me decía que nadie más me iba a querer como él.

Sus ojos se humedecieron. No lloró. Solo se mordió el labio inferior. Ese gesto me dio ganas de cruzar la distancia y morderlo yo mismo.

—¿Y tú? —pregunté, voz baja—. ¿Qué sentías cuando te hacía eso?

Ella levantó la vista. Sorprendida por la pregunta.

—No sé… miedo. Pero también… algo más. Como si una parte de mí lo necesitara. Como si el peligro me mantuviera… excitada.

Joder… Directa. Sin rodeos.

Me incliné un poco hacia adelante. Apoyé los codos en las rodillas. Nuestras miradas se encontraron. No la dejé escapar.

—¿Y ahora? ¿Sigues sintiendo eso?

Ella parpadeó. Las mejillas se le tiñeron de rojo.

—A veces. Cuando pienso en él. Pero lo odio. Lo odio por hacerme sentir así.

La observé en silencio, con el pecho subiendo y bajando más rápido; el pulso en el cuello latiendo visible y las manos apretadas como si quisiera contenerse.

Le pasé el formulario de consentimiento que estaba en la mesita. Nuestros dedos se rozaron un poco.

Ella se quedó quieta. Yo también.

Sentí el calor de su piel subir por mi brazo. Y supe que ella lo sintió igual. Porque retiró la mano como si se quemara.

—Firma aquí —dije, con voz grave—. Y dime… ¿sigues en contacto con él?

Negó con la cabeza. Pero el gesto fue demasiado rápido.

—No. Pero… me sigue buscando. Y siempre me encuentra.

Asentí despacio.

—Entiendo.

No entendía una mierda. Sabía exactamente dónde estaba Ronan. O al menos, dónde no estaba. Y yo sabía que tarde o temprano él iba a morder el anzuelo.

Ella firmó. Me devolvió el papel. Y ahí estaba otra vez ese roce… Esta vez lo dejé durar un poco más.

—Vamos a trabajar en eso —dije—. En romper el ciclo. En entender por qué te atrae lo que te lastima.

Ella asintió. Pero sus ojos bajaron a mi boca un segundo. Luego volvieron a mis ojos.

—Maldita sea… —murmuró, tan bajo que casi no la oí.

Sonreí por dentro.

La sesión terminó a las once en punto. Se levantó, y la seguí.

—Nos vemos la próxima semana —dije.

Ella dudó en la puerta.

—Gracias… doctor Kane.

—Dimitri —corregí—. Aquí dentro puedes llamarme Dimitri.

Asintió. Sonrió apenas, entre nerviosa y excitada.

El rostro de una culpable.

Salió. De inmediato cerré la puerta y me quedé mirando el espacio donde había estado.

Saqué el teléfono. Marqué a Viktor.

—Encuéntrame todo lo que puedas de Ronan. Y ponle vigilancia a la chica. Sé tan discreto como puedas.

Colgué y me senté otra vez, pasándome la mano por la cara.

Ella no sabía nada todavía. Pero yo sí.

Y joder… iba a disfrutar cada segundo de esto.

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